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¿Pueden estar engañándonos las encuestas?

La manera en que medimos las preferencias electorales es imperfecta, aunque en México parece que los sondeos apuntan en la dirección correcta.

OPINIÓN

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Cada vez con más frecuencia escucho argumentos que dicen que quizás lo que están reflejando las encuestas electorales hoy en México no es lo que realmente están pensando los votantes.

Los críticos de este tipo de estudios tienen frases hechas. Dicen que 'la única encuesta que vale es la del día de la elección', es decir, la votación. O que 'nunca se han visto encuestas formadas en una casilla para intentar emitir su voto'.

Hay una palabrería chabacana y mal informada sobre la cual ni siquiera vale la pena ocuparse.

Sin embargo, hay personas informadas que genuinamente tienen dudas de que las encuestas reflejen correctamente las intenciones de voto, por experiencias en las que se dice que han fracasado. Y se cita regularmente el 'Brexit', la elección de Donald Trump y los recientes comicios en Costa Rica. La historia es muy diferente en cada uno de los tres casos. Recordemos qué pasó.

Las encuestas que se levantaron muy cerca del referéndum del 'Brexit' apuntaban a un virtual empate de 40 y 40 por ciento entre los que querían irse de la Unión Europea y los que querían quedarse, con un porcentaje de indecisos de 14 por ciento.

El resultado fue de 4 puntos a favor de la salida de Reino Unido, con una tasa de participación de 72 por ciento. Es decir, el abstencionismo fue de 28 por ciento, más de lo previsto.

Los márgenes de error que inherentemente tienen las encuestas implicaban la posibilidad de un resultado de hasta 5 puntos de diferencia entre una y otra opción, como realmente ocurrió. Es decir, el resultado en el rango de lo que se podía esperar en términos probabilísticos.

En realidad, es un mito el gran fracaso de las encuestas en el 'Brexit'. Más bien hubo un gran fallo de las creencias de la opinión publicada y dominante en los medios de comunicación, que percibían que habría una permanencia de Reino Unido en la Unión Europea.

En el caso de la elección de Donald Trump, las encuestas nacionales en EU indicaban en la víspera de la elección que Hillary Clinton obtendría 47 por ciento de los votos, mientras que Trump tendría un 44 por ciento, con un margen de error promedio de 3 puntos. Con estos datos, era posible una elección cerrada, aunque era más probable una ventaja de Clinton.

Las encuestas no fallaron. Clinton obtuvo el 48 por ciento de la votación popular, mientras que Trump el 46 por ciento.

Es decir, las encuestas en EU tuvieron uno de sus desempeños más certeros en años.

Los que se equivocaron fueron los modelos predictivos, al estilo Nate Silver, que traducían el resultado de las encuestas en una muy alta probabilidad de que Hillary resultara triunfadora en las elecciones bajo el sistema de Colegio Electoral.

El caso de Costa Rica sí muestra un desastre en las encuestas levantadas, ya que daban en la segunda vuelta del proceso una ventaja de 13 puntos a Fabricio Alvarado sobre Carlos Alvarado, y el resultado final favoreció a este último con una ventaja de 20 puntos. Costa Rica tenía una alta fragmentación de partidos que condujo a que los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta apenas obtuvieran 24 y el 21 por ciento de los sufragios en la primera vuelta.

Algunas hipótesis de lo que pasó en Costa Rica apuntan al 'voto oculto' de los electores que engañó a los encuestadores. Sin embargo, no se ha hecho un trabajo con suficiente profundidad para entender lo que realmente ocurrió.

Cuando se ve el panorama internacional, lo que se percibe es que, en las naciones con democracias relativamente estables, las encuestas tienden a anticipar con razonable certidumbre el resultado de la elección.

Lo que falla con mayor frecuencia son los modelos de predicción, es decir, la interpretación de los resultados y su traducción en un pronóstico.

En el caso de México ya hay un grupo de encuestadores o casas encuestadoras que tienen niveles de calificación y calidad comparables a las de países desarrollados.

En la pasada elección presidencial, prácticamente todas las encuestas acertaron al ganador de la elección, aunque hubo muchas que tuvieron fallas en el margen de ese triunfo.

No es el caso de 2012, pero uno de los factores que puede hacer diferir el resultado de la elección de la última encuesta publicada es la legislación en México, que obliga a que su levantamiento sea virtualmente una semana antes de los comicios. Si en ese lapso no ocurre ningún hecho que modifique las percepciones del electorado, la 'fotografía' que se recoge una semana previa no se ve modificada por la que prevalece el día de la elección. Pero si un hecho relevante ocurriera en los días previos a la elección, las cosas podrían cambiar de manera importante.

El caso más notorio en el mundo fue el de los ataques terroristas ocurridos en Madrid el jueves 11 de marzo de 2004, que dejaron decenas de muertos en estaciones de tren, especialmente en la de Atocha. Las elecciones fueron el domingo siguiente.

Las encuestas previas a la elección daban al Partido Popular (PP) y su candidato, Mariano Rajoy, una ventaja de 6 puntos sobre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y José Luis Rodríguez Zapatero. El resultado fue un triunfo del PSOE y su abanderado por cinco puntos.

Usualmente, la intención de desacreditar las encuestas proviene, explicablemente, de quien marcha atrás en las intenciones de voto que son medidas por éstas.

Sin embargo, la mayor parte de los argumentos en contra carecen de sustento técnico.

En México, quizás la gran interrogante que persiste es si hay coincidencia entre el universo de las personas a quienes se encuesta y las que finalmente acuden a las urnas el día de la elección para hacer valer su preferencia a través del voto.

La tasa de abstención en México en los comicios presidenciales de 2012 fue de 36.7 por ciento. Es decir, poco más de una tercera parte de las personas que podían acudir a las urnas finalmente no lo hicieron.

Si ese porcentaje tuvo un sesgo en su intención de voto, quizás podría explicar los errores en la estimación del margen con el que iba a ganar Enrique Peña Nieto.

Uno de los factores que puede inducir a la inexactitud de las encuestas es que no se logre captar al segmento del electorado que realmente va a acudir a las urnas y las muestras obtenidas tomen una parte importante de las preferencias de quienes no emitirán su voto.

Si la distribución de preferencias electorales fuera la misma, no habría alguna influencia. Pero, a veces, sí hay sesgos entre los abstencionistas.

En la coyuntura actual que vive México me parece que hay evidencias que nos indican, hasta ahora, que podría repetirse el patrón de 2012.

Es decir, que la mayoría o todas las encuestas acierten al ganador y que la diferencia más importante radique en el cálculo del margen de la victoria.

Tanto para los encuestadores como para las autoridades electorales, el escenario más complicado de todos es aquel en el que hay al menos dos candidatos cuya intención de voto difiere apenas en un porcentaje inferior a la suma de los márgenes de error de las encuestas.

En ese caso, no es improbable un escenario en el que cambien las posiciones de los competidores.

Por lo pronto, y lo vuelvo a subrayar, hasta este momento no se perciben indicios de que las encuestas de intención de voto en México nos estén engañando.

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