Amado Nervo, en el olvido
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Amado Nervo, en el olvido

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Amado Nervo, en el olvido

El museo dedicado al enorme poeta mexicano en Tepic, su tierra, luce desolado; afuera, el desdén no parece importar.

Eduardo Bautista
08/03/2018
Actualización 07/03/2018 - 22:39
El museo Amado Nervo, a pesar de lucir en buen estado, no es objeto de visitas.
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Amado Nervo dejó su natal Tepic en 1891. Quería cantar sus versos al mundo. Dejar atrás el suicido de su hermano y encontrar un destino. O, cuando menos, inventárselo. Instantes antes de partir hacia Mazatlán, enternecido por abandonar el terruño, escribió: “Adiós a mi querida ciudad, llena de dulce monotonía, de íntima y sedante mansedumbre”. Ciento veintisiete años después, la capital nayarita conserva su idiosincrasia. Y en esa inercia inevitable de las cosas, el gran poeta mexicano del siglo XIX ha sido olvidado por la población local.

En el número 284 de la calle de Zacatecas, en el centro de Tepic, el transeúnte se encuentra con un letrero blanco: “Amado Nervo nació en esta casa el 27 de agosto de 1870”. Es la Casa Museo Amado Nervo: el único recinto que recuerda al nayarita más universal.

Bueno, recordar es un decir. En la vida de esta cálida ciudad, el nombre del bardo significa calles, colegios, barrios o monumentos. Todo menos poesía. Aarón, estudiante de sexto grado de la escuela primaria Juan Escutia —que se encuentra al lado del museo— dice que ha leído algunos de sus versos, pero no recuerda en dónde. “Me dejaron comprar una biografía de él; creo que fue un escritor muy famoso”.

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Hay quien dice que la Historia ha sido injusta con Amado Nervo. Octavio Paz y José Luis Martínez lo arrinconaron en el ropero de los poetas “del corazoncito de México” (según consta en El retorno de la poesía popular, un ensayo de José Emilio Pacheco publicado en mayo de 2000). Otro nayarita, el poeta Alí Chumacero, tampoco fue muy amable: “Mi primer poema lo escribí en 1935, a los 17 años, bajo la influencia de Amado Nervo, era un texto sencillo y no muy bueno. Porque la complicación de la poesía mexicana comienza con López Velarde en 1920”, dijo en una entrevista con La Vanguardia cuatro años antes de morir.

AMADO POR EL PUEBLO

En 1919, su muerte paralizó a la Ciudad de México, donde los funerales fueron multitudinarios. Proveniente de Montevideo, su cuerpo tardó seis meses en llegar al país. En ese tiempo, recibió honores en Brasil, Cuba y República Dominicana. Sin embargo, desde hace más de medio siglo, Nervo ha sido relegado del Olimpo de la poesía nacional, justamente, por la cualidad de la que hoy no goza en su ciudad natal: popularidad.

Me dejaron comprar una biografía de él; creo que fue un escritor muy famoso
AarónEstudiante de primaria de Tepic

En la Casa Museo Amado Nervo el tiempo transcurre indiferente. Lourdes, la encargada del recinto, dice que hay días en los que nadie acude. Los domingos, reconoce, son las jornadas “más flojas”: apenas uno o dos visitantes. La hoja de registro contiene visitas esporádicas. Las temporadas altas, dice, se presentan en diciembre o en Semana Santa. “Sobre todo cuando hay turismo local o cuando traen a las escuelas”.

De acuerdo con el Sistema de Información Cultural, el horario vespertino, de lunes a viernes, es de cuatro a siete. Pero en la práctica es distinto: las puertas cierran a las dos.

El museo luce impecable por dentro y por fuera. No hay rastro de polvo en las salas. En la primera —que también es sala de usos múltiples— se resguardan documentos personales del autor. Las demás cuentan la vida de Nervo. Al fondo hay una pequeña biblioteca y un área de lectura donde hay una limitada pero interesante colección de títulos, desde novelas de Mario Vargas Llosa hasta libros de arte de Gunther Gerzso.

La vida académica del recinto es mucho menos gris. Se organizan declamaciones, talleres literarios y presentaciones de libros. Pero la rutina es, esencialmente, académica. La vena popular del bardo es cosa del pasado.

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En Tepic, Amado Nervo tiene múltiples acepciones. A Don José, taxista de 73 años —quien no sabe leer ni escribir— el poeta le recuerda el incendio de una casa que sucedió en enero en la colonia Amado Nervo. Manolo, electricista y parroquiano del Restaurant Bar Amigo Rey Nayar, sabe que se trata de un poeta porque ha visto “las placas grandotas de sus estatuas” (Jorge Ibargüengoitia decía que las estatuas sólo sirven para que las caguen las palomas).

“No tengo historia: nunca me ha sucedido nada”, escribió Nervo. La frase parece describir el sentimiento de muchos nayaritas. Hortensia Pineda, recepcionista de un hotel de paso de la carretera Tepic-Puerto Vallarta, se encuentra cerca del Palacio de Gobierno para comprar un libro sobre feminismo, un tema del que, dice, casi no se habla en su familia. “Tenemos trabajo y un clima hermoso. No me quejo. Pero aquí no pasan muchas cosas. Ni pasarán. Si queremos ir a un concierto o a algo grande, tenemos que ir hasta Guadalajara”. Federico Marín, alumno de la carrera de Turismo en la Universidad Autónoma de Nayarit, está seguro de que pronto, como Nervo, dejará su ciudad: “aquí no tengo mucho futuro, casi toda mi familia ha decidido irse”.

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A los 16 años, Amado Nervo se convirtió en poeta, según él, por mano de Dios. “¡No tenía la dicha de la riqueza ni la dicha del amor!”, escribió. Años después conocería otra forma de lenguaje: el periodismo. Su primer contacto con un diario lo tuvo en “la dominante Mazatlán” —como él la llamaba—, que no era otra cosa que un “verdadero paraíso para el bullicio festivo y la despreocupación en el goce”. Allí se gestó su galantería, con la que comenzó a conquistar “jóvenes porteñitas”: su principal público lector, según contó él mismo en El libro que la vida no me dejó escribir.

Como reportero y redactor —puestos que desempeñó de 1894 a 1900— Nervo se percató de una realidad que, hasta el momento, no ha cambiado del todo: “en México, se escribe para los que escriben”. Más de un siglo después, editoriales y escritores siguen preguntándose cómo llevar los libros a la gente.