Arturo Sandoval y el jazz que 'contrabandeó' de Cuba
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Arturo Sandoval y el jazz que 'contrabandeó' de Cuba

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Arturo Sandoval y el jazz que 'contrabandeó' de Cuba

El trompetista Arturo Sandoval resistió la prohibición del género en Cuba; hoy goza de libertad y fama internacional gracias a su descubridor y amigo Dizzy Gillespie.

Rosario Reyes
10/07/2018
Arturo Sandoval nació con el latin jazz.

Arturo Sandoval nació, literlmente, con el latin jazz. Era 1946. Mientras tomaba su primer aliento en La Habana, el encuetro entre el cubano Chano Pozo y el estadounidense Dizzy Gillespie, en Nueva York, comenzaba a macerar el caldo para la grabación, en 1947, de Manteca, el tema con el que dieron origen al nuevo género musical.

Sin llamarlo así, Sandoval ya tocaba jazz en la isla, donde el género estaba prohibido. Y sin haber tenido aún la oportunidad de verlo en vivo, era un ferviente admirador de Gillespie.

“Nunca había escuchado jazz. Un día un periodista amigo mío, que tocaba el saxofón como aficionado y era un gran conocedor musical, me puso un disco de Dizzy Gillespie y Charly Parker (el emblemático Bird and Diz, de 1952, que llegó a Cuba nadie sabe cómo). Quedé prendido, enamorado de ese estilo”, recuerda el trompetista en entrevista desde Los Ángeles, en donde radica.

“De ahí en adelante me dediqué a aprenderlo, a cultivarlo, amarlo profundamente. Esa ha sido mi vida por muchísimos años, desde finales de los 70”, comparte.

Su lazo con Gillespie superó el ámbito musical. Cuando la leyenda afroamericana fue invitado por Fidel Castro a visitar la isla en mayo de 1977, Arturo Sandoval se hizo pasar por chofer para conocerle. Ese encuentro le cambio la vida.

“Marx le puede besar el culo a Chano Pozo”, le dijo Dizz a Arturo, tras interrogarlo sobre los honores que Chano recibía en su país y enterarse de que había un teatro Karl Marx, pero no uno con el nombre del conguero, ni un memorial, ni siquiera una calle. Los disidentes no existían para el régimen de Castro.

Ambos pasaron el día juntos y, por la noche, una recepción oficial aguardaba al invitado. Amenizada por Irakere -el grupo que llevaba una década mezclando notas jazzísticas con música afrocubana-, la cita resultó sorpresiva para Diz, quien descubrió en la alienación musical a un trompetista cuyo rostro le era familiar. Era el chofer que conoció a su llegada.

“Esa trompeta que escuché esta noche no te pertenece, le pertenece a todo el mundo”, le dijo Gillespie a su nuevo amigo, a quien años después ayudó a salir de Cuba e integró a las filas de su United Nations Orchestra.

La historia de esa amistad se cuenta detallamente en el libro Dizzy Gillespie: The Man Who Changed My Life (GIA Publications, 2014) y en la cinta Por amor o patria, de Joseph Sargent (2000). Los fanáticos del jazz se deleitarán con las obras

Libertad a 90 millas

En 1980, el año del asalto a la embajada de Perú en la capital cubana, que culminó con el éxodo masivo desde el Puerto Mariel rumbo a Estados Unidos, Irakere salió de gira a España. En Madrid, uno de sus integrantes desertó: el clarinetista y saxofonista Paquito D’Rivera. Durante la década siguiente, la censura del Estado hacia el trabajo del grupo se hizo cada vez más pesada para Arturo Sandoval. En 1990, solicitó asilo en Estados Unidos, con la ayuda precisamente de Dizzy Gillespie.

“Tuvimos que enmascarar nuestro trabajo, crear una serie de recursos para tocar jazz, sin decir que estábamos tocando jazz. No era bien visto por el gobierno y fue difícil para nosotros, pero Dios sabe por qué hace las cosas y eso resultó en que creáramos un sonido innovador en ese momento con Irakere”, cuenta el músico, quien tocará mañana con su sexteto en el Teatro Metropólitan.

“El grupo tuvo muy buena aceptación, tuvimos muy buenas oportunidades de tocar en muchos festivales en el mundo entero”, recuerda.

Lo primeros 19 años, Sandoval y su familia vivieron en Florida, y hace una década se mudaron a Los Ángeles, donde él continuó trabajando con los músicos de su sexteto, integrado actualmente por Dennis Marks en el bajo, Philbert Armenteros en las percusiones, Ed Calle en el saxofón, Alexis Arce, en la batería y Manuel Valera al piano.

“Aquí tocamos, y de aquí viajamos a todas partes. Somos gente que ama la música realmente, nos divertimos muchísimo, creo que eso es lo principal: que el público pueda palpar que lo que sucede en el escenario es puro gozo por lo que hacemos. No es fácil encontrar un grupo en el que las relaciones musicales y personales fluyan de una manera tan bonita”, comenta sobre este ensamble, con el que grabó su álbum número 44: Ultimate Duets.

Lanzado en mayo, el disco incluye colaboraciones de Anni-Frid Lyngstad, cantante de ABBA, Stevie Wonder, Pharrell Williams, Ariana Grande, Al Jarreau -quien falleció poco después de la grabación-, Juan Luis Guerra y la voz de Celia Cruz, entre otros, que interpretan sus propios temas, con arreglos del trompetista.

“Al final del verano vamos a empezar a hacer giras presentando el disco, con cantantes invitados. Estoy muy satisfecho con la acogida que ha tenido, es un privilegio seguir proponiendo en la música. Empecé a tocar profesionalmente en 1951, ya llevo 57 y me siento muy bien, de momento no me ha pasado por la mente retirarme, eso va a pasar cuando Dios lo quiera. Me quedan muchas ganas y ese entusiasmo no ha cedido, todo lo contrario, cada día me enamoro más de la música y disfruto más lo que hago”.