Metáfora de Alí Chumacero
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Metáfora de Alí Chumacero

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Metáfora de Alí Chumacero

El lunes se cumplen 100 años del nacimiento de Alí Chumacero, el portador de una forma rocosa de la noble tarea.

Rosario Reyes
06/07/2018
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Alí Chumacero vive la paradoja de ser el más intelectual y el más antintelectual de los poetas mexicanos, escribió José Emilio Pacheco en la antología del autor nayarita publicada por la UNAM en 1980.

Si su conducta en el trato diario fue desde la adolescencia un ataque contra la solemnidad de quienes se toman en serio a sí mismos -continúa Pacheco-, en 1958 clausuró su obra breve y admirable con dos de sus mejores poemas: Salón de baile y Alabanza secreta, recopilados en la segunda edición (1966) de Palabras en reposo y consideró que la poesía acaso puede ser perdonable como una enfermedad de juventud, pero que hay algo profundamente ridículo en seguir escribiéndola después de los cuarenta años.

Luis, el mayor de sus cinco hijos, coincide con el autor de El reposo del fuego. “El estereotipo de intelectual le daba mucha flojera a mi padre. Era muy alegre, sí, se la vivía en su biblioteca, pero también en la plaza de toros, en los restaurantes, recibiendo a sus amigos en casa, jugando dominó, dando clases. Se casó, estuvo muy enamorado de mi madre, tuvo cinco hijos, le gustaba de repente ponerse una corbata bonita, disfrutaba mucho la música, era un hombre normal”.

El hombre sería normal, pero su obra no. Chumacero publicó solo tres libros: Páramo de sueños, en 1944; Imágenes desterradas, en 1948, y Palabras en reposo, en 1956. “Puede parecer mucho, pero los escritores más importantes invierten tiempo en lo que escriben, no publican a la carrera y Alí era de esos escritores”, dice su amigo Felipe Garrido, quien lo define como “un poeta hermético y difícil de entender”. Comenzaron a trabajar juntos en 1972, en la edición de la colección SEP Setentas, que publicó 315 títulos, uno por cada semana.

El escritor Geney Beltrán Félix, coordinador nacional de Literatura del INBA, define la poesía de Chumacero como “intimista, una voz doliente, inclinada hacia la percepción de lo trágico de la existencia. Es una voz lírica que parece hablar dentro de sí misma desde la resignación y la tristeza, con una capacidad metafórica deslumbrante; por eso sigue embrujando a los lectores que se acercan por primera vez a su poética”.

Profundo en su escritura (también en el ensayo y crítica literaria), al autor y editor nacido el 9 de julio de 1918, sus allegados le recuerdan como un hombre chispeante, apasionado de las letras.

“Es un héroe de la cultura de México”, asegura Beltrán Félix. “Así como fue un gran poeta, también se preocupó por la reflexión de la literatura, la edición de las obras que creía necesarias y la formación de nuevos talentos. Su obra poética se ubica en ese momento de transición como heredero del grupo de los Contemporáneos y entronca con las manifestaciones más recientes de la poesía mexicana: esa voz tan robusta para hablar del mundo secreto de las pasiones”.

Los libros de su biblioteca, que ocuparon un salón; luego el salón y el patio y finalmente el salón, el patio y la sala-comedor de su casa en la colonia San Miguel Chapultepec (alrededor de 30 mil títulos), están disponibles para los lectores en la Biblioteca México desde noviembre de 2012, dos años después del fallecimiento del poeta, ocurrido en la ciudad de México el 22 de octubre de 2010.

La mayor parte de su biblioteca esta conformada por libros en español, lengua que tanto le inquietó y a la que dedicó mucho estudio.

“Cuando yo era niño, le pregunté a mi padre cómo había aprendido a leer. Me contó que mi abuelo tenía una pequeña biblioteca de los pericos (los libros verdes editados por José Vasconcelos), se hizo del Fausto de Goethe, de Homero, de Tolstoi, de Plotino y aprendió a leer con esa colección”, comparte Luis Chumacero.

“De adolescente, sus favoritos eran Dostoievski, Pushkin, Chéjov y Gogol. Y cayeron en sus manos dos poetas que para él eran muy importantes, Amado Nervo y Gustavo Adólfo Becker. Contaba que sus grandes descubrimientos fueron, además de los españoles (Góngora, Quevedo, Lope), Rilke, T. S. Eliot, Mallarmé, Sartre y Camus. A los 16 años, conoció a Jorge González Durán, José Luis Martínez y Juan José Arreola y entre ellos intercambiaban libros”. Revela Luis Chumacero que su padre comenzó a armar su biblioteca cuando aún era un niño.

“Era su pasión, una biblioteca es la huella digital de una persona. Es un plan de lectura y en ese plan, entra el plan de vida”, agrega.

Alí pasó más de 70 años trabajando en el Fondo de Cultura Económica, en donde, en 1976, volvió a coincidir con Felipe Garrido. “Lo habitual en esos años, era que cada quincena, quienes teníamos a Alí como jefe, -recuerda el escritor- nos íbamos a comer a La Capilla, el restaurante que había sido de Salvador Novo, o al Veracruz, que estaba sobre avenida Universidad. Esas comidas se alargaban bastante, muchas veces me tocó llevarlo a su casa, él nunca aprendió a manejar, se movía en transporte público o coches de sus amigos. Yo tenía un vocho negro, que cuando entraba en un charco grande flotaba. En él viajamos muchísimas veces, era un privilegio pasar tiempo a su lado”.

El próximo lunes se cumple el centenario del nacimiento del poeta y su legado será recordado con varias actividades.

Consulta la programación completa en www.inba.gob.mx

Fragmento: Alabanza secreta del libro Palabras en reposo (1966)

Sobre el azar alzaba su cabello

súbito resplandor, y en avaricia alucinante

hendía el porvenir como regresa el héroe,

después de la batalla, dando al escudo sones de

cansancio.

Órbita del asombro, su mirar

ornaba el viento fervoroso del “sí” antes de ser,

en el venal recinto de los labios, hoguera

sosegada por fácil devoción acrecentando

escombros

Entonces de su pecho a indiferencia

las olas ascendían tristes cual la fidelidad,

a lo variable ajenas, pálidas frente al muro

en donde pétreos nombres revivían hazañas

olvidadas.

Muchos cruzaron la tormenta, muchos

amanecían a su lado: azufre victorioso

en inmortal historia acontecido, bestias

rendidas para siempre al usurpar la cima del asedio.