El jazz neoyorquino pierde un gran motor
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El jazz neoyorquino pierde un gran motor

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El jazz neoyorquino pierde un gran motor

Figura del jazz neoyorquino de más alta cepa, Lorraine dejó un hueco en el Vanguard, que se convertiría en personaje imprescindible de la vida de la Gran Manzana.

María Eugenia Sevilla
11/06/2018
Actualización 11/06/2018 - 19:38
Jazz

La primera vez que Thelonius Monk se sentó al piano en el Village Vanguard tuvo escasos oídos, pero selectos: sus pares en el escenario, Max Gordon -el propietario que le había dado el chance- y la chica entusiasta que se lo recomendó. Se llamaba Lorraine.

“Nadie entendía a Monk excepto yo”, decía Lorraine. Su intiuición guió, con el tiempo, al Vanguard. Ella llegó a ser la mujer detrás del mítico tablado, cuando quedó viuda de Max décadas después.

Motor del jazz neoyorquino de más alta cepa, Lorraine dejó un hueco, recién, en la mesa a la izquierda del escenario. La ocupaba casi cada noche un tanto a medias, cual buena anfitriona, entre la atención a los artistas, las cuentas y la cocina. Las complicaciones por un derrame cerebral pusieron fin a su vida melómana el pasado sábado en Manhattan.

Era una joven de 95 que desde antes de caminar amaba el jazz. Y su amor dejó huella en el mundo: el Vanguard no es un club de jazz. Es un personaje imprescindible de la vida neoyorquina.

El escenario más preciado de West Village es enorme por diminuto. Los más grandes lo hicieron altar de un rito obligado. Miles, Sonny Rollins, Bill Evans… Impressions, el disco que Coltrane lanzó en 1963, fue grabado en parte dentro del foro que también da nombre a su Live at the Village Vanguard Again!, del 66. Veladas que abrieron páginas para la historia.