El declive de la diplomacia estadounidense
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El declive de la diplomacia estadounidense

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El declive de la diplomacia estadounidense

A los altibajos resultantes de las decisiones de Trump, se suman las figuras políticas de Rex Tillerson, exsecretario de Estado de EU y su sucesor Mike Pompeo.

Financial Times Por Philip Stephens
01/06/2018
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Al mirar más allá de las escandalosas amenazas, es obvio que la Casa Blanca de Trump ha convertido la moderación en retirada.Fuente: Ismael Angeles

Rex Tillerson resultó ser un desafortunado secretario de Estado estadounidense. Basándonos en las pruebas hasta el momento, su sucesor Mike Pompeo resultará ser un irreflexivo representante de los intereses globales del país.

Agreguemos los altibajos resultantes de la obsesión ególatra del presidente Donald Trump y obtendremos como resultado el final de la diplomacia estadounidense.

Tillerson sabía poco sobre asuntos de Estado; toda una vida en la industria petrolera no le proporcionó una comprensión de las mareas geopolíticas de esta época. Su prometida reforma del Departamento de Estado se convirtió en un éxodo de diplomáticos de primera línea. Él nunca se ganó la confianza de Trump. De vez en cuando, era capaz de contener al presidente, pero era más frecuentemente menoscabado por las tormentas de Twitter provenientes de la Casa Blanca.

Pompeo está personalmente más cerca de Trump, tal vez porque él meticulosamente imita las debilidades del presidente. Ambos se imaginan que EU puede hacer lo que quiera, donde quiera y cuando quiera, una suposición desplegada por Pompeo en su estrategia relacionada con los esfuerzos nucleares de Irán. Ninguno de los dos se pregunta, y mucho menos responde, la pregunta en el centro de todos los cálculos diplomáticos: “¿Y después qué?”.

En la medida en que las acciones de la administración tienen un tema recurrente, es proporcionado por una serie de iniciativas unilaterales destinadas a demostrar el poder estadounidense. Esas iniciativas han tenido el efecto contrario: han debilitado la capacidad de Washington para promover sus intereses. Cada vez que EU rechaza sus compromisos internacionales -ya sea en cuanto al comercio, al cambio climático o a Irán- invita a los aliados a que se alejen y a que busquen nuevos amigos, y a los adversarios a que refuercen su ventaja.

Trump, como sabemos, rara vez piensa más allá del instantáneo impacto de sus declaraciones y tuits. Él quiere causar revuelo. Las probables consecuencias de cualquier decisión o declaración dadas son deliberadamente ignoradas. Sus asesores se jactan de que este enfoque “disruptivo” ha acabado con una serie de históricos atascaderos. Mudar la embajada estadounidense en Israel a Jerusalén, destruir el acuerdo nuclear con Irán y ofrecer una reunión cumbre al presidente de Corea del Norte, Kim Jong Un, se califican de “ puntos de inflexión”.

¿Con qué propósito? Cuando los visitantes extranjeros a la Casa Blanca preguntan cómo piensa la administración proceder -la pregunta “¿y después qué?”- se encuentran con miradas perdidas. Al parecer, cambiar radicalmente las cosas es suficiente. El presidente pensará en qué hacer después, bueno, después. No se realiza tan siquiera un cálculo aproximado de cómo otros pudieran responder ante una política. Nadie puede acusar a Trump de ser un jugador de ajedrez.

Pompeo utilizó su primer discurso para exponer lo que él describió como una estrategia en relación con Irán. Fue más bien una lista de demandas presentada a Teherán. Las exigencias fueron mucho más allá del tema nuclear, llegando a casi todas las dimensiones de la política iraní. Al final, casi esperábamos que el secretario de Estado añadiera que Irán debía renunciar al islamismo y convertirse al cristianismo.

Algunos de los objetivos son ampliamente compartidos. El régimen en Teherán es represivo y desestabilizador de la región. Un diplomático, sin embargo, hubiera considerado la brecha entre lo deseable y lo posible. La mayoría de las veces las naciones están obligadas a tratar con otras naciones tal y como son.

Al mirar más allá de las escandalosas amenazas y de la grandilocuencia es obvio que la Casa Blanca de Trump ha convertido la moderación en retirada. Al desaprovechar el poder blando estadounidense, él ha reducido su capacidad para lograr sus objetivos. Y, al plantear su postura de beligerante unilateralismo, él ha persuadido tanto a aliados como a adversarios de que el momento de EU ya ha pasado. Lo que lo reemplazará será, probablemente, algo mucho peor.