Complacencia
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Complacencia

13/06/2018

Aunque todavía hay quienes piensan que el rechazo de Donald Trump al TLCAN se origina solamente por una animadversión a los mexicanos, los acontecimientos en la reunión del Grupo de los Siete (G-7) en Charlevoix, Canadá, dejan claro que no es así. De hecho, esta vez les fue peor a los canadienses. Tampoco se puede seguir suponiendo que la guerra comercial que le ha declarado a medio mundo es algo que se le ocurrió de repente. Lamentablemente la situación es más complicada.

El nacionalismo económico ha persistido a lo largo de toda la historia de Estados Unidos. Lo raro han sido los períodos en que el libre comercio se puso de moda. Es además una corriente que, con sus matices, actualmente incorpora a personajes de la derecha (como Patrick Buchanan) y de la izquierda (como Ralph Nader o Richard Gephardt); que es representada tanto por los sindicatos de la AFL-CIO como por el magnate Ross Perot. Incluye también a académicos serios (por ejemplo, a Edward Leamer, Ian Fletcher o Alfred Eckes) y a lúcidos críticos de la globalización, como Dani Rodrik o Robert Reich.

Quien mejor expresa la política comercial nacionalista de la actual administración es Peter Navarro, un doctor en economía de Harvard y veterano profesor de la Universidad de California (Irving) a quien el presidente designó director del Consejo Nacional de Comercio de la Casa Blanca. Conocido por sus libros tremendistas sobre “la amenaza económica china”, Navarro afirma que el déficit comercial desfonda a la industria manufacturera, impide el crecimiento del producto y del empleo y transfiere riqueza a otras naciones. Además es un agravio a la soberanía que inevitablemente lleva a la confrontación militar. A su vez, explica que el desequilibrio lo provocaron las concesiones que, en aras de la globalización hicieron los últimos presidentes a otros países, que se han aprovechado impunemente de la situación.

En consecuencia, considera que se deben repatriar las cadenas de suministro y hay que transitar del comercio libre (free trade) al comercio justo (fair trade), lo que significa tratos bilaterales y una estricta reciprocidad: te permito vender acá igual número de camionetas que las que me dejas despachar para allá; te aplico la misma tasa que tú me pongas. Además, me arrogo el derecho de limitar las inversiones extranjeras y las importaciones en las industrias críticas para la seguridad nacional (que serían casi todas, empezando por las alimenticias).

Bullying mundial

El viernes Peter Navarro publicó en The New York Times un artículo con el encabezado “Se acabó la era de la complacencia”. Ni duda cabe que su gobierno ha actuado con decisión (o con terquedad, si se quiere). Al llegar a los quinientos días, simplemente enumerando las acciones iniciadas, se puede apreciar hasta qué punto ha seguido esa política. Llegando llegando, Trump anunció que Estados Unidos abandonaba las negociaciones del Acuerdo Transpacífico (TPP) y las del Acuerdo Trasatlántico (TTIP) las mantiene congeladas. Amagando a Corea del Sur con cancelar el pacto que tienen con ellos (KORUS) y poniéndole una carga a la importación de sus lavadoras, obtuvieron una rebaja en las tarifas en automóviles y mayor acceso para sus empresas farmacéuticas.

Aunque China se resiste a fijar metas concretas de reducción de su superávit, ya prometió incrementar la compra de mil 300 productos americanos. Como Washington le marcó un arancel del 30% a sus paneles solares y continúa intimidándola con uno del 25% en 50 billones de dólares de productos de alta tecnología, Beijing ya les canceló órdenes de compra a los productores de soya de Illinois, Iowa y Minnesota, pretextando una reducción de la demanda. A la Comunidad Europea la están presionando con impuestos al acero (25%) y al aluminio (10%) y con la posibilidad de imponérselos también a los automóviles.

Al TLCAN lo mantienen en suspenso en espera de ver cuánto cederá Canadá en madera, trigo, cebada, lácteos, vinos y licores. Y hasta dónde aceptará México comprarles más, a cambio de no bloquear nuestras exportaciones agrícolas y de no desmantelar todas las plantas de fabricación de vehículos y autopartes.

Navarro ha dejado entrever que pretenden rehacer el sistema comercial internacional, lo que quiere decir transformar a la OMC en una entidad con menos facultades para fijar reglas y resolver disputas, en la que ellos tengan más peso. Todo esto tendrá efectos malos y duraderos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.