Claves para un debate sobre el racismo en México
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Claves para un debate sobre el racismo en México

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Opinión

Claves para un debate sobre el racismo en México

13/02/2018
Actualización 13/02/2018 - 13:06

Los mexicanos tenemos una cita pendiente con un tema que no queremos ver, pero que arde por debajo de la tierra y el cual no hemos sabido –o querido– abordar de forma seria. Es un tema incómodo, una lata de gusanos que muchas veces se evade en la simplificación, la descalificación ad hominem, el 'racismo a la inversa' y el insulto en redes sociales.

Y es que el racismo es un debate difícil de abordar y organizar; en primer lugar, por su enorme complejidad, y en segundo, por el hecho de que los parámetros y símbolos que utilizamos para discutirlo están impregnados de prejuicios en el lenguaje, en la organización social, en la cultura (pensemos en los estereotipos de belleza humana presentes en la publicidad) y hasta en las leyes.

Yuval Noah Harari, en Homo Sapiens, propone un “círculo vicioso” para explicar la injusticia y los prejuicios entre distintos grupos humanos en la historia, y que explica cómo los prejuicios entre etnias y pueblos se fortalecen a sí mismos en el tiempo: un acontecimiento histórico fortuito –la conquista de Mesoamérica por los españoles, por ejemplo– da lugar a una situación de hecho –el dominio de los indígenas por europeos–, la cual a su vez se traduce en reglas sociales y un entramado legal discriminatorio, que tiene como consecuencia que las personas de origen indígena tengan menos oportunidades de desarrollo económico y educativo. Con el tiempo, la falta de oportunidades hace que la pobreza se reproduzca generacionalmente entre la población de origen indígena, agravando las diferencias sociales, lo que lleva a la construcción de prejuicios culturales sobre la 'inferioridad' de lo indígena –identificado en el color de la piel, en el fenotipo, en la forma de hablar–, que a su vez alimentan y fortalecen el círculo vicioso del prejuicio. Este círculo vicioso también es aplicable a otras formas de prejuicios, como las que están basadas en género, orientación sexual e ideología política.

Hay un discurso racial –o antirracista, más bien– en la cultura mexicana, vinculado a las versiones de la historia oficial y en el mito de la síntesis de lo 'mexicano' en la mezcla de lo español y lo indígena; también en la idea de la 'raza cósmica' latinoamericana de José Vasconcelos, mezcla del viejo y nuevo mundo y destinada a crear la 'universalópolis', presente en el lema de la UNAM. Existe este mito en el que nos gusta vernos reflejados, sobre la ceguera racial de los mexicanos; somos mezcla y por tanto nuestra esencia representa lo contrario a las teorías sobre la pureza racial.

Sin embargo, a pesar de que preferimos pensar en nosotros mismos como un país sin prejuicios, la discriminación con base en el tono de piel y otros elementos identificados con lo indígena está presente en nuestras actitudes e ideas. La discriminación y el racismo en específico, son construcciones culturales que pueden ser parte inconsciente de nuestra forma de pensar y reaccionar. El experimento hecho en México por Conapred sobre las actitudes estéticas y morales de los niños utilizando dos muñecos, uno blanco y otro moreno, así como la Implicit Association Test (IAT) de la Universidad de Harvard para medir racismo en el subconsciente, son ejemplos de cómo la discriminación y el racismo son una construcción social y cultural que no requiere de una actitud abiertamente discriminatoria o racista para estar presente. Estos experimentos muestran que somos capaces de discriminar aunque no identifiquemos nuestras acciones como discriminatorias, debido a la influencia cultural y a nuestra inhabilidad de diferenciar entre esa herencia cultural discriminatoria y una actitud auténticamente tolerante.

México ha hecho grandes esfuerzos para abordar desde las instituciones los problemas de discriminación y los prejuicios que nos impiden ser una sociedad más justa, principalmente con reformas constitucionales, la promulgación de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación y la creación del Conapred.

Pero a pesar de estos avances, hace falta que el debate público sobre racismo y discriminación en México madure y abandone el ruido y los gritos que no permiten abordarlo seriamente. Perdimos una oportunidad apenas el año pasado, cuando Inegi publicó los resultados del Módulo sobre Movilidad Social Intergeneracional, el cual describe cómo las personas con color de piel más oscuro tienen menos educación y menores ingresos. Este hecho que se registra en un estudio serio hecho por una institución independiente y libre de toda sospecha, fue recibido con irritación por parte de la opinión pública, como si el Inegi tuviera una agenda racial o fuera el culpable de esa situación de desigualdad, por lo que no pudimos iniciar un diálogo constructivo sobre el racismo y la discriminación en México.

Creo que las pasiones electorales tampoco ayudan a promover un diálogo serio, y un ejemplo lo vimos este fin de semana. Enrique Ochoa hizo un comentario que pretendía ser una especie de chiste en medio de una arenga política, pero que tenía un contenido discriminador. A pesar de que pidió disculpas e hizo una aclaración sobre lo dicho, ha sido linchado en redes sociales. Es excesivo decir que la intención de Enrique Ochoa fue hacer un comentario racista. El racismo es una forma de intolerancia que se basa en una supuesta superioridad biológica, y no veo en lo que dijo la intención de propagar una ideología racista. Creo también que en lugar de que las elecciones sean un momento adecuado para discutir seriamente propuestas sobre el futuro de las políticas públicas antidiscriminación, este incidente se ha convertido en una estopa empapada de gasolina en la llamarada de descalificaciones entre quienes apoyan a distintos candidatos.

Una discusión seria sobre la complejidad de la discriminación nos puede unir y acercar, y ayudarnos a descubrir cuáles son los retos institucionales que tenemos para que el ideal de una sociedad e instituciones, que son ciegos e imparciales ante el color de piel, se haga realidad. Pero la posibilidad de discutir ese ideal en estas elecciones se elimina materialmente cuando un partido político lleva el tema del color de piel directamente a la arena electoral, ya sea movilizando recursos para la descalificación y el linchamiento en redes sociales o, peor aún, utilizando el color de piel como estandarte, como nombre y emblema para llamar al desquite social, avivar la discordia y alimentar el odio. No sé a dónde nos puede llevar ese discurso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.