Una de dos: incondicionales o profesionales
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Una de dos: incondicionales o profesionales

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Una de dos: incondicionales o profesionales

15/10/2018
Actualización 15/10/2018 - 13:48

En octubre de 2016, James P. O’Neill fue nombrado Comisionado del Departamento de Policía de Nueva York, la corporación policial más grande de Estados Unidos (con poco menos de 40 mil elementos es casi del tamaño de nuestra Policía Federal). Con este nombramiento, O’Neill llegó a la cúspide de una carrera que inició en 1983, en ese mismo Departamento de Policía, cuando ingresó como agente de tránsito. Sin duda, la historia de O’Neill es una historia de éxito, pero no es un caso excepcional. Quien actualmente encabeza la Policía de Chicago tiene una trayectoria de 30 años en dicha institución; en Los Ángeles, el actual comandante ha servido en el Departamento de Policía durante 36 años.

Al norte de la frontera, el desarrollo de largas e importantes carreras dentro de los Cuerpos de Policía es relativamente común. Esta tendencia es resultado de un diseño institucional sensato. No sólo en Estados Unidos, en muchas partes del mundo los elementos más talentosos que ingresan a la Policía tienen buenas perspectivas para crecer dentro de su misma corporación. Una vía natural para este crecimiento es que, conforme avanza su trayectoria, los mejores policías dejan el patrullaje y se incorporan en la investigación de delitos. Por un lado, los patrulleros resultan buenos investigadores porque conocen las calles, y entienden cómo piensan los delincuentes. Por otro lado, la perspectiva de crecimiento es un buen incentivo para reclutar jóvenes talentosos. En México, esa vía de desarrollo profesional está prácticamente cancelada, pues las unidades de investigación (de por sí bastante precarias) generalmente dependen de la Procuraduría o la Fiscalía y no tienen mayor conexión con la policía “preventiva”.

Sin embargo, la principal razón por la que no vemos carreras policiales brillantes es porque en México la Policía no es una institución de Estado como sí son, mal que bien, las Fuerzas Armadas. Al Ejército le vendría bien un poco de aire fresco. Sin embargo, ningún presidente ha tenido la ocurrencia de encargar a unos headhunters la selección del secretario de Defensa, o de nombrar en ese cargo al hijo de un amigo. De hecho, es tal el respeto a las tradiciones y arreglos internos de las Fuerzas Armadas, que los presidentes electos consultan el nombramiento de los titulares de Defensa y de Marina con la cúpula militar (AMLO ya anunció que él también piensa seguir esta tradición).

Con las secretarías de Seguridad Pública pasa todo lo contrario. Son vistas como una parte irrenunciable del botín electoral. El lugar perfecto para que los gobernadores y los alcaldes coloquen allegados y hagan buen negocio. Como la lealtad personal es el principal requisito, los elementos más talentosos de la corporación ni siquiera son tomados en cuenta para ocupar los cargos más importantes. Una justificación es que son demasiado “operativos” (y nadie piensa en capacitarlos para que dejen de serlo y asuman responsabilidades directivas). Además, quienes trabajan en la Policía son “peligrosos”, porque operaban bajo las órdenes de la administración previa, así que no se puede confiar en ellos. Por lo mismo, un buen secretario de Seguridad Pública tampoco aspira a permanecer muchos años al frente de su corporación. Sabe que al concluir el periodo de su jefe, ya sea el gobernador o el alcalde, quedarse en su puesto no es una opción viable. En el mejor de los casos puede buscar otro alcalde u otro gobernador que quiera dejar la seguridad en manos de un profesional, aunque muchos lo que buscan es un incondicional.

La Policía se maneja con tanta discrecionalidad, y con tanta corrupción, que algunos alcaldes rechazan el mando único por la simple razón de que no quieren renunciar al fabuloso negocio de las 'mordidas' que cobra la Policía de Tránsito (por lo general sólo una fracción de este dinero se lo quedan los patrulleros y los mayores beneficios “suben” a la parte alta de la pirámide). Roberto Hernández, uno de los creadores del documental Presunto Culpable, describe a las policías en México como “un conjunto de mecanismos de extracción de rentas ilegales”. Desafortunadamente esta caracterización es atinada en la mayoría de los casos.

He escuchado en varias ocasiones a gobernadores y secretarios de Seguridad Pública lamentarse de que muy pocos jóvenes quieran ingresar a las filas de la Policía. Incluso cuando se aumentan los salarios hay que hacer malabares para lograr las metas de reclutamiento. Cierto, no ayudan algunos requisitos ridículos que contempla la regulación vigente, como descartar a quienes tengan algún tatuaje. Sin embargo, también habría que reflexionar sobre las posibilidades reales de crecimiento en instituciones que no investigan delitos. Asimismo, es necesario pensar cuáles son los incentivos para enrolarse cuando los uniformados se limitan de por vida a cumplir las órdenes, legales o ilegales, de una sucesión de mandos rapaces que se van después de exprimir por unos meses o unos años a la corporación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.