Santa Vida, lecciones sobre 20 mts²
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Santa Vida, lecciones sobre 20 mts²

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Santa Vida, lecciones sobre 20 mts²

14/05/2018
Actualización 14/05/2018 - 13:28

Negocio asentado sobre 20 metros cuadrados consigue ser sostenible a los dos meses de iniciar y gracias a que escuchó a sus clientes hoy es un negocio muy rentable con dos sedes y dos modelos de negocio distintos.

El asunto ofrece muchas enseñanzas a los emprendedores y estudiosos del acontecer Pyme. Por principio demuestra que una dupla de sangre puede encabezar un negocio exitoso. Sofía Franco (hija) y Mabel Cámara (mamá) comenzaron hace poco más de dos años y medio con la idea de emprender algún negocio sin tener claro en qué giro o en dónde.

Posteriormente acordaron ir por un restaurante especial que acortara las distancias entre el productor del alimento y el consumidor, una suerte de granja-consumidor (farm to consumer) que llevara alimentos saludables y frescos sin refrigeración y eliminando hasta donde posible los conservadores o saborizantes que hoy tienen el grueso de los alimentos.

Otra característica es que ellos producen sus mermeladas, sus mayonesas, sus aderezos, sus salsas, de tal forma que no consumen productos preelaborados por terceras empresas. Incluso producen su pan, cosa que juega un papel relevante en esta historia.

El caso es que luego de que las socias (madre-hija) acuerdan qué negocio van a montar y con qué características, procedieron a buscar la sede encontrando luego de mucho batallar una bodega casi en abandono en la colonia Roma.

Cualquiera hubiese renunciado a tener un minilocal. No ellas.

Fueron 20 metros cuadrados de una bodega abandonada por los que las emprendedoras tuvieron que convencer al dueño del inmueble de que se los rentara. Realizaron los trámites necesarios para que se concediera el uso de suelo como restaurante en la delegación y todo el tramiterío que no es sencillo efectuar para abrir el negocio que tardó poco más de seis meses en ofrecer servicio.

Ayudó en la adaptación del lugar el que Sofía sea arquitecta aunque para encontrar al chef y conseguir su primera carta de platillos nada pudo ser una ventaja. Un par de semanas antes de que Santa Vida abriera sus puertas el chef contratado les salió con que “he recibido una mejor oferta y no arranco con ustedes el restaurante”.

Por fortuna ya habían tenido contacto con otro chef, de Mendoza, Argentina, quien estaba buscando una oportunidad en México luego de haber llegado de Veracruz en donde no sólo encontró su primer trabajo sino también a quien es hoy su esposa.

Fabrizio Ledda había llegado a México en 2009 para conocer nuevos aires en América Latina. En Veracruz trabajó de chef pero también impartió clases de cocina y de elaboración de pan artesanal.

Ahí conoció a una alumna que se enamoró de su maestro y de ahí vino también un matrimonio y la necesidad de establecerse en la CDMX. A él le urgía trabajar pero Santa Vida, cuando tuvieron primer contacto, estaba lejos de ser una realidad.

Finalmente las estrellas se alinean y el chef mendocino se incorpora a Santa Vida. Antes de dos meses de haber abierto al público los clientes asiduos comienzan a sugerir clase de panadería. Al principio el asunto sonaba a locura en un negocio que sólo tiene 10 bancos para consumidores y poco espacio para ofrecer clases de panadería.

Pero no lo descartaron y desde la primera clase hasta ahora todas has estado al tope y cada convocatoria que se lanza se llena en menos de 48 horas. Hay lista de espera.

Clases de pan de pita, pizza, baguette, hojaldre, brioche, panes veganos o sin gluten, dulces o salados. Cinco clases de tres horas cada una cuando Santa Vida ha cerrado sus puertas a los clientes.

Las clases han sido un negociazo, mejor que el restaurante aunque éste no ofrece malos números y ya tienen una sucursal en Antara, Polanco.

A la fecha ya existe lo necesario para dividir los negocios. Una línea tendrá que ser por el lado de la capacitación en panadería y por el otro los dos restaurantes Santa Vida en la colonia Roma y en Polanco.

Las lecciones: No hay negocio pequeño, ni aún los que estén asentados en escasos 20 metros cuadrados; no hay problemáticas familiares que no puedan ser superadas en el trayecto de un negocio; los consumidores quieren una experiencia especial pero sobre todo saludable y lo más importante: hay que tener los oídos bien abiertos porque los clientes son capaces de llevarte al éxito empresarial si los escuchas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.