El nuevo Meade, el mismo PRI
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El nuevo Meade, el mismo PRI

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El nuevo Meade, el mismo PRI

10/05/2018
Actualización 10/05/2018 - 10:19

Parecería que la salida de Enrique Ochoa fue la gota que derramó el vaso. El candidato ciudadano, moderado, de voz apagada, incómodo con los mítines y con el enfrentamiento ha dicho basta y ahora ha tratado de renovar su imagen subiendo la voz. Vale la pena revisar su actitud en entrevistas hasta hace un par de semanas, incluso en el primer debate: era un ausente, con propuestas vagas, sin modulaciones, naufragando.

Hoy se nota más despierto, respondiendo preguntas que lo ponen contra la pared y encarando con un “pérame”. Aclaro, esto no significa que sus propuestas hayan cambiado o que haya dejado de naufragar. Tampoco que ese ‘despertar’ signifique algo ‘bueno’ para su decreciente campaña. Es la observación de un exfuncionario que inició en precampaña diciendo que se concentraría en propuestas y en una reconciliación, y que hoy sólo habla de ese opositor que, como su antítesis, está más bien calmado (quizá demasiado confiado).

¿Qué lo despertó? ¿Habrá sido el tuit del exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, cuando llegó uno de sus cercanos a la campaña –el exgobernador René Juárez Cisneros? “Mucho éxito a mi amigo @JuarezCisneros, quien hoy asume la dirigencia del @PRI_Nacional. Soy testigo de su capacidad política y sensibilidad social. René viene de la base y conoce a nuestro Partido. Estoy seguro de que hará un gran trabajo al frente de millones de priistas”. Menos de 280 caracteres que pudieron haberse resumido en un “se los dije”; o habrá sido el desplome en las encuestas; o el abandono de su propio partido, habrá que preguntárselo pronto.

Sin embargo, no niega este nuevo rumbo en su campaña. A pregunta expresa en el programa Tercer Grado sobre este cambio de actitud dice que, aunque parece tarde, y vaya perdiendo al final del primer tiempo, aún puede remontar. ¿Qué más va a decir? El único tiro que le queda es apostar por la ingenuidad de aquellos despistados tricolores que aún tienen la esperanza de remontar en dos meses lo que no consiguieron en los cinco anteriores. Sí, Meade es otro, pero su partido es el mismo.

Enfundado en esa chamarra roja, hoy es más priista que nunca, lo han hecho suyo porque ha quedado claro que un ciudadano no le pide a Antorcha Campesina frenar a López Obrador, ni se abraza con Romero Deschamps, ni evade cuando se le pregunta de la Estafa Maestra.

Se le nota harto de las mismas preguntas sobre corrupción, sobre su diferencia con el fallido gobierno del presidente Peña Nieto, sobre su relación con exgobernadores perseguidos por la justicia, sobre ser priista… punto. Y esto le molesta, seguro antes le molestaba de la misma forma, sin embargo, hoy lo hace evidente. No carga sólo con ser ese externo que logró tanto mimetizarse con el PRI, que es la marca que lo lleva en un tercer lugar, sino que carga con tener que justificar que, pese a sus compañeros de campaña, ‘es él y su intachable honor quienes competirán en la boleta’.

No sé si Meade es intelectualmente formidable, pero no creo que sea tonto. Por supuesto que sabía que se iba a enfrentar con gritos de víctimas que se han sentido olvidadas por el gobierno de Peña Nieto; por supuesto que sabía que los priistas estarían molestos por el nombramiento de un ciudadano que durante cinco meses se cansó de deslindarse de ellos; por supuesto que sabía que ocho de cada 10 mexicanos quieren al PRI fuera de Los Pinos.

Así que no es Meade. El candidato podría llevarnos al quinto partido del mundial y seguiría siendo del PRI; su ascenso responderá a algunas bases priistas alineadas para alcanzar algunos puestos en el Senado o en Diputados, pero no más allá.

En cada uno de sus espacios trata de evidenciar a un López Obrador que está 25 puntos arriba de él… estos argumentos le ayudan más a Anaya (quizá sea esa la estrategia). Ese Meade conciliador del primer día de precampaña ya quedó en el armario, debajo del saco de su credibilidad y junto a esa camisa que lo vestía de una renovación para un PRI en bancarrota.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.