El viaje
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El viaje

13/04/2018
Actualización 13/04/2018 - 12:11

Conozco de memoria la carretera entre Xalapa y la Ciudad de México. Hoy el camino se enmarca en una autopista que devora los kilómetros, si tienes un automóvil relativamente nuevo y un chofer habilidoso el viaje puede llegar a ser de tres horas y media; sin embargo, esto tiene poco tiempo, hace una década el viaje incluía las curvas de Perote y la neblina eterna en Banderilla, el recorrido era de cinco horas y media con un auto relativamente nuevo y un chofer habilidoso. Recorrer esa ruta treinta veces al año fue lo más cercano que estuve de Sergio Pitol, al menos físicamente, sabía que compartíamos el camino y que las ventanas nos mostraban las mismas montañas. Nunca me atreví a acercarme a su casa en la calle Pino Suárez.

Al recibir el Premio Cervantes 2005, un nervioso Pitol contaba frente a la élite de las letras hispanoamericanas la vorágine que significó ser galardonado con semejante reconocimiento, dijo que en un minuto se llenó su casa de periodistas, amigos, curiosos y familiares y narraba que su traslado a la Ciudad de México para atender a la prensa extranjera y a los medios nacionales se había convertido en un viaje introspectivo. Recordaba que de las cinco horas de trayecto había logrado dormir una y que en ese sueño habían llegado súbitamente visiones de su infancia: “personas de un pueblo que no he viso hace 60 años, mi abuela siempre con un libro, algunos festejos en casa, la nana de mi abuela”. Aquél viaje de Xalapa al Distrito Federal en diciembre lo perseguiría el resto de su vida, no sólo el de la espesa neblina poblana sino ese silencio del viajero en tránsito.

Y me detengo en el viaje porque Pitol no podía quedarse inmóvil, ciudadano del mundo durmió en Roma, Barcelona, Pekín, Praga, Budapest, Moscú y decenas de ciudades más. En una entrevista para Radio y Televisión Española le confesó a Fernando Sánchez Dragó: “quizá la vida también a pesar de los manchones inmensos que ensucian el presente, el pasado y todo, siempre encuentro un gozo por viajar, por ver algo, por recordar amigos, por recordar amores”.

En su maravilloso texto 'Escribir y viajar' de El Arte de la fuga nos muestra el regocijo de su vida: “En Europa desempeñé diversos empleos, y por temporadas logré sobrevivir sin ninguno. Me moví con frecuencia de un lado a otro […] el hilo que une a esos años, lo supe siempre, fue la literatura. Toda experiencia personal, al fin y al cabo, confluía en ella. Durante muchos años la experiencia de viajar, leer y escribir se fundió en una sola. Los trenes, los barcos y el avión me permitieron descubrir mundos maravillosos o siniestros, todos sorprendentes. El viaje era la experiencia del mundo visible, la lectura en cambio, me permitía realizar un viaje interior, cuyo itinerario no se reducía al espacio sino me dejaba circular libremente a través de los tiempos. Leer significaba acompañar al señor Bloom por las tabernas de Dublín a principios de este siglo; a Fabrizio del Dongo por Italia posnapoleónica; a Héctor y Aquiles por las plazas de Troya y los campamentos militares que durante largos años la circundaron. Y escribir significaba la posibilidad de embarcarse hacia una meta ignorada y lograr la fusión –debido a esa oscura e inescrutable alquimia de la que tanto se habla cuando se acerca uno al proceso de la creación– del mundo exterior y de aquel que subterráneamente nos habita”.

Así que el viaje exterior lo dotaba de mundos, la lectura lo volvía testigo de viajes internos sin tiempo y ni fronteras, y la escritura lo embarcaba en un viaje del cual estamos todos agradecidos.

Sergio Pitol ha muerto por las complicaciones provocadas por una afasia progresiva, una enfermedad que deteriora al lenguaje, por suerte ya lo había dominado lo suficiente como para dejarnos una herencia inagotable, él mismo lo escribió: “los momentos de excepción en la literatura se producen cuando el autor, sea cual sea el curso que siga al iniciar una obra, logra sumergirse en las corrientes profundas del lenguaje para, de esa manera, perder sus propias señas de identidad”. Buzo experto, en cada cuento, novela, ensayo, hizo lo que quiso, incluso en lenguajes ajenos, sus traducciones son exploraciones cuidadas de una escenografía que toca sutilmente.

Nunca lo conocí, pero al menos me quedo con esa neblina en Banderilla, con las montañas de Perote, con la lluvia incesante en carretera y el regocijo de acompañarlo como testigo mudo en cada uno de sus viajes “en las corrientes profundas de su lenguaje”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.