La crisis de los desplazados
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La crisis de los desplazados

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La crisis de los desplazados

04/05/2018
Actualización 04/05/2018 - 9:36

¿Qué significa cerrar la puerta de la casa que habitan los que más quieres y los que más quisiste? ¿Qué sientes al romper con una tradición familiar de cuatro generaciones? ¿Qué te obliga a dejar el patrimonio de tu vida? ¿Por qué un grupo de delincuentes puede asesinar a dos de los tuyos, secuestrar, quemar y robar hasta que entiendes que tienes que huir? Al gobierno federal no le importan los desplazados porque no les quitaron la vida, sólo les arrebataron todo aquello que los rodea.

Los gobiernos locales y federal actúan ante la huida como el familiar y amigo que ante la tragedia de la inseguridad te dice: “Agradece que no te pasó nada y que estás vivo”. La resignación como política de gobierno incapaz de ver la gravedad del problema.

La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos documentó en 11 años, de 2006 a 2017, más de 329 mil víctimas de desplazamiento interno forzado en México, donde hubo presencia o uso de violencia. Tan sólo el año pasado se registraron 25 eventos masivos de desplazamiento, afectando a casi 21 mil personas.

Cada número significa un mexicano, cada número significa dejarlo todo y tratar de continuar, es el resultado de políticas públicas fallidas en lugares donde el Estado de derecho ha sido olvidado o rebasado por la barbarie.

México es un país donde la migración ya se ve como un fenómeno natural, del que se va a otro país para mejorar sus condiciones de vida, hablamos mucho de ello, pero ¿quién habla de aquellos que deben dejar tierra, familia, amigos, vida dentro del propio México que no les permite continuar construyendo historia en sus lugares de origen porque hay una violencia incontrolable? Al menos del lado del gobierno, hay un mutis ante el reclamo de esos que de un momento a otro dejan todo.

El informe de la CMDPDH nos da datos que acentúan el problema en aquellos que son una y otra y otra vez los más marginados: de los miles de desplazados, 60 por ciento corresponde a comunidades indígenas. Porque este México tiene siempre a aquellos desprotegidos en lo último de sus prioridades. Las poblaciones indígenas deben luchar por su vida, por sus tradiciones, por comer, por su lengua y hasta por su tierra. Pero eso sí, son comunidades visitadas por todos en época electoral.

“Las entidades con más episodios de desplazamiento interno forzado masivo fueron Guerrero, con siete; Sinaloa, con cinco; Chihuahua, Chiapas y Oaxaca, con tres, respectivamente.

“La entidad con más personas desplazadas fue Chiapas, con seis mil 90 personas, lo que corresponde a aproximadamente 29.87 por ciento del total de la población desplazada en 2017. En segundo lugar se encuentra Guerrero, con cinco mil 948 personas desplazadas, representando 29.17 por ciento del total. En tercer lugar se encuentra Sinaloa, con dos mil 967 personas desplazadas, lo que corresponde a 14.55 por ciento del total”, se lee en el informe, disponible en línea y quizás el único esfuerzo estadístico de esta problemática creciente.

Tan sólo contemos una historia, el caso de la familia Ponce Ríos: 94 integrantes de una familia que desde hace siete décadas llegó a un municipio de Chihuahua a construir una vida, una familia, una tradición. Generaciones que se dedicaron a la compra, venta y engorda de ganado, que de un momento a otro tuvo que salir huyendo, después de perder a dos miembros de su familia, porque la violencia te destierra.

Este es uno de los casos más representativos del desplazamiento forzado en el país, donde no son dos o tres personas que salieron huyendo, sino decenas de miembros de un mismo núcleo familiar que pierden su estabilidad económica y que impacta también en la comunidad a la que pertenecían.

“Nosotros éramos una familia que traía un orgullo muy grande desde mi abuelo, ¿verdad? Entonces fuimos una familia de nueve hijos. No fue fácil porque no toda la vida, o sea, tuvimos lo que llegamos a tener. Tuvimos que trabajar todos de una manera u otra para lograr una estabilidad económica, pero no nada más económica, teníamos una relación muy fabulosa.

“Mi padre nos inculcó principios de base moral, de honestidad, de trabajo, de producción. Él nos hizo ser unas personas de bien, nos enseñó a ganarnos la vida y todas esas cosas. Y mire, se acaban de la manera más terrible, más dolorosa, con costos de vida, con todos los dolores que se pueden sentir. Y, ¿qué le queda a uno? Frustración, impotencia, tristeza, desesperanza, terror”, relatan miembros de esa familia en su expediente.

Algunos de ellos tuvieron que volver a esa tierra sabiendo que podría costarles la vida, pero con el fracaso de no haber podido lograr enraizar en otra parte del país. ¿Qué México estamos gestando, donde ni siquiera estamos seguros de poder quedarnos en el lugar al pertenecemos?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.