La risa cínica
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La risa cínica

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La risa cínica

28/09/2018
Actualización 28/09/2018 - 9:27

“¿Quiere renunciar a su derecho de ir a un juicio para que se le demuestre, lejos de toda duda razonable, que usted es culpable de lo que se le acusa?

“Sí, su señoría…

“Entonces le voy a volver a hacer la misma pregunta para que no queden dudas… ¿Admite usted, en este momento, la responsabilidad en los delitos que se le imputan?

“En base del principio de lealtad y de institucionalidad que rigen mi conducta… sí, su señoría, la acepto”, señaló Duarte sin titubear.

Ahora a enmarcarlas. Estas son palabras textuales que explican mucho de aquella cínica sonrisa con la que Javier Duarte llegó a México luego de su extradición, y que forman parte de la crónica publicada en Animal Político por el periodista Arturo Ángel, a quien mucho debemos conocer la cloaca del gobierno veracruzano de Duarte, que esta semana llegó a un clímax que sólo ha perpetuado el sinsabor de la impunidad mexicana.

Esta confesión de culpabilidad le trajo a Javier Duarte un procedimiento de juicio abreviado –una alternativa al juicio oral, que es parte del ya no tan nuevo sistema de justicia penal– y que implicó que se le dictara una sentencia de nueve años de prisión y una multa de poco más de 58 mil pesos. A veces la justicia es tan RIDÍCULA –así, con mayúsculas.

¿Por qué querría Duarte declararse culpable de dos delitos cuya gravedad mínima no es comparable al desfalco en Veracruz? ¿Se dio por vencido? Claro que no. De todos los escenarios, este era de los que mayores ventajas le daban al hombre que le puso una de las caras más atroces a la corrupción, que este sexenio derramó el vaso de nuestra desconfianza.

Nueve años de prisión de los que Duarte ya cumplió uno y medio (recordemos que fue detenido en Guatemala desde abril del 2017), con posibilidad de reducción de pena para que purgue cuatro años; es decir, en el mejor escenario para el exgobernador priista, podría salir a principios del 2021, incluso antes de que en México viéramos si se logra una “cuarta transformación”. En una de esas va por el 2024, así de increíble es este país. Sí, es verdad, vivimos en un México en el que no pasa nada y ver a Duarte tras las rejas es un avance. Como dijo el juez: es una admisión de culpabilidad y sienta un precedente, pero no es suficiente ante el enorme desfalco de Veracruz, frente a todo lo que Duarte aún no responde, con acusaciones por desaparición forzada, por ejemplo. Es un escenario en el que aun con el castigo, él ganó más que la justicia.

La acusación de la PGR decía: “(se le señala por) dirigir una organización criminal que operó en Veracruz, Guerrero y Ciudad de México, y a través de la cual se desviaron cantidades millonarias de recursos públicos… utilizando para ello empresas fantasma y prestanombres… Todo con la finalidad de invertirlo en propiedades y otros bienes en beneficio de él, de su esposa y de su familia”. Aun así, Duarte les ganó. ¿A cambio de cuántos secretos que aún guarda?

Las indagatorias a Duarte son por muchísimos millones más de los 58 mil pesos que pagará de multa (más de 70 mil millones, según versiones periodísticas). La pobreza en la que dejó Veracruz, es sólo la punta de lanza.

El periodista Raúl Olmos, de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, ha documentado insistentemente el caso Odebrecht en México, ¿qué tiene qué ver eso con Duarte? Muchísimo. La red en la que Odebrecht se involucró en pago de sobornos en nuestro país, se cruza una y otra vez con redes de empresas veracruzanas y asignaciones de contratos de la gestión duartista. ¿Por qué la PGR no ha seguido esta línea?

“Aún falta que @PGR_mx investigue conexión de #Javidu en trama de corrupción de #Odebrecht”.

“Red de sobornos transfirió 6 millones de dólares entre 2009 y 2011 a empresa fantasma de Veracruz”.

“Las reuniones de Duarte y Odebrecht eran frecuentes”, escribía el periodista ayer a través de su cuenta de Twitter.

Sí, qué bueno que Duarte está en la cárcel, empujado más por investigaciones periodísticas que por investigaciones ministeriales, pero no podemos conformarnos con sanciones de parche que provoquen la risa cínica de esos corruptos para los que el desprestigio social ya no es un castigo, sino parte del trabajo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.