Limbos de poder
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Limbos de poder

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Limbos de poder

11/07/2018
Actualización 11/07/2018 - 10:27

La noticia apareció en interiores en algunos diarios, en realidad en muy pocos, casi nadie la consignó. En este periódico apareció ayer en la página 52; en el diario Reforma estuvo en la página 11; en los noticieros de radio y televisión no ocupó más de 30 segundos. Hablo de la declaración del presidente Enrique Peña Nieto, en la que a cinco meses de dejar el cargo reconoce que su gobierno no fue “suficientemente asertivo” en el combate a la inseguridad y a la pobreza. Qué más decir en esta etapa de transición donde la población, los periodistas, los empresarios se ocupan del presidente electo y dan por perdido el tiempo que queda de una administración que agoniza, que se niega a hacer algo, que ya bajó la cortina.

“Esta administración ha sido una que ha querido distinguirse precisamente por establecer nuevos pilares, nuevos cimientos que permitan que el país tenga crecimiento. Cada gobierno alcanza metas, pero también reconociendo lo que aún nos falta por hacer, donde no hemos sido suficientemente asertivos, donde todavía tenemos un gran reto en revertir condiciones de pobreza, ser mucho más certeros y eficaces en el combate a la inseguridad, tema y reto que está todavía pendiente”, estas fueron las palabras del presidente Peña Nieto en Dolores, Guanajuato, uno de los pocos estados en los que no se impuso Morena. Hay que reconocer que al menos el Ejecutivo es capaz de ver en el ocaso de su sexenio que en los dos problemas transversales de este país no se logró nada, sino que la situación empeoró.

Y es que parecería que estamos en un limbo de responsabilidades: López Obrador lleva nueve días como ganador de la elección y desde el día uno ha hecho con la agenda nacional lo que ha querido, con nombramientos en su gabinete, reuniones con empresarios, discusiones con la sociedad civil, incluso acercamientos con el gobierno de Trump, ha acaparado todas las conversaciones. De pronto, en notas perdidas en los medios, nos damos cuenta que el crimen organizado no ha dejado de matar, los huachicoleros no han dejado de robar, la CNTE no ha dejado de inconformarse, los legisladores siguen pasmados y Trump no ha dejado su discurso de odio contra nuestro país; mientras todo esto ocurre, el presidente Peña Nieto está en un lejanísimo tercer plano –o cuarto, o quinto, usted escóndalo donde guste– como testigo inmóvil de estos últimos meses.

No sólo es una inercia social el querer que la transición ocurra lo más pronto posible, la certidumbre económica también se posiciona como una variable. Ayer el periodista y vicepresidente de EL FINANCIERO, Enrique Quintana, daba puntual seguimiento del comportamiento del peso: “Ocurre lo que muy pocos esperaban, rompe el dólar el piso de 19 pesos apenas a nueve días de las elecciones y se cotiza en 18.95 en el mercado interbancario”, tuiteaba ayer a mediodía; pocas horas después, bajaba aún más: “Tras el anuncio de la reunión de los secretarios de Estado, del Tesoro y Homeland Security con AMLO y su equipo, ahora el dólar baja de 18.90 pesos”. También los mercados están ansiosos de un nuevo comienzo, a ellos poco les preocupan las presiones internas, al menos en un futuro inmediato no ven una catástrofe.

Aunque imaginemos que el poder ha sido traspasado y alguien distinto ya está en la silla presidencial, nuestra realidad nos recuerda que los grandes problemas de este país no conocen de limbos de poder. En el preámbulo del cambio aún se debe trabajar: los partidos, en la conformación de una oposición; los legisladores en funciones, en iniciativas que aún puedan liberarse; los secretarios, en entregar dependencias transparentes; y la ciudadanía, en recordar que aún faltan 143 días para exigir respuesta ante los grandes pendientes de este sexenio. Si ya bajaron la cortina, es nuestra responsabilidad volverla a abrir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.