Post-mortem electoral
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Post-mortem electoral

08/11/2018
Actualización 08/11/2018 - 14:02

La elección intermedia de Estados Unidos, concluida el martes, dejó varias cosas en claro. La primera es que el rechazo al presidente Donald Trump no es tan sólido como los demócratas quisieran. Por ello, no se produjo la ola azul que tantos esperaban. Al mismo tiempo, los votantes colocaron un importante candado para ejercer un contrapeso a los instintos más extremos del trumpismo, al entregar el control de la Cámara de Representantes a los demócratas.

Los resultados electorales tendrán consecuencias. Al conservar el Senado, los republicanos mantienen el control del proceso de confirmación de jueces federales a todos niveles, incluyendo la Suprema Corte. También serán responsables de avalar los nuevos nombramientos en el gabinete de Trump, lo que facilitará la salida de Jeff Sessions del Departamento de Justicia. Pero ello no significa que esté en peligro la investigación del fiscal, Robert Mueller, sobre la interferencia rusa en la elección presidencial de 2016, porque al despedir Trump a Sessions, la Cámara de Representantes, ahora bajo los demócratas, tiene facultados legales para rescatar a Mueller. La elección, básicamente, puso a salvo el trabajo del fiscal.

La Constitución confiere al Poder Legislativo la obligación de supervisar, y en su caso avalar, la actuación del Poder Ejecutivo en su conjunto. Bajo control republicano en ambas cámaras, esta función constitucional básica dejó de ejercerse. No querían hacer enojar a Trump. El escenario ahora será distinto.

Los demócratas en la Cámara de Representantes, con la presidencia de todos los comités, tienen ya la facultad de obtener documentos y testimonios de cualquier área de la administración de manera obligatoria. El comité de finanzas puede iniciar una investigación, por ejemplo, sobre la cláusula de emolumentos, que prohíbe al Ejecutivo recibir dinero de gobiernos extranjeros. Trump viola esta cláusula todos los días con los ingresos de sus hoteles. Estará obligado, por ejemplo, a dar a conocer sus declaraciones fiscales, uno de los secretos más celosamente guardados por Trump desde su campaña.

Trump no es el único preocupado por las posibles investigaciones. Varios de sus secretarios también. Entre los vulnerables están Steve Mnuchin, secretario del Tesoro, Wilbur Ross, secretario de Comercio y Brian Zinke, secretario del Interior, todos ya bajo serio escrutinio por parte de los medios por claros escándalos y conflictos de interés. La administración Trump, del presidente para abajo, es la más corrupta de que se tenga memoria.

Los demócratas no pudieron dar la sorpresa en ninguna de las elecciones llamativas. No pudieron en Florida, donde Andrew Gillum cayó ante Ron Desantis, un trumpista radical en la batalla por la gubernatura. Tampoco pudieron en Texas, donde Beto O´Rourke se quedó corto ante el impresentable Ted Cruz buscando una senaduría. Y en el estado de Georgia, a pesar de protestas, trampas, supresión del voto, posibles recuentos, y hasta el apoyo de la mismísima Oprah Winfrey, Stacy Abrams se quedó atrás en su intento por convertirse en la primera gobernadora afroamericana del país.

Tal vez la más grave consecuencia del proceso es que no emergieron incentivos para cambiar el rumbo del discurso político. Trump seguirá usando el odio y la división como herramienta política, porque le volvió a funcionar. No pasó nada para disuadirlo de su discurso racista y discriminatorio, especialmente contra las mujeres. El voto femenil, si bien fue en su mayoría contra el presidente, no llevó a los demócratas al tsunami que esperaban.

La elección ni siquiera aclaró el panorama rumbo a las presidenciales de 2020. Sigue siendo una posibilidad real que Donald Trump no se postule para una reelección, o que le salga algún rival republicano en las primarias. Y en el bando demócrata, hay docenas de posibles precandidatos que lo intentarán. Será un proceso largo y accidentado.

En esta elección, solo hubo una sorpresa: no hubo sorpresas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.