Anastasia
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Anastasia

06/03/2018
Actualización 06/03/2018 - 14:17

Tiene 21 años y podría ser una destacada modelo de pasarela. Pero se dedica a otras artes. Es de Bielorrusia y ha saltado a la fama mundial por su detención en una cárcel de Tailandia. Se encontraba en Pattaya, un centro turístico tailandés donde formaba parte de un “entrenamiento sexual”: un colectivo dirigido por el abogado de los derechos al libre sexo, Alexander Kirilov, arrestado ahí mismo en febrero. A la hora de su detención, Anastasia Vashhukevich –según los videos y fotos en sus propias redes sociales– escribió una carta apresurada dirigida a la embajada de Estados Unidos. En ella, Anastasia afirma que posee información de la conexión entre magnates y funcionarios rusos con ciudadanos “americanos” para la elección. Escribió “estoy lista para ayudarlos con la investigación, si nos ayudan a salir de aquí”. “Ellos tenían plan para la elección”, afirma Anastasia.

Hasta ahí todo podría pasar por un intento desesperado por una pseudomodelo por atraer la atención y librar la prisión. Pero todo se complicó el fin de semana cuando aparecieron en sus redes sociales fotos de la propia Anastasia con el billonario ruso Oleg Deripaska, un poderoso hombre de negocios ligado al presidente Vladimir Putin. Esa foto, cercana, cariñosa, de una jovencita de 19 o 20 años con un hombre de más de 50, provocó la atención de las autoridades estadounidenses. Más aún, cuando en una segunda fotografía, en un barco o yate del magnate, aparece el propio Deripaska acompañado por el viceprimer ministro ruso, Sergei Prikhodko.

Anastasia asegura haber sostenido una relación sentimental con el magnate, cuya oficina lo ha negado categóricamente. El vocero de Deripaska apareció en medios acusando a Anastasia de contar historias fantásticas, carentes de sustento y de violar leyes internacionales.

Por su parte, otros integrantes del colectivo “entrenamiento sexual” se mantienen fuera de la cárcel, les llevan alimentos a Anastasia y a Kirilov, y aseguran que temen por sus vidas.

Los reos prometen videos, audios y fotos que demuestran los supuestos encuentros entre el magnate, altos funcionarios rusos y algunos estadounidenses cuyos nombres no han querido revelar.

Sería una enorme ironía que la trama del Rusiagate, que involucra hipotéticamente a la campaña y al equipo de Donald Trump en intervenir, hackear y dañar la campaña de Hillary Clinton, finalmente se pudiera comprobar con evidencias sólidas por una joven meretriz desde una cárcel en Tailandia.

Los hechos demostrables hasta ahora consisten en que ella tenía una relación con Deripaska –fotografías de por medio–, que pudo haber sido testigo involuntario de encuentros y conversaciones y que a esa nave acudían, por lo menos, algunos funcionarios del gobierno ruso. Se sabe también que Deripska, en efecto, es un empresario cercano a Putin y que parte de la fortuna del empresario se debe a las concesiones y favores que el todopoderoso presidente ruso le ha otorgado.

La embajada estadounidense en Bangkok no puede tener acceso a la cárcel para interrogar a la prisionera; sin embargo, CNN logró entrar y hacerle una somera entrevista ruidosa y caótica detrás de las rejas.

Hay que rescatar a Anastasia y que rinda declaración ante una autoridad estadounidense para comprobar si sus dichos y afirmaciones tienen sustento. El fiscal especial Mueller debiera realizar todas las gestiones diplomáticas para interrogar a la joven bielorrusa y obtener documentos, videos, fotografías o evidencias que la joven posea. Pero las posibilidades reales de que eso suceda son remotas. Conociendo al señor Putin y al actuar de sus agentes y espías –sobran los casos de envenenamientos, desfiguraciones y otras tragedias con químicos y sustancias en contra de algunos críticos, periodistas o espías con información valiosa– el futuro de la joven Anastasia no parece muy promisorio.

Esperemos que, la supuesta evidencia que asegura poseer, haya sido resguardada y pueda ser liberada o difundida si algo trágico le pudiera suceder dentro de la cárcel.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.