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09/11/2018

El capitalismo de cuates cobra sentido siempre y cuando los mismos se beneficien todo el tiempo de casi todo. En esa línea, las mejores oligarquías de la historia dedican sus complicidades a ocupar la mayor parte de los espacios de poder, económico y político, para concentrar los recursos disponibles en pocas manos.

La explicación viene a cuenta porque, justo en el momento en que el debate nacional se centraba en la cancelación del nuevo aeropuerto en el Estado de México, un mal cálculo en forma de “k invertida” nos recordó la marca con la que se despide la actual administración: la falta de transparencia.

Según el cálculo oficial, el tubo con la curiosa forma que dio pie al histórico recorte del servicio de agua potable en el Valle de México, costó 500 millones de pesos (sin tomar en cuenta la suma que representó la contingencia en compra de pipas, cierre de negocios, entre otros rubros) y al final no sirvió para cumplir con el objetivo de la obra.

Sé que existen muchos proyectos que costaron o cuestan mucho más, pero casi todos comparten varias características: nunca supimos el porqué de su inicio, no fuimos informados del proceso de contratación, y menos de las razones técnicas de la inversión, como tampoco de las consecuencias de un error de ese tamaño.

Si a eso le añadimos la lista de pendientes de obra pública que deja el gobierno saliente y las millonarias observaciones detectadas por la Auditoría Superior de la Federación (ASF), es muy complicado que los ciudadanos tengamos confianza en las decisiones que se toman a la hora de ejercer un presupuesto que, se supone, es también de todos.

Ante esto, el nuevo gobierno de la República tendrá que distinguirse por la apertura, la claridad, la comunicación y la más absoluta transparencia en los proyectos y programas que va a emprender. Porque tiene derecho a contar con los asesores, consultores y empresas afines que desee, pero el mandato de julio pasado fue que este sistema de compadres debe cambiar, no de manos, sino de reglas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.