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26/09/2018
Actualización 26/09/2018 - 11:55

En 2014, cuando China no pudo mantener más su tasa de crecimiento, entramos a un ciclo de precios bajos en los commodities. El barril de crudo, que se vendía en 100 dólares, para inicios de 2015 estaba en 50. Todavía bajaría un poco más, antes de regresar a ese nivel. En 2018, sin embargo, ha ocurrido un alza constante que ha puesto al Brent en los 80 dólares, y al WTI cerca de eso.

Algunos creen que esto es el inicio de una racha alcista en el precio del crudo, y que podría llegar a cien dólares otra vez. No creo que haya razón en esas expectativas. La demanda de crudo se ha mantenido baja desde hace tiempo, y no está creciendo. En los últimos años, el crecimiento anual promedio de la demanda de crudo apenas llega a 1.5 por ciento, frente a los niveles de más de 2 por ciento hace diez años.

Por otra parte, el incremento de producción ha sido mucho más sólido, en tanto que no depende solamente de yacimientos tradicionales, sino que las formas más modernas, como arenas o aguas profundas, han mejorado mucho su rendimiento, y la introducción del fracking, hace ya 12 años, permite una flexibilidad en la oferta que antes no se tenía.

De hecho, creo que el alza en los precios que hemos visto este año es resultado esencialmente de decisiones políticas. Las crecientes tensiones en Medio Oriente entre Arabia Saudita y sus vecinos, más las sanciones a Irán, explican que estemos por encima de los 60 dólares por barril, que parecerían razonables dadas las condiciones puramente económicas.

Por otra parte, la demanda a futuro no parece que vaya a cambiar de tendencia. Por un lado, hay que recordar que el petróleo se utiliza fundamentalmente para el transporte, y el proceso de cambio en este sector va bastante acelerado. Aunque todavía no tenemos autos voladores como en los Supersónicos, la proporción de autos híbridos y eléctricos crece a ritmo exponencial. Y recuerde usted que los seres humanos no somos buenos para entender ese tipo de ritmo. De hecho, lo mismo ocurre con la producción de energía por fuentes renovables, que crece con tasas de dos dígitos, y aunque sigue siendo muy pequeña, ya representa el 90 por ciento de lo que se produce vía energía nuclear, y el 60 por ciento de la hidroeléctrica a nivel mundial.

Incluso, las empresas petroleras empiezan a diversificar sus inversiones. Ayer veía una nota en el FT acerca de la defensa que hacía el director de Saudi Aramco de la compra de Sabic, petroquímica, para irse moviendo más hacia abajo en la cadena productiva. En su opinión, mientras la demanda de crudo ronda el 1.5 por ciento que le decía, la de petroquímicos crece al 3 por ciento.

Precisamente por ello, las decisiones acerca de la energía en México tienen que considerar el nuevo mundo en que estamos. No estamos utilizando la energía de la misma forma ni en la misma cantidad que antes, y sí estamos moviéndonos hacia un mundo que requiere mucho más conocimiento asociado a la producción. Todavía me sorprendo de que algunos celebren que el barril de crudo pueda llegar a cien dólares, porque eso implicará más dinero para el gobierno mexicano, cuando al mismo tiempo eso significa un golpe de oferta muy serio, por el costo de gasolinas, gas, diésel y todo tipo de derivados y petroquímicos.

El cambio tecnológico en el mundo parece ir exactamente en dirección opuesta a la política. Mientras que ahora la tecnología nos permite imaginar una economía mucho más competitiva, los políticos nos ofrecen regresar a un mundo cerrado, y, por lo mismo, más pobre. Cosas que pasan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.