El fenómeno global
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El fenómeno global

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El fenómeno global

06/06/2018

Siguiendo lo que hemos platicado en distintas ocasiones en esta columna, creo que podemos concluir que el fenómeno global que estamos viendo consiste en un proceso de agrupación de personas de acuerdo con características de identidad. El origen de esto está en las nuevas formas de comunicación: Internet (que ya cumple 24 años) y las redes sociales (que en sus versiones más exitosas, cumplen 12). Antes de que estas nuevas tecnologías iniciaran, los seres humanos nos comunicábamos con nuestro entorno cercano, y nos informábamos a través de los medios masivos, que tenían un mensaje para todos. Aunque la diversidad de medios permitía tener opciones, era un puñado de discursos, no mucho más que eso. La uniformidad en los conceptos permitía tener una agenda pública, conocida por todos, centrada en unos pocos temas que discutíamos y acerca de los cuáles tomábamos decisiones, incluyendo las elecciones.

La base discursiva sobre la cual nos movíamos nos permitía ubicarnos en nuestro grupo social, escalando hasta donde nos fuese posible, y con base en ello construíamos nuestro futuro (sobrevivir, reproducirnos, que nuestra descendencia fuese exitosa). Un buen empleo, o un buen negocio, aseguraba esa posición. Cito al Goldberg de los días previos: “Por supuesto, todo lo demás constante, las personas prefieren ser ricas que pobres, pero lo que realmente quieren es ser admiradas, respetadas, y valoradas”. Más claro: para los seres humanos, nada es tan importante como el estatus que tienen frente a los grupos en que participan. El dinero ayuda a alcanzar el estatus, pero es sólo un medio.

Lo que estamos viviendo en los últimos años (doce o veinticuatro, si quiere), no es que haya millones de personas cuyo ingreso se vino abajo. Es que los grupos en que participaban están desapareciendo, porque lo que los mantenía unidos, una base discursiva común, ya no existe. Hoy se construyen otros grupos, alrededor de esas identidades que le mencionaba: los amantes de los animales, los veganos, los 36 géneros sexuales diferentes, los peatones, los “runners”, los “bikers”, los que se agrupan por color de piel, quienes lo hacen por religión. En esos nuevos grupos, el estatus previo no tiene importancia. La amenaza es brutal.

El reacomodo que estamos viviendo en Occidente es de una magnitud pocas veces vista. Apenas quedarán unos pocos que vivieron la ocasión anterior (1914), pero no podrían recordarlo. Y apenas hubo otras cinco similares en todo el tiempo en que los humanos llevamos de existencia. Más breve: lo que usted está viendo no es normal. Por eso, en los últimos dos años, prácticamente ningún político ha ganado una elección en el mundo: lo han hecho ideas y personas que vienen desde fuera: Brexit, Trump, Macron, Kunz, Babis. Hay lugares donde no gana nadie, y se negocia un gobierno como se puede. En otras partes, los autócratas se imponen, e incluso hablan de la “democracia iliberal”.

En el siglo XX nos movimos entre dos puntos: el Estado y el individuo. De un lado, el extremo fue el totalitarismo; del otro, nunca llegamos al extremo, aunque haya quien considere al “neoliberalismo” algo equivalente. Más frecuentemente, hubo estado de bienestar, democracia liberal, ajustes hacia uno u otro lado.

Lo de hoy es totalmente distinto. Ahora nos hemos dispersado en cientos de grupos, que tienen una única idea que tratan de imponer al resto de la sociedad. Ya no se trata de decidir entre comunidad (Gemeinschaft) y sociedad (Gesselschaft). Entramos a la época del archipiélago (Inselschaft), y no tenemos idea de cómo enfrentarla.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.