¿En qué quedamos?
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¿En qué quedamos?

02/05/2018
Actualización 02/05/2018 - 8:52

Tenemos un grave problema con Andrés Manuel López Obrador: no sabemos qué ofrece. Con su buen olfato político ha emulado a Donald J. Trump, y dice a cada grupo lo que éste quiere oír. En el caso del nuevo aeropuerto, ha propuesto cancelarlo, mantenerlo pero revisar los contratos, o poner a consulta su construcción. Algo similar ha hecho con las reformas energética y la educativa, aunque con mayor frecuencia se ha inclinado por echar atrás ambas. Un grupo de colaboradores afirma, en reuniones con inversionistas y empresarios, que en realidad no hará nada de eso, porque las instituciones impedirán locuras. Pero se supone que es precisamente por esas locuras que muchas personas lo siguen, de forma que a alguien engaña: o a esos seguidores que esperan transformaciones muy profundas, o a quienes esperan una transición suave y moderada.

Además de no tener un discurso coherente, López Obrador se nota cansado y sin la energía que lo caracterizó en otras campañas, especialmente la de 2006. Por lo mismo, identificar los grupos que lo apoyan resulta mucho más importante. Existe el ya mencionado, formado por académicos, algunos con un poco de experiencia en administración pública, que insiste en que AMLO no propone un gobierno rupturista, sino reformista, aunque su ejército de seguidores piense exactamente lo contrario.

Hay otro grupo de colaboradores de AMLO que ha sido fanático de Fidel Castro y, por casi dos décadas, de Hugo Chávez. No se trata de cualesquier personas, entre ellos destacan Yeidckol Polevnsky, secretaria general de Morena, Héctor Díaz Polanco, responsable de la justicia interna del partido, o destacados asesores como John Ackerman o Paco Ignacio Taibo II, quien ya ha llamado a fusilar a quien piensa diferente y a expropiar a los adversarios. También desde el otro grupo de asesores afirman que eso no ocurrirá. Pero, para los que somos externos, ¿por qué un grupo de asesores importa más que el otro? Y si es así, ¿cuál de los dos es el que importa, el de los promotores del socialismo del siglo XXI o el de académicos travestidos en políticos?

Yo veo al mismo López Obrador desde hace 25 años: un hábil seductor de aspirantes al poder, un líder mesiánico, un eterno resentido, un promotor del viejo nacionalismo revolucionario en que nació y creció. Y veo a su alrededor a los mismos de siempre: a los vejestorios que añoran la utopía comunista que fue un fracaso, a los que no han podido romper con ese nacionalismo revolucionario en el que aprendieron a caminar (y algo más que eso), a los académicos de una izquierda que se califica de 'socialdemócrata', y a millones de mexicanos que siguen esperando un padre que les resuelva la vida.

En esta ocasión, tal vez cansado de perder, se ha decidido a aceptar todo tipo de apoyos, siempre y cuando sean claramente subordinados. Por eso agrupó a los expriistas-experredistas, a otros priistas que ahora temían perder el hueso y ganar la cárcel, a partidos de membrete, sean norcoreanos o cristianos… Ha logrado sumar a sus 16 millones de votos otros cuatro o seis millones de votantes corporativos, que le hacen pensar que puede ganar.

Con un discurso contradictorio, y esos cuatro grupos de colaboradores (viejos activistas, nuevos académicos, priistas desbalagados y un par de políticos de profesión), lo de López Obrador es una aventura, el cumplimiento de una obsesión, el ganar a toda costa. Y después, el diluvio.

Y, al parecer, veinte millones de mexicanos inician la danza de la lluvia…

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.