Estrategias primorosas
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Estrategias primorosas

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Estrategias primorosas

09/03/2018
Actualización 09/03/2018 - 10:53

La lucha por ganar la presidencia no es un asunto menor. Cada uno de los competidores define una estrategia para lograrlo, aunque deba ajustar tácticamente conforme se presentan las circunstancias. Gracias al impulso que le dieron medios y comentaristas desde inicios de 2017 a López Obrador, convencidos de que el triunfo de Trump prefiguraba el de AMLO en México, el punto de arranque para éste definió su línea estratégica: consolidar el primer puesto, actuando lo más ecuánime posible, atrayendo a nuevos actores a su grupo original, que no daba para ganar.

Como lo mostramos desde 2015, el voto por López Obrador depende en buena medida de priistas inconformes, mucho más que de simpatizantes de la izquierda. Digamos que en el plano ideológico su espacio es el nacionalismo revolucionario: corporativo, pobrista, conservador socialmente. El puro voto de Morena no le alcanzaba a AMLO, y atraer más votos ha llevado a nuevas alianzas y a un discurso menos agresivo. El flanco débil parece ser lo disperso de los nuevos asociados, y que varios de ellos no son muy recomendables. Pero si sigue en primer lugar, eso sólo será evidente después de la elección.

Los otros dos competidores se plantearon ubicarse claramente en la segunda posición, para con ello poder competir con AMLO de manera frontal, suponiendo que se repitiese lo ocurrido en las otras elecciones de este siglo. Para el PRI, eso suponía mantener la posición del aparato, y sumarle votos nuevos, ciudadanos. Por eso la selección de José Antonio Meade. Sin embargo, la marca está tan dañada que los ciudadanos han visto a Meade como parte del PRI, y los priistas como externo, de forma que en lugar de crecer, fue perdiendo terreno. Mientras tanto, el candidato del Frente por México, Ricardo Anaya, logró crecer y reducir la distancia con AMLO, aunque ésta es todavía importante.

En la segunda parte de la lucha, que es la actual, el PRI ha entrado en pánico. Si no logran bajar a Anaya del segundo lugar, los amenaza la repetición de lo ocurrido en 2006, pero peor. Como ya hemos comentado, la poca información nacional con que contamos apunta a que estarían recibiendo 20 por ciento o menos del voto para el Congreso. Decidieron acusar a Anaya, y usar a la PGR y al SAT de forma inadecuada, y muy posiblemente ilegal (filtración o entrega de información que debería ser confidencial). Hasta el momento de escribir estas líneas no hay acusación formal, sino sólo mediática. Y ha funcionado, porque abundan quienes le piden a Anaya probar su inocencia. De eso trata un linchamiento mediático, de evitar un justo proceso, con el único fin de destruir la reputación del candidato.

Si no hay acusación formal y Anaya logra sobrevivir a este linchamiento, el destino del PRI será todavía peor al pronosticado en estas páginas. Eso colocaría la lucha, en la tercera etapa, a iniciar en tres semanas, entre Anaya y AMLO. Ese riesgo está poniendo nerviosos a muchos priistas, que quieren evitar una tragedia personal. En ese contexto, la oferta de perdón y amnistía que ha hecho AMLO reiteradamente se vuelve muy atractiva. El resultado es un flujo de priistas a Morena que ha provocado que se hable ahora del Primor, es decir, la transfiguración del PRI en Morena.

Por lo mismo, la estrategia óptima de Anaya consiste en evidenciar al Primor, y a sus acólitos calderonistas, para convertirse en la única opción de cambio real a ojos de los votantes. AMLO dejaría de serlo, porque habría convertido su partido en la resurrección del PRI. Si AMLO se excede en su discurso conciliador con Peña, fortalece a Anaya; si regresa a un discurso agresivo, complica sus posibilidades. Así vamos en este momento, me parece.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.