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Lo que importa

13/03/2018
Actualización 12/03/2018 - 21:21

Escucho a muchas personas exigir que los candidatos ofrezcan ya un programa de lo que piensan hacer cuando ganen, y del equipo que les acompañará. Suena razonable, pero no lo es tanto. Las campañas electorales no se ganan con excelentes propuestas y programas, sino con ideas que muevan las emociones de los votantes. Aunque esto seguramente cambiará en los próximos años, y fue diferente hace décadas, ahora así es.

Permítame ofrecer un ejemplo personal, disculpándome por ello. Hace un par de semanas publiqué en este espacio tres artículos dirigidos a entender mejor a los candidatos, colaboraciones más bien emotivas. Los tres fueron primer lugar en la página de El Financiero, y lograron mantenerse en la lista de los diez más leídos incluso días después de haberse publicado. “Honestidad Creciente” (22/II) obtuvo 30 mil visitas en Twitter, “El fin del PRI” (2/III), 43 mil, y “Es Anaya” (27/II), 61 mil. La semana pasada, dediqué tres artículos a analizar el tema de las reglas y las posibles soluciones a ello. Fueron textos, le digo, más analíticos, propositivos, y menos emocionales. Ninguno apareció entre los más leídos de El Financiero, y no sobrepasaron 5 mil visitas en Twitter. En breve: nadie quiere escuchar análisis y propuestas. Quieren escuchar por quién votar, o por quién no.

Las mayorías no se mueven por ideas concretas, sino por cuentos atractivos. Esto no es una afirmación despectiva, muy por el contrario. Es el reconocimiento de lo que realmente importa a las personas. Los seres humanos no aprendimos a vivir juntos leyendo a Platón o Epicuro, a Buda o a Confucio. Lo hicimos gracias a las historias que nos lo permitieron: de cómo se creó el hombre a partir del maíz, o del diluvio, o de la multiplicación de Nun o la repartición de Purusha.

Entender lo que implican las políticas públicas, fiscales, o monetarias, requiere dedicar un tiempo que no todos tienen, aprender herramientas que no sirven para otra cosa, y estar atentos a detalles muy específicos. Y lo mismo puede decirse de temas jurídicos, migratorios, e incluso de desarrollo urbano o regional. Las personas atienden los temas propios de sus actividades diarias: lo que estudian, la forma en que se ganan la vida, lo que pueden compartir con sus amigos y familiares.

Y es precisamente esto último lo más relevante: podemos platicar con otros con base en una interpretación común del mundo, y eso es una historia, un cuento, una narración. Consta de personajes, intenciones, actos pasados, potencialidades. No se trata de impuestos, porcentajes del PIB, montos de inversión, artículos de una u otra ley.

Por ello, los políticos exitosos son aquellos que pueden construir una narrativa en la que muchas personas se sienten incluidas. Se puede tratar de la recuperación de un pasado mítico (inexistente) como es el caso de López Obrador, o de un futuro interesante y con oportunidades (como intenta hacerlo Anaya). El cómo exactamente ocurrirán estas cosas le interesa a un puñado de personas, a los que habrá que atender, pero sin que ello constriña la narración incluyente que es la que definirá el resultado de la elección. En lo posible, los detalles deben quedar en manos de personajes secundarios, para no convertir al candidato en un simple funcionario.

Aunque esto ha sido cada vez más cierto desde mediados del siglo XX, en tiempos recientes es determinante. No entenderlo llevó a Reino Unido a la situación en que hoy está, a Hillary Clinton a su casa, y garantizó el fracaso de decenas de políticos en los últimos dos años. No es la economía ni los detalles. Es la historia, el cuento, la narración, lo que importa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.