Muerte y transfiguración
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Muerte y transfiguración

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Muerte y transfiguración

05/07/2018
Actualización 05/07/2018 - 10:14

El PRI ha muerto, viva Morena. En la elección del domingo el PRI sufrió el castigo que los mexicanos no quisieron darle antes. Aunque perdieron la Cámara de Diputados en 1997 y la presidencia en 2000, siguieron siendo un partido de gran tamaño, casi siempre la primera fuerza del Congreso y, sin duda, la que más gobernadores tenía. Incluso recibieron una segunda oportunidad de los ciudadanos, que tiraron a la basura.

En esta elección, el PRI pasa de 204 a 42 diputados, la quinta parte. En el Senado, de 55 a 14. Ya nada más gobierna 12 entidades y en prácticamente todas ellas perdió el Senado, la mayoría de los diputados federales y el control del Congreso local. En pocas palabras, el PRI prácticamente ha dejado de existir. Los gobernadores no tendrán fuerza para oponerse al presidente, no tendrán recursos para las siguientes elecciones, sus promesas no serán creíbles (ni para los votantes, ni para los seguidores y candidatos). La gran virtud de la disciplina deja de tener sentido, y no creo que puedan ser testimoniales, porque el origen de su testimonio es el mismo que Morena ha monopolizado: el nacionalismo revolucionario, ahora llamado cuarta transformación.

La muerte del PRI es, sin embargo, transfiguración en Morena. Como ya hemos comentado en muchas ocasiones, buena parte del liderazgo de este partido tiene su origen en aquél, empezando por el triunfador del domingo. Las ideas no distan mucho de las promovidas por el PRI antiguo, el previo a 1986, e incluso López Obrador lo dijo con claridad en la campaña: su aspiración era rehacer ese régimen.

Pero Morena no es el PRI. No tiene ni la estructura ni la disciplina ni una ideología coherente. Dije antes que son monopolio del nacionalismo revolucionario, pero a su interior hay grandes variantes de pensamiento. López Obrador gusta compararse con Morelos, Juárez y Cárdenas, pero no sé si ha reflexionado en que los retos que enfrenta son superiores a los que estos próceres tuvieron en su momento. Especialmente Cárdenas, que aunque debió sacudirse el Maximato, heredaba un proceso casi terminado de consolidación. Lo de hoy es exactamente lo contrario: un proceso de dispersión que exige una estructura.

Y aquí viene el problema para nosotros. Si AMLO es exitoso en consolidar su poder y transformar Morena en un partido político en forma, el resultado será efectivamente el regreso del viejo PRI, del régimen hegemónico y autoritario. Si no lo logra, entonces su gobierno será accidentado y no podrá heredarlo a alguien cercano. Pero, para completar la preocupación, si este segundo camino es el que nos toca recorrer, las grandes esperanzas, la legitimidad que millones de mexicanos depositaron en él, se vendrán abajo.

Por la dinámica mundial, por la tradición nacional, por la falta de organización social y por las características de López Obrador, creo que el primer camino es el que veremos en los próximos años. Creo que logrará controlar buena parte de los políticos en su movimiento, creará una estructura mínima, pero eficiente para hacer cumplir su voluntad, y se ceñirá a un proceso paulatino de transformación, sin grandes excesos. Seguramente ganará elecciones locales en los próximos dos años, y tal vez llegue en buenas condiciones a las de 2021. Para lograrlo, le basta no complicar demasiado las finanzas públicas (y Urzúa puede hacerlo), y avanzar en los dos temas que los mexicanos exigen: seguridad y corrupción.

Es ahí en donde, me parece, está la clave del nuevo gobierno. Especialmente en la seguridad, porque para fingir que la corrupción se reduce no hay que hacer tanto. No he visto ninguna propuesta atendible para enfrentar la violencia. Espero que las estén preparando.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.