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11/10/2018
Actualización 11/10/2018 - 14:43

Usted está al tanto de la elección en Brasil el domingo pasado. El candidato Jair Bolsonaro estuvo a punto de ganar en la primera vuelta. Se trata de una persona que ha hecho gala de su homofobia, racismo, misoginia y también ha celebrado la violencia en contra de sus opositores. Pero ha recibido casi el 50 por ciento del voto. Es un ejemplo más de cómo el miedo está provocando que los electores busquen salidas absurdas. Aunque el candidato no sea idéntico, el proceso sí es el mismo que se vivió en 2016 en Gran Bretaña y Estados Unidos, en 2017 en Francia, Italia y en España (sin elecciones), y en 2018 en México. Insisto, no comparo a las personas, sino a los procesos que les dan el triunfo.

Puede uno intentar explicar todo con la economía, pero me parece que se trata de forzar los datos. Ni Estados Unidos ni Gran Bretaña estaban en problemas serios, ni Italia o España sufrían de recesión en los últimos dos años. México mismo no muestra un desempeño diferente del visto desde inicios del siglo. No es la economía, pues.

Mención aparte merece la participación de las iglesias evangélicas, que fueron determinantes en el triunfo de Trump, y relevantes tanto con Bolsonaro como con López Obrador. Insistiré en que los momentos de miedo e irracionalidad regresan a los dioses a la esfera pública, y precisamente por ello pueden convertirse en momentos de gran violencia.

Tal vez no nos damos cuenta de cómo estas elecciones tienen efectos de largo plazo. Elegir a Trump no significó apostar por cuatro años. Los dos ministros que ha nombrado en la Suprema Corte, más el que podría llegar a nombrar pronto, significan un cambio generacional. Las decisiones del gobierno italiano, que apuesta a un déficit impagable, pueden terminar de hundir la economía de ese país. La secuencia de absurdos del nuevo gobierno español puede requerir décadas para desmontarse, baste recordar el daño que causó Zapatero en ese puesto.

Por otra parte, la descomposición no se limita a los países democráticos. La guerra comercial de Trump con China, que posiblemente se haya convertido en guerra fría desde la semana pasada, y el intento de ese país asiático de convertirse en potencia global, van a alterar de forma relevante todos los equilibrios que dábamos por sentados. En ese enfrentamiento, el espectador más perjudicado es Rusia, que no tiene cómo defender su puesto de potencia global frente a China, que continúa avanzando en su búsqueda de control en Asia Central. Tanto China como Rusia tienen dificultades económicas, pero las de esta última son mucho mayores.

Me parece que continuamos con este proceso de miedo e irracionalidad que nos recuerda otras épocas, pero no es idéntico a lo ocurrido entonces. Sigo creyendo que estamos en un retroceso de las democracias, que no eliminará las votaciones, pero sí reducirá elementos liberales fundamentales: fuentes de información confiables e independientes, equidad en la competencia, derechos amplios de opinión y reunión. No es un fenómeno de México, es global.

Como siempre, empezaremos a encontrar respuestas reflexivas a este proceso, pero nos vamos a tardar un rato. Mientras, los triunfos de populistas como Bolsonaro tendrán costos en derechos y libertades. Seguramente la incapacidad y voluntarismo de esos líderes se reflejará también en una reducción del bienestar global (recesión en Estados Unidos, serios problemas del euro gracias a Italia, guerra comercial). Es decir, vienen años difíciles, no hay por qué engañarnos.

Sería más útil empezar a buscar esa idea central que pueda competir, y derrotar, la reorganización social en grupos e identidades que hoy priva. Hay que ponerse a trabajar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.