Más príncipe y menos principito
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Opinión

Más príncipe y menos principito

13/02/2018
Actualización 13/02/2018 - 10:15

Conozco varios responsables de relaciones públicas y comunicación que parece que leyeron El Principito -el de Saint-Exupéry- cuando debieron leer El Príncipe (el de Maquiavelo).

En un México con aproximadamente 70 millones de personas conectadas a Internet a través de múltiples dispositivos y redes sociales entre trabajadores, estudiantes, padres de familia, activistas y sobre todo millennials, es imposible que alguna empresa (sin importar el tamaño) o ejecutivos, no se encuentren implicados en algún riesgo digital.

De acuerdo con el libro Sapiens, de Yuval Noah, la comunicación entre individuos (o, mejor dicho, el “chisme”) fue uno de los principales motores que impulsaron el desarrollo del Homo Sapiens frente al Neanderthal, porque crea una cultura y aprendizaje colectivo. Esa cultura que pasó del poder de unos cuantos capaces de plasmarla en la pintura y posteriormente a medios impresos, llega a su máxima expresión a través de medios digitales.

Ya no se requiere ser un influenciador, sino que cualquier persona con el mensaje correcto, en el momento oportuno y con el canal adecuado puede hacer arder Troya en los medios digitales… y aquellas empresas y directivos que digan que están preparados, que tiren la primera piedra.

Casos como el de Alsea y su community manager enloquecida; Interjet y la desaparición de Mika, el perro que transportaba; La Costeña y las imágenes de sus trabajadores con prácticas insalubres; Aeroméxico, cuyo robot no entendió que el nombre de la usuaria de Twitter era peyorativo, o el ahora célebre “Uno… no, menos: cinco” del Presidente de la República son algunos de los más sonados, pero qué pasa con todos aquellos que no se convierten en trending topics ni en primera plana de los medios, pero que quedan visibles hasta que el Dios Google los perdone en buscadores por demandas, sean o no culpables: empleados inconformes aún con despido justificado, consumidores enojados porque no leyeron las instrucciones, o una que otra foto en estado inconveniente.

Peor aún, quedan en el inconsciente colectivo --como explica Sapiens-- principalmente entre las personas que son sus accionistas, clientes o empleados (stakeholders dirían los relacionistas públicos) y que pueden acabar con una empresa poco a poco. Si no lo creen pregúntenle a Maskota (+kota) una de las primeras en ser atacadas por su competencia hace poco más de cuatro años, a través de medios digitales, acusándola de maltrato animal en sus tiendas.

Los medios digitales y los millennials nos alcanzaron y ni las empresas, ni las agencias de marketing ni de relaciones públicas van a la misma velocidad: el tiempo real los rebasó y domesticar al zorro dejó de ser suficiente. La transformación del big data en small data para tomar decisiones, la anticipación de los riesgos y oportunidades, un mapa de riesgos basado en la industria, manuales de manejo de crisis con alertas y responsables en tiempo real, así como un código de conducta digital, entre otras cosas, dejaron de ser importantes para convertirse en urgentes.

Todo parece escrito en El Arte de la Guerra, de Sun Tzu . ¿Estamos preparados?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.