La banalidad del heroísmo
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La banalidad del heroísmo

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La banalidad del heroísmo

10/05/2018

Todo empieza en una imagen, casi bondadosa, de Escher: Círculo límite IV. La débil frontera entre el bien y el mal. Los ángeles blancos se entrelazan con demonios negros. Una vez que toma consciencia de la obra, el espectador pasa, en un tris, de un estado de ánimo divino a otro espantoso, diabólico. Philip Zimbardo (doctor en sicología por la Universidad de Yale) comienza su asombrosa y reveladora obra, el Efecto Lucifer, con ese yo agonal que habita en todos los seres humanos, el lado claro y el lado oscuro. No es, como lo pretendió Nietzsche, la bipolaridad apolínea y dionisíaca. No. Es algo más aterrador: ¿hasta qué punto una persona sin tacha puede cometer actos de maldad pavorosos? La frontera, y eso es lo atractivo del libro, no parece tan infranqueable como pareciera a botepronto.

Ahora que México ha ventilado el lado más malvado de las últimas generaciones, vale la pena adentrarse en este, pese a todo, alentador proyecto sicológico en el que se debaten, de continuo, las entrañas y la mente. Cuando habla de las influencias sociales no deseadas, Zimbardo hace una oportuna estación: “podemos considerar héroes a los pocos que se rebelan ante las fuerzas poderosas que les impulsan a la aceptación, la conformidad y la obediencia. Hemos llegado a pensar que nuestros héroes son especiales, que se distinguen de nosotros, los mortales, por sus hazañas o su vida de sacrificio”. Y aclara que esos llamados héroes son de momentos, de situaciones, de actos.

El lector pensará en Hannah Arendt y sus reportajes sobre Eichmann en Jerusalén. Hábilmente Zimbardo se anticipa: “frente al concepto de banalidad del mal, frente al hecho de que gente normal pueda cometer los actos más viles, actos de crueldad y degradación, propongo el concepto de banalidad del heroísmo para describir a los muchos hombres y mujeres corrientes que responden con heroísmo a la llamada del deber. Saben que esa llamada suena para ellos. Es la llamada a defender lo mejor de la naturaleza humana, a superar la poderosa fuerza de la Situación y del Sistema, a reafirmar la dignidad del ser humano frente a la maldad”.

Lo terrible del mal no es que se le tema; es que fascina. Dice el autor: rechazamos al “otro” por diferente y peligroso porque nos es desconocido, pero nos encanta contemplar excesos sexuales y violaciones de códigos morales (costumbres, diría Arendt) por quienes no son como nosotros. David Frankfurter, citado por Zimbardo: es indudable la combinación de placer y horror que sentimos al contemplar la “Otredad”.

Pero, ¿por qué la banalidad del heroísmo? Las sociedades individualistas han generado el prejuicio -escudo- de que las personas, en general, están por encima de la media en cualquier prueba de integridad personal. También se debería -advierte Zimbrano- mirar la pendiente resbaladiza que se abre a los pies de quienes se presuponen especiales.

Y así.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.