He Dicho

Cruda mundialista

El Mundial de Rusia nos dejó un campeón con gran futuro y un subcampeón que demanda reservarle un lugar especial en nuestra memoria, escribe Miguel Gurwitz.

Así andamos todos; tanto esperar para que se esfume en un abrir y cerrar de ojos.

Se fue el Mundial entregándonos un campeón con un presente fantástico y un plan a futuro mucho mejor: jugadores jóvenes de extraordinarias capacidades y compitiendo al más alto nivel en las mejores Ligas del mundo con un proceso de madurez establecido con un entrenador sobrio y de discreto perfil que maneja a la perfección las necesidades de un plantel lleno de figuras.

Didier Deschamps mostró una flexibilidad táctica increíble con un equipo que se amoldó a las necesidades de cada partido. Si bien es cierto que el contragolpe fue un esquema de salida en casi todos los encuentros, también lo es que cuando le quiso arrebatar la pelota al rival, lo hizo con solvencia.

El plantel estaba armado a la perfección: una nómina equilibrada en la que siempre encontraba una variante o una suplencia exacta.

El convencimiento de las labores individuales estaba perfectamente aceptado y asimilado con dos casos que reflejan la solidaridad grupal: Olivier Giroud y Paul Pogba. El primero aceptó la difícil tarea que como delantero el gol no era lo que determinaría su posición como titular, si bien lo buscó, entendió cuáles eran sus responsabilidades, tan es así que se fue del Mundial sin hacer gol, y si nos basáramos única y exclusivamente en las estadísticas, podríamos decir que su torneo fue discreto; sin embargo, cumplió cabalmente con las necesidades del equipo. El otro es un caso similar. Partamos que la recuperación era encabezada por N'Golo Kanté, él era el primer responsable, pero contó con un socio extraordinario, el jugador del Manchester United no renunció jamás a complementarlo. Pogba debía estar siempre cerca de su compañero para convertirse en la primera descarga ofensiva del equipo. El mismo Antoine Griezmann declaró que sus obligaciones en el campo habían sido modificadas en relación con la Eurocopa previa.

Su manejo de vestidor (indispensable en estos tiempos donde el ego está por encima de la capacidad) ha sido impecable. No es fácil poner el talento individual al servicio de la colectividad y, en ese sentido, Didier Deschamps cumple de manera sobresaliente.

Rusia nos deja, repito, un campeón con gran futuro. Un subcampeón que nos demandaría reservarle un lugar especial en nuestra memoria, no así el arbitraje de Néstor Pitana, un árbitro de la vieja escuela que confunde la rigidez disciplinaria con el protagonismo, además de dos errores que marcan el destino de la final.

Nos deja también la imagen de un país que estaba perfectamente preparado para recibirnos: su gente entendió la importancia del evento y lo que significaba ser anfitriones en toda la extensión de la palabra, tan es así que muchos de los que vinieron con pretexto futbolero volverán para conocer más de su gente, su interminable riqueza cultural y su fascinante arquitectura.

Rusia es historia, pero sería hipócrita caer en un lugar común cuando nos referímos al futuro estableciendo que viene lo mejor, ya que con un Mundial en diciembre, en Qatar, y una Copa con 48 equipos, dudar es mas que legitimo.

Por lo pronto inicia la difícil tarea de curarnos esta cruda futbolera...

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