Es AMLO o Meade, no hay más
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Es AMLO o Meade, no hay más

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Es AMLO o Meade, no hay más

28/02/2018
Actualización 28/02/2018 - 8:08

Es cierto que el PAN tenía todo para regresar a Los Pinos este año, pero Ricardo Anaya se encargó de impedirlo.

O gana AMLO o gana Meade, esa es la batalla real en México.

Anaya es un espejismo. Está tocado.

Y si por alguna razón éste se consolida en el segundo lugar y va a una parejera con AMLO, la base del PRI se correrá hacia el abanderado de Morena.

Es tanto lo que Anaya ha insultado al priismo sin distinción, que le será imposible recolectar el voto útil de los simpatizantes de ese partido.

Tan fuerte ha sido el empeño de Anaya por igualar priista a corrupción, que hasta López Obrador se ve más sensato a su lado.

Los echó a todos en el mismo saco de la corrupción, lo cual es equivocado y una afrenta para la mayoría de los simpatizantes de ese partido.

Además de pelearse con el priismo (otra cosa hubiera sido con el gobierno o con los dirigentes), también cargó a morir contra los dos expresidentes de México emanados de su propio partido.

A Felipe Calderón no le tendió nunca la mano (salvo cuando fue subsecretario de Turismo) y se asoció electoralmente con quienes lo difaman.

Trató con la punta del pie a Vicente Fox, el que sacó al PRI de Los Pinos, logró la alternancia en el país e implementó los mecanismos de acceso a la información pública.

Lo peor de todo es que está tocado, con bastantes fundamentos, por negocios turbios iguales a los que denuncia en otros.

Si hoy el PAN llevara de candidata a Margarita Zavala, a Rafael Moreno Valle, a Romero Hicks, a Cordero o a Gil Zuarth, estaría en el primer lugar de las preferencias.

Lo estaría porque enfrente tiene a un PRI que cayó en el desprestigio por malos gobernadores, y a AMLO, cuyas propuestas y personalidad son, efectivamente, un peligro para México.

Anaya no ha dicho cómo se hizo de una nave industrial a los 36 años, si sólo era un servidor público menor en el gobierno de Querétaro.

Mintió al decir que se la vendió a un arquitecto de nombre Juan Carlos Reyes, cuando en realidad se la vendió a una empresa fantasma que se formó con 10 mil pesos de capital social, aportados por el chofer de su amigo (que había negado) Manuel Barreiro y una empleada de ese personaje… La venta fue cinco veces por encima del valor que la compró.

En unos cuantos días ese amigo de Anaya, Barreiro (técnicamente, su chofer y la empleada) logró juntar 54 millones de pesos para dárselos… a Anaya.

Ricardo Anaya está metido en explicaciones sobre una operación de lavado de dinero, en la que mintió.

Creó una Fundación Humanista que construyó un edificio para vender. Lo suyo no es el servicio público.

¿Pobre Ricardo que le sacan esto en campaña?

Para eso son las campañas. Someten a los candidatos al escrutinio público.

Y Anaya no ha pasado esa prueba. Está tocado por el mismo mal que dice combatir.

Lo que para otro candidato habría sido demoledor, en el caso de Anaya sus amigos, que manejan el PAN y están en los medios, se esmeran por hacerlo pasar como pecata minuta. Un asunto de venganza política.

Seguramente todo tiene tinte electoral, pero en las campañas (afortunadamente) sale todo.

Si Anaya tenía ese esqueleto en el clóset, ¿para que se lanzó de candidato?

¿Para qué dinamitó a Margarita, a Moreno Valle y a quien se le puso enfrente?

Prácticamente imposible que este candidato del PAN gane la presidencia, porque el voto priista se iría a Morena en caso de que llegue a la final.

El único que puede ganarle en la recta final a AMLO es Meade.

Tiene el voto del PRI y la posibilidad de captar el voto útil del simpatizante panista, pues también fue funcionario en los gobiernos del PAN.

No tiene un peso mal habido y no ha tenido que traicionar para ascender.

Ése es el rival de AMLO, no Anaya.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.