El protagonista de las precampañas
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El protagonista de las precampañas

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El protagonista de las precampañas

13/02/2018
Actualización 13/02/2018 - 12:33

Es normal que en una contienda electoral se busque demostrar frente al electorado los atributos propios, las ideas innovadoras y los contrastes frente a los adversarios. Es el momento de mostrar el plumaje, de qué está hecho un candidato y qué cosas le mueven.

Es normal que en cierto momento existan episodios humorísticos, tensiones con otras candidaturas, señalamientos y desde luego discusiones públicas. Es normal y es deseable que los debates nos den la oportunidad de conocer a detalle los reflejos de cada aspirante, que los espacios en los medios de comunicación nos lleven a diferenciar, a cabalidad, a quienes nos piden nuestra confianza para que al final del día tomemos una decisión basada en la conexión que sentimos por una plataforma.

Sin embargo, esta precampaña presidencial que acaba de concluir parece basarse en una estrategia que no debería percibirse como normal, aunque hayan intentado hacernos creer lo contrario, porque rompe con los propósitos del contraste de ideas en el debate democrático. La estrategia que se ha consolidado en el país desde hace varios procesos electorales dicta que no se trata de ganar sino de hacer perder al de enfrente. Lo que hemos visto en estas precampañas es que el insulto se ha convertido en el protagonista, la polémica en el tono y la descalificación en el método.

Hoy no se trata de discutir y planear una noción de país, sino demostrar que mi contendiente es corrupto, populista, fifí, prieto, de la mafia o mesiánico. Que si uno es intolerante, que si el otro hace pactos indecibles, que si hay pacto con la maestra Elba Esther, que si el otro tiene casa en Atlanta. Y mientras tanto, el país se enfrenta.

Los sesenta días de precampaña han terminado, pero la polarización para nuestro país apenas empieza. Nos decían que este tiempo existe para que los aspirantes logren convencer a los militantes de sus partidos políticos para lograr ser sus abanderados; sin embargo, en este periodo han sido más visibles los golpes y escándalos que una plataforma seria de futuro.

Durante los últimos sesenta días hemos aguantado más de once millones de spots por todos los medios de comunicación posibles, se han erogado más de 31 millones de pesos en la precampaña presidencial y aun así sería difícil recordar tres propuestas de cada uno de los tres candidatos a la presidencia. Pero lo que tal vez sí recordemos son varios de los ataques que cada aspirante ha lanzado a sus oponentes desde cada una de las esquinas competidoras.

Quizás lo más grave de tener como materia prima de la política a la descalificación son los resultados que han tenido para la población. Ya no sólo se trata del pleito que existe entre la clase política, ahora esta polémica ha trascendido a las conversaciones de sobremesa, en las redes sociales y en cualquier reunión. Los insultos que se propinan los candidatos son reproducidos y magnificados por sus seguidores.

Bien le vendría al país acabar con esta inercia. Quien piensa distinto a mí no es mi enemigo, no es un vendido, es una persona valiosa que simplemente ve distinta la realidad. Para convencer se invita, se debate, no se impone.

Los participantes de esta elección aún están a tiempo para corregir y construir campañas sin ataques y guerra sucia. El país está lleno de personas inteligentes que buscan una campaña seria, que quieren escuchar ideas para solucionar la inseguridad, pobreza y desigualdad. Al final de las campañas, al inicio de una nueva administración, cualquiera que resulte electo deberá construir y acercarse para gobernar con aquellos que pensaron distinto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.