Por la salvación de nuestras almas
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Por la salvación de nuestras almas

10/08/2018
Actualización 10/08/2018 - 11:52

Cuando lo escuché por primera vez, supe que era una bandera de campaña, una más para perfilar una ambición que terminaría al fin en la Presidencia de la República. Y como candidato victorioso la volví a ver en las páginas de los diarios y en declaraciones en la radio: “Paz y amor; una república amorosa” y el remate parecía algo entre satírico e ingenuo, no sólo por lo material, también pugnaré por el bienestar del alma. Esto con un añadido, ya encargué me elaboren un proyecto de constitución moral.

Ya no hay dudas, AMLO quiere entrar al terreno que corresponde a lo que aspiran todas las religiones: la tentativa de alcanzar la eternidad trascendiendo la vida cotidiana. ¡De ese tamaño es su pretensión!

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la laicidad era un estandarte de la izquierda mientras que la derecha defendía la intervención de la institución religiosa en los asuntos públicos. Ahora no se trata de promover a capa y espada un jacobinismo trasnochado. El daño que hizo ha sido contundente, casi tan grande como el inmenso poder de las Iglesias. No existe una báscula precisa. Lo que sí, es que con esas declaraciones de AMLO debemos volver a plantear el delicado asunto de lo espiritual y de lo temporal. Mostrar cuán frágiles son estas distinciones y defender su separación, no como panacea sino como la inevitable herencia de la guerra entre los hombres desde la Vandea francesa hasta la Cristiana mexicana.

Otra interpretación válida sería que, como ahora cuando nada detiene a la violencia y la inseguridad, es decir cuando lo político falla, lo religioso vuelve (“…invitaremos al Santo Padre a los foros por la paz”).

Comencemos por preguntarnos qué es lo que AMLO quiere con el bienestar del alma. ¿Qué es, señor presidente electo, el alma?

La Biblia dice que es el caminar en el mundo del hombre con Dios (Corintios 2:14 y 3:1) y en el Levítico 26:16 se habla del tormento del alma y aunque las citas bíblicas son numerosas, vemos que el grueso de ellas nos hablan con severidad y melancolía de lo que hemos perdido y que arbitrariamente resumo en el Deuteronomio 28:65 “…sintamos todos la tristeza del alma”.

No es difícil decirlo: el bienestar del alma no puede residir en ninguna constitución moral ni tampoco en la ejemplaridad que gobierno alguno quisiera darnos, ya que el alma, cualquier cosa que esto sea, no puede ajustarse a dictados racionales, ya que esto es cuestión de fe y cada quien guarda esto en su cajón preferido.

La democracia es por naturaleza inestable y carga con la memoria conflictiva de la religión frente a lo político (Ikram Antaki). Unas relaciones tranquilas entre ambas fuerzas son utópicas. ¿Qué hacer? Recordar la necesidad de una separación total, justo como quería y logró el presidente Benito Juárez. Distancia lograda entre la revelación y la historia, ya que la relación entre lo divino y lo humano no le corresponde regularla al Estado. Esa no es su tarea. A la república debemos pedir corregir, ordenar, redefinir y resolver el lugar histórico de las ciudades, pero nunca tratar de responder a los problemas y dilucidaciones de la inmanencia y la trascendencia. El deber de las Iglesias y su pastoreo de las almas es cuidar del largo plazo, no mezclarse en la vanidad de tiempos más cortos como puede ser el de un sexenio.

Existen dos tipos de explicación del mundo, aquella que dan las religiones, que procuran la salvación del alma, y la propuesta por la ciencia. Las religiones afirman una verdad global, inmanente, eterna, que trata de la naturaleza y del hombre. La ciencia propone un escenario acotado, parcial, en el cual el hombre es sólo un elemento. Entre estas dos maneras de abordaje hay competencia y conflicto. Por construcción, por método, la ciencia ha excluido a Dios. Existe una oposición intrínseca entre el pensamiento mítico y el razonamiento científico. Una oposición de saberes y también de poderes.

AMLO no puede cortejar ambos. Son irreconciliables, ¿por cuál se decidirá?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.