Los reporteros en la noche de Iguala
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Los reporteros en la noche de Iguala

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Los reporteros en la noche de Iguala

26/09/2018
Actualización 26/09/2018 - 8:02

Lenin Ocampo, conductor de XEUAG Radio Universidad y reportero gráfico del periódico El Sur, recibió la noche del 26 de septiembre de 2014 la primera alerta de lo que estaba pasando en Iguala, a 107 kilómetros de Chilpancingo. “Nos están atacando a balazos”, alertó un estudiante a la cabina de transmisiones. “La primera llamada la recibí a las 22:10 y hubo una más a las 22:40. Seguían solicitando la presencia policiaca, pues estaban solos y no había ninguna garantía para ellos”. Rogelio Agustín Esteban, quien en enero del año pasado reconstruyó en el semanario Interacción lo que sucedió aquella noche, agregó: “Ya se escuchaba la desesperación de los chavos”.

A partir de la primera alerta, escribió Esteban, un grupo de reporteros decidió trasladarse hacia Iguala. Cerca de la medianoche, arrancó un pequeño convoy encabezado por la camioneta Cherokee de Sergio Ocampo Arista, corresponsal de La Jornada. Con él iban Natividad Ambrosio, del programa “Hora Cero” de ABC Radio; Jacobo Morant y Ocampo, reportero de El Sur; José Luis López Santana, de Televisa-Acapulco, que manejaba una Explorer; Carlos Navarrete, que trabajaba en ese entonces en El Sol de Acapulco; Bernardo Torres, de Uno TV; Ángel Misael Galeana, de Cadena 3, y Esteban mismo. Atrás de los dos vehículos iba un autobús con maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación, la CETEG.

Poco antes de partir, escribió Esteban, llegó un mensaje de voz al grupo de WhatsApp de Ambrosio, decía: “¡Nos atacaron a balazos, hay muertos de parte de los estudiantes, corrimos para escondernos donde pudimos pero ya no estamos seguros. Por favor no vengan!”. Según Esteban, “se le escuchaba presa del miedo, casi en shock”. El mensaje pegó en el ánimo de los reporteros, “pero nadie tuvo el valor para quedarse en Chilpancingo”. Llovía fuerte y constante, cuando en la cañada de El Zopilote dijo con ese humor que sale a veces en situaciones donde hay miedo e incertidumbre: “Sonrían, nos está saludando el diablo”.

Los reporteros llegaron a la zona del conflicto. En Huitzuco observaron un automóvil compacto con los vidrios polarizados estacionado, que parecía estar de guardia para monitorear quién iba hacia Iguala. Se movió para acercarse al primer vehículo y observar quiénes iban dentro. Entonces se fue en dirección de Iguala. Varias camionetas blancas los rebasaron a toda velocidad en ese trayecto y ya no volvieron a verlas después. Vieron el autobús en el que viajaba el equipo de futbol de Los Avispones de Chilpancingo, el primero en ser atacado esa noche, volcado sobre la carretera federal.

Más adelante los detuvo la Policía Preventiva y les señalaron que estaban en “un operativo de prevención del delito”. No lo sabían entonces, pero a esa hora los sicarios de Guerreros Unidos ya tenían en su poder a 43 normalistas y los estaban trasladando a lugares desconocidos. Uno de los policías le dijo a Ocampo que sólo había habido “un incidente”. Los policías no querían dejar pasar el autobús de los maestros y normalistas. “Esos no pasan”, dijo un policía, según recordó Esteban, “se los va a cargar la chingada”. La presencia de los reporteros, que comenzaron a tomar fotografías, logró que los dejaran pasar.

Iguala estaba a oscuras, pero vieron las luces de una torreta en una patrulla militar. El pequeño convoy siempre fue seguido por taxis “que simulaban trasladar pasaje –apuntó Esteban–; sin embargo, estos nunca tomaban un rumbo que no fuera el de los reporteros. Los supuestos usuarios hacían llamadas por teléfono celular y nunca perdían de vista lo que se hacía”. No se sabía en ese entonces que todo el transporte público estaba al servicio de Guerreros Unidos, y que muchos taxistas servían como halcones de la banda criminal.

Los periodistas registraron que la única búsqueda de estudiantes que se organizó fue desde las instalaciones del Ministerio Público, donde ya había llegado el entonces fiscal Iñaki Blanco, y comenzaron a rescatarse a normalistas en patrullas de la Policía Ministerial del estado. Hacia las cinco de la mañana del sábado 27, los periodistas decidieron regresar a Chilpancingo, pero los jefes de la Policía Federal en Iguala les pidieron que esperaran. “La razón –recordó Esteban– es que mientras Iguala sufría el infierno de los ataques contra deportistas y estudiantes, grupos de sicarios despojaban a varios automovilistas de sus unidades a la altura de Mezcala, las atravesaban sobre la carretera federal y les prendían fuego”.

El trabajo de los periodistas guerrerenses aquella noche de Iguala ha sido fundamental para mostrar los huecos que la investigación oficial no ha cubierto. Gracias a sus despachos se supo desde el primer momento del papel de control de población ejecutado por los soldados del 27 Batallón de Infantería, con sede en Iguala, esa noche, y cómo los militares, junto con los policías federales, permanecieron como testigos sin intervenir para detener los crímenes en flagrancia que se estaban cometiendo. Sus descripciones han llevado a la duda permanente de si la no intervención fue, en efecto, una intervención mediante la complicidad. Los testimonios que registraron esa noche en Iguala han permitido también adentrarse en la tragedia que se vivió.

La reconstrucción de Esteban, a partir de entrevistas con varios de sus compañeros de viaje aquella noche, también aportó más información sobre la red de protección institucional y la forma en cómo las fuerzas de seguridad trabajaron esa noche no para prevenir el delito, como les dijo un policía preventivo, sino para no estorbar, en los hechos, en la consumación de un crimen.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.