El otoño del 'Peje'
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El otoño del 'Peje'

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El otoño del 'Peje'

26/09/2018

Demasiado iluso es quien haya creído que el cambio electoral traería maravillas instantáneas. Pero, ¿era inevitable que deparara tan grandes decepciones así de pronto?

El primero de septiembre comenzó el sexenio de Morena. Senadores y diputados de ese partido hicieron sentir desde el primer momento su euforia. El cambio trae prisa, nos anunciaban, y será radical, prometieron. Nos dejaron ruinas, advirtieron al decretar el supuesto fin de una era.

Sin embargo, a las primeras de cambio, cuando faltaban casi tres largos meses para que López Obrador se pusiera la banda presidencial, la ilusión quedó chimuela. El Senado de la República, gobernado por Morena, expidió un cheque en blanco a Manuel Velasco, uno de los personajes menos prestigiados, y eso es ya mucho decir, de la escena política nacional.

El partido verde –así, en minúsculas– al que pertenece Velasco, se distingue por la transa sistemática. Es una maquinaria siempre orientada al abuso, al agandalle. A diferencia de los amateur o de algunos recién llegados a la política, el verde siempre reinventa su careta para colarse al banquete. Una rémora que siempre busca su lugar espacio como parásito.

Con la aprobación de la irregular licencia a Velasco para que éste regresara a su aventura chiapaneca (ni modo de nombrar a eso con la palabra “gobierno”), Morena se hermanó con el peor socio del escenario político. El verde es moho: ensucia, pudre.

Por si hubiera duda, unas horas después vino el trasvase de cinco diputados verdes a Morena en San Lázaro. Legisladores kiwis que les dicen, por su condición bicolor. “Baratísimo lo que hicimos”, se jactó Arturo Escobar, el expulsado de Gobernación en tiempos de Peña, uno de los pocos defenestrados en esta administración, toda una distinción. “Baratísimo”, nunca mejor dicho.

A ellos claro que les salió barato. A Morena no. Los votos cosechados por López Obrador no son todos incondicionales, los hay que no resisten la paradoja de ganar con un discurso anticorrupción para de inmediato buscar el abrazo de Velasco, Escobar y sus acólitos.

El escándalo por el maridaje verdemoreno duró un par de días en un ambiente donde las decepciones son la regla. Morena dio un paso en el mediocre sendero al que nos han llevado las anteriores alternancias. En la ruta de que nada cambie, qué señal más clara de la vigencia de la mafia del poder que el partido verde colándose a la foto de los que harán “el cambio”.

Un par de semanas después, Morena ha rebajado aún más las expectativas de que vaya en serio en sus promesas de renovación.

Qué será ahora de las palabras de la ministra Sánchez Cordero, esas que auguraban una avalancha de reformas que ampliarían derechos, leyes que nos situarían por encima de Holanda. Qué hará con su agenda cuando tenga que negociar con los retrógradas de Encuentro Social, empoderados por Morena en la Comisión de Salud.

Cuando el mundo se asoma a discutir en serio los derechos de las mujeres, Morena responde que le gusta el modelo bíblico que ni a medieval llega.

Y de la comisión anticorrupción en manos del Partido del Trabajo, ni hablar. Una franquicia familiar plagada de escándalos presidirá cualquier discusión sobre cómo mejorar el edificio institucional de la lucha contra los abusos. Pura risa loca norcoreana.

Morena ganó todo: importantes gubernaturas, congresos estatales, Congreso federal, presidencia de la República. Pero el 1 de julio quedó atrás. Gobernar es también poner en juego los apoyos. Y en eso, en menos de un mes, el otoño del Peje como opción de esperanza ha comenzado, y lo ha hecho demasiado pronto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.