El rompecabezas de los delegados
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El rompecabezas de los delegados

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El rompecabezas de los delegados

25/07/2018
Actualización 25/07/2018 - 10:35

El anuncio de Andrés Manuel López Obrador de que se modificará el esquema de delegados del Ejecutivo federal en los estados, para sustituirlos con un superdelegado, nos enfrenta a la oportunidad de tratar de entender a la administración pública, esa gran desconocida.

En los últimos días hablé con gente que ha estado en primera fila, en distintos sexenios, en delegaciones, ya sea ocupando alguna de ellas o coordinándolas, o ambas.

Después de esas charlas no tengo una conclusión. O quizá sí, ésta: hay versiones tan encontradas sobre lo que habría que hacer para mejorar esa figura, que más vale que alguien del gobierno de López Obrador sí tenga claras, y medianamente probadas, las virtudes del dramático cambio que pretenden en las delegaciones, no vaya a ser que ese motor de la administración que hoy medio funciona, termine por colapsar cuando le quiten piezas sin ton ni son.

Es evidente la pretensión política de AMLO, que al concentrar tanto poder en una persona pondrá a los gobernadores un gran dique; pero no está claro –o al menos no lo han explicitado– que los que llegarán sepan cómo sí funcionan, en tanto brazos de la administración, las delegaciones.

Eso sin mencionar que el gobierno que pretende hacer esta cirugía mayor está compuesto por personajes que, o hace mucho que no operan en una administración pública, o ni siquiera tienen experiencia probada en alguna administración fuera de la capitalina.

Si hablamos de prospectos de la futura Secretaría de Hacienda, ni Urzúa, ni Herrera y menos Esquivel conocen desde adentro las realidades de los gobiernos de los estados, su experiencia es chilanga. Sánchez Cordero nunca ha gobernado, Zoe Robledo tampoco, Jiménez Espriú dejó de colaborar en el gobierno a mediados de los noventa, la señora Alux nunca ha trabajado en gobierno alguno, Germán Martínez tiene diez años que salió de la Función Pública, donde su paso fue más que efímero. El Marcelo que estuvo en el gobierno federal ya pinta canas, la propuesta para Sedesol tiene cero kilómetros de vida oficial, y antes de ser llamado por la cuarta transformación, Esteban Moctezuma llevaba 18 años al servicio de TVAzteca… ¿Le seguimos?

Bueno, esto es algo de lo que me dijeron quienes sí tienen experiencias recientes lidiando con las delegaciones.

Hay muchos delegados por secretaría en cada estado. Y muchas veces entre ellos no se hablan, y sí, hay delegaciones obesas. En Edomex, por ejemplo, hay más de 55 delegados. Suerte maestra Delfina.

Por el poder que concentran, algunos hoy ya son virreyes con una agenda que no siempre coincide con la federación.

Llegan a ser tan poderosos que si a un funcionario le dan a escoger entre ser secretario de obras en su estado o delegado de la SCT ahí mismo, sin duda opta por lo segundo. Entre los delegados con poder están los de Sedesol, IMSS, SCT, SEP y Sagarpa.

Pero, si no existieran los delegados, el gobierno federal no tendría razón de ser. La descentralización consiste en trasladar facultades y recursos, y si tal cosa se cancela, o padece saturación al hacer una sola oficina para todo, los trámites (permisos, gestiones, etcétera) se tendrían que resolver en la Ciudad de México.

Los delegados son quienes operan los programas de las secretarías, son la instancia a través de la cual realmente trabaja el gobierno. En la SCT el personal en delegaciones llega a suponer más de la mitad de algunas subsecretarías.

Hay delegaciones ejecutoras de gasto, otras de inspección normativa, o de regulación de patrimonio, o de ejecución de proyectos. La especialización es clave, crucial.

Ojalá alguien, que no sea AMLO, quien deliberadamente confunde declarar con explicar, antes de cancelar una sola de esas delegaciones exponga detalladamente a la opinión pública en qué consiste este proyecto que afectará no sólo a los gobernadores, de los que tanto se ha hablado, sino sobre todo a los gobernados.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.