Empresarios, de flagelos y autoflagelos
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Empresarios, de flagelos y autoflagelos

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Empresarios, de flagelos y autoflagelos

29/05/2018
Actualización 29/05/2018 - 9:24

En las alturas del empresariado, léase Consejo Coordinador Empresarial, están descorazonados. No caben de la frustración. Se dicen engañados. Qué no darían por dar marcha atrás en el reloj, qué poco estratégicos fueron. Cómo demonios fue que se les ocurrió, cavilan ahora, que era buena idea hablar de corrupción en el sexenio de la corrupción. ¡Ah, si el tiempo pudiera volver!

Tal es su desesperación, que les urge entender cómo fue que esta desgracia les ha caído encima. Por eso los empresarios han encargado una pesquisa para determinar si sus palabras fueron manipuladas, y por quién: aviesos intereses habrían tomado sus pronunciamientos anticorrupción, esos que ellos hicieron tan de buena fe, para convertirlos en tormentas mediáticas que han puesto la elección, paradójicamente, en manos de quien abominan.

Bajo esa perspectiva, para los empresarios el problema de este sexenio no es el socavón que mató a dos personas, ni los millones desviados por las universidades en esquemas tipo 'Estafa Maestra', ni el expolio en Quintana Roo, ni las empresas fantasma en Veracruz, ni el gobernador César Duarte metiendo dinero del gobierno de Chihuahua a un banco de su propiedad, ni el PRI desviando a las campañas o recibiendo financiamiento ilegal, ni los cientos de miles de Eva Cadena, ni la presa del gobernador (es un decir) Guillermo Padrés, ni los millones sin rastro en Nuevo León, ni dos gobernadores de Tamaulipas perseguidos en el extranjero, ni la 'casa blanca', ni la de Malinalco, ni el tren fallido, ni las irregularidades en el nuevo aeropuerto, ni que seamos el único país medianamente democrático tocado por el escándalo de Odebrecht donde no hay consignados, ni las inverosímiles e impunes compras de chatarra en Pemex, ni lo expuesto en los audios no investigados de OHL, ni un orondo Humberto Moreira a pesar de los papeles falsos con los que se tramitó millonaria deuda estatal, ni hospitales que son cascarones, ni los estudiantes que reciben tabletas inútiles, ni el despilfarro en la entrega de televisores, ni los concursos de medidores de luz entre empresas 'competidoras' que comparten domicilios y funcionarios, ni los moches de los panistas en San Lázaro, ni el manoseo electoral de fondos que deberían ser para la reconstrucción, ni los contratos a los amigos de la hija del delegado Monreal.

Nada. Para los empresarios el problema del sexenio no es lo que vimos y lo que vemos en el Congreso, en el Ejecutivo y también en el Judicial. El problema fue que en vez de quedarnos callados, ellos y nosotros, caímos en la moda de hablar de la corrupción, le hicimos el caldo gordo a la prensa argüendera que divulga documentos, audios, videos, de sólidos indicios de ilegalidades por doquier.

Qué sintomático: ¿Creerán que a la vuelta del PRI a Los Pinos en 2012, lo que debieron hacer fue ponerle ON al modo de 'regresar el calendario 30 años' y revivir el tiempo del sí señor presidente? ¿Reeditar la bonita era en que los escándalos se sabían pero rara vez se publicaban en los medios de mayor audiencia?

Ay, los empresarios. Ni que les hubiera ido tan mal. Para ser México un país de tan mala fama en corrupción carecemos de un top ten de importantes empresarios enfrentando juicios por prácticas indebidas. Qué digo top ten, no llegamos ni a un top three de la corrupción empresarial.

O será que el arrepentimiento es, hoy caen en cuenta, que con sus quejas sobre la corrupción ayudaron a echar por tierra las posibilidades de que el PRI repita en la presidencia, cuando precisamente con ese partido a ellos no les fue nada mal.

Conste que Peña Nieto no se cansó de advertirlo. Incluso ayer les reiteró: “nos autoflagelamos, decimos que estamos mal y en un escenario crítico”. Pero no le hicieron caso. Se creyeron muy modernos y pensaron que la corrupción era un flagelo y no un muy mexicano asunto cultural. Tss, tss, tss. Ah, qué los empresarios que no le hicieron caso a su presidente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.