Enjuiciar a Peña Nieto
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Enjuiciar a Peña Nieto

07/03/2018
Actualización 07/03/2018 - 15:23

Continuidad o cambio, revalidación o expulsión. Todo partido en el poder enfrenta en las elecciones un juicio de la ciudadanía. Lo que no es una constante es que el eje de esa valoración sea la corrupción.

En 2012 los mexicanos expulsaron de Los Pinos al panismo luego de años de decepciones por la conducta omisa o frívola de los foxistas, por la incapacidad ejecutiva y una desaforada guerra de los calderonistas.

En esas administraciones la corrupción estuvo presente, por supuesto. Caprichosa como es la historia, lo que quiso ser un monumento de orgullo por el Bicentenario de la Independencia –la Estela de Luz, mejor conocida como Suavicrema– devino en símbolo de ese panismo. Dos planchas de anodinos mosaicos parpadeantes en cuya construcción sobraron irregularidades (incluidas pillerías) y faltó grandeza.

Con la promesa de una renovación (¿dónde oímos eso de nuevo el domingo?), el PRI regresó al poder y seis años después la discusión electoral podría ser, claro está, sobre las insuficiencias y/o faltantes de una administración rígida en sus formalismos, acartonada en su cerrazón. Sobre, por ejemplo, las promesas firmadas pero cumplidas muy a medias: con hospitales de listones cortados pero personal y equipo inexistente, una miope política exterior, un crecimiento igual de mediocre, etcétera.

Pero no, la discusión este año no será sobre eso. Es más, no se discutirá siquiera sobre si se requiere o no un viraje en torno a las políticas públicas.

Si el eje electoral sólo fuera sobre las insuficiencias de la actual administración, para el candidato del peñismo ya sería una mala cosa, debate dañino del que el representante de esa camada no podría deslindarse, pero no será así, será peor.

Este sexenio es percibido como uno de los más corruptos. Ese juicio popular es una losa para el PRI y para Meade, quien en el mejor de los casos quedaría como ciego en medio del indebido festín de otros, y en el peor, como cómplice de cuanto ocurría en las oficinas por las que iba pasando.

Sobre eso girará la discusión, sobre la corrupción del gobierno de Peña Nieto en el que fue protagonista Meade; y lo más paradójico es que han sido los priistas los que terminaron por forzar tal agenda.

Al creer que manchando a otros ellos lograrían camuflar sus propias manchas, los priistas han fijado la regla única: hablemos de corrupción. Hablemos de la corrupción de Ricardo Anaya, nos dicen un día sí y otro también desde hace semanas. Y han comenzado a decirnos también que es hora de hablar de la corrupción de López Obrador (de los suyos, de sus cercanos, de su modo de vida 'sin ingresos' que sólo se explicaría por corrupción).

Los otros partidos le tomaron la palabra al PRI. Ayer la tribuna de San Lázaro lucía una enorme manta con las fotografías de los “hijos de la 'estafa maestra'”: Peña Nieto, Javier Duarte, Robles… y Meade.

Hablemos pues de las tarjetas Monex, de los 'moches' en San Lázaro, la 'casa blanca', Higa y Malinalco, de Odebrecht, de las empresas fantasma de Duarte, de un sexenio de 'estafas maestras', de los vuelos de Korenfeld, de Javier Duarte, de César ídem, de Roberto Borge, de Eugenio Hernández, de Nayarit en tiempos de Sandoval, de la elección en el Edomex, de la deuda de Humberto Moreira, del consulado a Juan Sabines, de Nuevo León, de los más de mil millones a Juntos Podemos, de Romero Deschamps…

Y yo que creía que al PRI le convendría hablar de las reformas y del temor a cambiar de rumbo. Ellos tenían otro plan: hablar de corrupción, lo que sin remedio lleva a hablar, a enjuiciar mediáticamente, a Peña.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.