Ser priista era (es) esto
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Ser priista era (es) esto

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Ser priista era (es) esto

03/07/2018
Actualización 03/07/2018 - 10:15

En términos redondos, luego de la votación del domingo, el Revolucionario Institucional pasará de la presidencia de la República a tener una representación de alrededor del 10 por ciento en el Congreso de la Unión (según cálculo de oraculus.com.mx tendrán 14 de 128 senadores y 42 de 500 diputados).

No hace falta recurrir a ningún término grandilocuente para destacar que ese vuelco electoral remecerá la forma en que conocemos la política hasta hoy en México, país en el que desde el panismo se acuñó la idea de que todos, todos, llevamos un priista dentro.

María Scherer Ibarra y Nacho Lozano exploraron esa cuestión y en 2016 publicaron un entretenido libro en el que presentaron las reflexiones de decenas de personajes en torno a El priista que todos llevamos dentro (Grijalbo, 2016).

Qué era ser priista, cuál es el ADN priista en la política. Aquí fragmentos de lo que apenas cuatro de sus entrevistados contestaron a María y Nacho.

Soledad Loaeza:

“La búsqueda de la unanimidad. A los presidentes mexicanos les aterra la disidencia, por eso el PRI confeccionaba la unanimidad, la cultura nacionalista con responsabilidad social. Por eso fracasó Fox. Por eso ganó de nuevo el PRI en 2012. Queríamos unanimidad de nuevo (…). El PRI siempre le ha tenido miedo al conflicto. Ese miedo es parte de nuestra cultura política (…). Priismo es populismo, clientelismo, patrimonialismo. Es igual”.

Alejandro Encinas:

“Particularmente (ser priista es) el autoritarismo y la visión patrimonialista del Estado y del gobierno, de la cual se derivan los males endémicos de nuestra sociedad. Uno de ellos, que es el más lacerante, es el de la corrupción. El priista que cree que todo se puede arreglar por fuera de la ley, partir de cualquier tipo de entendimiento, desde la mordida hasta la amenaza. La intimidación y la propia corrupción. El otro es el de la prepotencia…”

Jorge G. Castañeda:

“Dos ejemplos: la aversión al conflicto; el PRI nace para que no haya pedo, para que no se agarren a balazos entre todos, sobre todo después de la muerte de Obregón (…). El PRI le da la expresión política a ese tema que es “todos adentro”: la izquierda, la derecha, los militares, los obreros, los campesinos, los viejos, los nuevos, los del norte, los del sur, etcétera, todos, pero con una expresión central que es que no hay que pelearse, los pleitos son malos.

“El otro es el tema de inventar leyes para quedar bien con la opinión, con la sociedad, con los poderes fácticos, aunque todos sabemos que no se van a cumplir (…). No se trata de cumplir con la ley, se trata de volverla una aspiración, por un lado, y por el otro, de encontrar maneras de que las cosas funcionen independientemente de las leyes”.

Marcelo Ebrard:

“Hay prácticas distintas en el priismo. Algunas son buenas, sensatas e inteligentes; hay otras que no lo son por sus efectos, por ejemplo, la práctica de la complicidad. Lo que importa es que el jefe te vea bien, no importa lo que la ley diga. Una práctica positiva es la eficacia. La política tiene consecuencias: si no haces bien tu trabajo, te vas. Hay seriedad en ese sentido. Creo que la peor parte es este hábito cortesano de quedar bien con el jefe más allá de cualquier otra consideración (…). Otra práctica es el patrimonialismo: las familias se perpetúan”.

Tiene su chiste el que, como ya se ha escrito, haya sido precisamente un expriista nostálgico del Estado revolucionario, como López Obrador, quien envió al PRI a la lona. Sin embargo, ¿la derrota del PRI mata al priista que todos llevamos dentro? ¿Será cierto, como dijo AMLO en febrero de 2006 en un mitin en Saltillo, que “el priismo es una enfermedad que se quita con el tiempo”? El PRI podría sobrevivir en Andrés, en mí, en ti. En todos. “Aquisit, omnis simusae est, necus ipid”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.