Sin argumentos
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Sin argumentos

08/08/2018

El debate ni siquiera había comenzado. ¿Conviene desaparecer el Estado Mayor Presidencial, como quiere Andrés Manuel López Obrador?

Distintas voces han alertado sobre la necesidad de que el tabasqueño recapacite y acepte, diseñe y utilice, un aparato de seguridad y logística acorde a las necesidades (y los riesgos) de un jefe de Estado de un país como México. Un sistema como el que por décadas ha provisto a los presidentes mexicanos el EMP.

Gracias a la incipiente discusión, la opinión pública se hizo consciente de que el EMP lo componen más de 7,600 mil elementos (Reforma 18/07/18). Suena a mucho. ¿Es mucho? Ni idea, hubiera sido bueno discutirlo, discernirlo.

Pero apenas estábamos en esas cuando la actuación de miembros del Estado Mayor Presidencial en París, que censuraron fotografías tomadas a Angélica Rivera en una terraza (¡!), echó por tierra cualquier oportunidad de defender a ese cuerpo de guardias presidenciales.

Ni la derrota ha hecho cambiar el comportamiento prepotente de la presidencia de Enrique Peña Nieto. Los elementos del EMP sólo siguen órdenes. Y éstas fueron de que a ellos, a los que han vivido del presupuesto público durante casi seis años, no se les puede importunar ni con un clic.

Por excesos como ese, y por indolencias parecidas, perdió la elección el PRI. Por eso, la gente votó para que les quiten las pensiones y ayudantías a los expresidentes. Por eso desaparecerá el EMP, que se despide con la postal de tan nefasta actuación en la capital francesa.

Sin minimizar el riesgo que pueda correr López Obrador al no aceptar una escolta profesional, patriótica y diligente como la del EMP (y lo que ese riesgo significaría para México –toquemos madera–), hay otros temas en la agenda que corren similar suerte, asuntos que parecieran destinados a morir sin que alguien dé la batalla por ellos. Entre esos asuntos, ninguno como la reforma educativa.

De cuantas promesas hizo en la campaña López Obrador, en pocas ha parecido tan firme quien hoy será nombrado presidente electo como en su decisión de cancelar la reforma educativa.

Antes y después de la elección, AMLO ha reiterado que “la mal llamada” reforma educativa está condenada a cirugía mayor, si no es que a ser desconectada.

Frente a ello, ha sido notable la tibieza y la tardanza de distintos actores frente al ultimátum.

Vaya, hasta los diplomáticos han sido más contundentes al defender que sus sueldos no se pueden bajar, como pretende el próximo presidente, sin tomar en cuenta las condiciones económicas de cada país donde están destacamentados.

En cambio, en el tema educativo apenas si se ha escuchado por ahí al dirigente de la Unión de padres de familia, a algunos legisladores, y en una ocasión al presidente Peña Nieto, que el 25 de julio definió esa reforma como el cambio estructural más importante.

¿Hay alguien dando la batalla por esa transformación? ¿Se habrá ido de vacaciones el empresario Alejandro Ramírez, que antes de la elección se engallaba frente a AMLO pero que luego del 1 de julio se ha difuminado? No sólo dirige (es un decir) a los empresarios, sino también a Mexicanos Primero. Y ni por eso.

En ese ambiente de tímida defensa de lo que en su momento fue un logro festejado por muchos, Esteban Moctezuma ha anunciado que habrá foros y consultas sobre la reforma educativa. Ante ello, no se advierte por ningún lado la emoción de los otrora promotores de ese cambio legislativo, ¿será que les pasa algo parecido al affaire parisino? Apenas intentan defender la reforma magisterial se acuerdan que el gobierno que ellos aplaudieron prefirió gastarse sólo en el año 2017 la friolera de 1,963 millones de pesos en propaganda antes que invertirlo en maestros y escuelas, y pues así como que margen para la defensa de “lo logrado” como que no queda mucho.

¿Será que el sexenio los dejó, en pocas palabras, sin argumentos?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.