Aprender a esperar
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Aprender a esperar

16/05/2018
Esperar no es una mero anhelo vacío, porque encierra la certeza interna de la posibilidad de alcanzar el objetivo”
I-Ching

La impaciencia domina la agenda social y cultural que impone desde afuera logros y edades para alcanzarlos: entrar a la universidad, graduarse, casarse, formar una familia, consolidar el patrimonio. Ir más despacio o esperar no son actitudes que gocen de popularidad. Uno de los máximos terrores, dicho por los pacientes, es desperdiciar la vida, el tiempo, como si la existencia solo tuviera sentido a futuro, ignorando los pequeños acontecimientos cotidianos que sumados conforman una vida; como si el paso de los años y la inexorable vejez al final del camino fuera una tragedia a la que hay que anticiparse viviendo al máximo. Parece que es mejor equivocarse que soportar la incertidumbre: escoger la carrera que sea, la pareja que sea, embarazarse porque el tiempo apremia, hacer cosas antes de los treinta, de los cuarenta... antes de llegar a la siguiente década.

Pero esperar es una poderosa herramienta para crear la vida que queremos y no siempre es mejor estar haciendo algo. El lugar de la incertidumbre se llama “liminal”, que es una frontera entre posibilidades. Es el lugar del potencial desde donde podemos partir hacia cualquier lugar. No hay señalización que nos aclare hacia dónde. El espacio liminal es incómodo y todos queremos salir de ahí a la brevedad, pero bajar la velocidad puede ayudar a clarificar el panorama. Porque la vida no es un camino recto, más bien un laberinto.

Aprender cuál es el tiempo óptimo para todas las cosas es una capacidad sofisticada. A veces queremos que lo que deseamos pase ya pero no estamos listos para que ocurra aunque creamos que sí. Es posible que cuando estemos listos para decidir, en el nivel inconsciente y consciente, aparezca una certeza de inevitabilidad, como si el camino hubiera estado siempre claro. A veces forzamos las cosas y no dejamos que sigan su curso. Aprender a esperar y conocerse a uno mismo profundamente son las herramientas para construir confianza de que llegado el momento, sabremos reconocerlo.

Preguntamos a los demás qué deberíamos hacer, repasamos con obsesión todos los escenarios, pedimos consejos. Pensamos en el deber ser de la moral, de la religión, de la familia, del sentido común; sin embargo, el énfasis debería estar en reconocer lo que podemos y lo que no podemos hacer, y esperar activamente en diálogo interior. La claridad llegará con un poco de tiempo. Casi nunca es urgente tomar una decisión. Vivir con prisa impide sentarse a ratos en el espacio liminal de la incertidumbre.

Freud escribió profusamente sobre la importancia de aprender a tolerar la ausencia de los objetos y demorar la gratificación de los deseos, para obligar al yo a encontrar formas de lidiar con la incertidumbre. Podemos aprender a esperar, porque también tenemos confianza en que el objeto – la meta anhelada, la decisión que cambiará todo, la persona amada, el amigo íntimo – llegarán o volverán. Las separaciones del objeto producen ansiedad pero también desarrollo psíquico. Aprender a esperar es crecer.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.