Fantasías de perfección
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Fantasías de perfección

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Fantasías de perfección

30/05/2018

Tenía una abuela que le decía que era fea y además demasiado morena. También un padre que jamás la felicitó por tener las mejores calificaciones en la escuela. Su sistema familiar no se distinguió por dar reconocimiento ni protección. Vivió situaciones de abuso que no hubieran ocurrido de haber sido solo un poquito visible para sus padres.

En el equipo de gimnasia las pesaban y medían una vez a la semana. Ganar 100 gramos o 5 milímetros era motivo de regaño y castigo. Las caídas y fracturas eran insignificantes porque la única regla para ser una ganadora era nunca detenerse ni quejarse ni llorar.

Fue el hijo preferido de la madre ante la ausencia emocional del padre. El más querido, el más deseado, el mejor de todos los hermanos. Su presencia fue suficiente para alegrarle la vida a ella, que como pudo tuvo que sobreponerse a las dificultades de educar casi sola a sus hijos. Él aprendió a ser generoso, compasivo y a hacer de la empatía su modo de enfrentar y de sobrevivir en el mundo.

Los orígenes y manifestaciones del afán de perfección pueden ser diferentes pero en todos se observa angustia por no defraudar a los demás y una necesidad de probarse como valioso y digno de amor. Una mujer sin reconocimiento puede obsesionarse con recibirlo hasta volverse invisible para sí misma. Si nadie la ayudó a crecer sabiéndose digna de amor, de adulta busca la aprobación a cualquier precio y aunque la obtiene, el sentimiento original de no ser suficiente sigue comiéndosela por dentro.

Una atleta de alto rendimiento aprende sobre competir, ganar y sobre tener un cuerpo fuerte y delgado como el único caminos para que su vida tenga sentido. Cuando los años y otras responsabilidades la alejan de aquella disciplina, pierde una parte de su identidad y de su sentido de vida, porque ser deportista y ganadora era todo lo que tenía.

Un hijo parental aprende que el amor que recibe es directamente proporcional a la incondicionalidad del suyo. Difícilmente se atreve a equivocarse, a defraudar a una madre o a un padre que han depositado todas sus esperanzas en él y su desarrollo queda marcado por la obligación de ser buena persona y generoso. Cuando tiene arranques normales de egoísmo o cuando comete actos que considera éticamente reprobables, su fiscal interior lo destruye. Cualquiera puede equivocarse menos él porque solo existe para ser bondadoso.

Buscar la perfección es uno de los tormentos de estos personajes hipotéticos. El concepto idealizado sobre quiénes y cómo se supone que deberíamos ser, en lugar de estimular el desarrollo y el crecimiento, se convierte en la cárcel de cumplir con un papel estereotipado sin la posibilidad de jugar con otras identidades, sin poder perdonarse los errores, pensando que decepcionaremos a los otros cuando el fraude es frente a la parte más sádica del yo. Cómo se supone que deberíamos ser en la vida personal o en el trabajo surge de una fantasía cruel sobre perfección que solo conduce al autocastigo. Siempre será pertinente recordar que ser suficientemente bueno es más que suficiente. Que no es igual a conformarse. Que la búsqueda compulsiva de la perfección puede ser masoquismo e insatisfacción.

La idealización de nosotros y de los demás es una enfermedad de la que hay que estarse curando siempre. Acercar las fantasías con las realidades es uno de los logros más importantes para vivir con paz mental.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.