Donación y trasplante de órganos: aspectos éticos
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Donación y trasplante de órganos: aspectos éticos

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Donación y trasplante de órganos: aspectos éticos

14/09/2018

Recientemente se llevó a cabo el 5o. Foro Institucional de Bioética "La bioética ante los desafíos del siglo XXI”, en el Hospital General de México, el tema principal versó sobre la donación de órganos. Se destacó que el gran éxito de los trasplantes en el ser humano exige un cambio cultural y una sensibilidad moral abierta a nuevas formas de solidaridad. La técnica biomédica ya ha hecho su parte, ahora falta que los ciudadanos nos involucremos en la donación de órganos de modo más consciente y libre.

Entre los motivos por los que se hace difícil el continuar progresando en esta área, se debe destacar, como causa importante, la escasez de órganos. Ante la pretensión de cierta “nacionalización” del cadáver, y por lo tanto la ablación de órganos después de la muerte sin el consentimiento del sujeto o de sus parientes, es importante valorar la necesidad de que la donación surja de un acto positivo y libre del donante.

De lo contrario, el receptor “sacaría ventaja” de la muerte trágica o prematura de otra persona, y por lo tanto, un trasplante que no brotara de una donación se podría configurar como el aprovechamiento de la desgracia de otro. En cambio, si esto se origina de una donación, todo el conjunto se humaniza y constituye una garantía contra los riesgos, tanto de superficialidad, como de posibles abusos. Por parte del donante, este gesto consciente y desinteresado fomenta la actitud de oblatividad y solidaridad para con el prójimo y propicia un crecimiento espiritual de la persona.

Por lo demás, en el receptor se suele generar una aceptación agradecida y humilde, ya que no se puede invocar ningún derecho, ni existe la apariencia de aprovecharse de la desgracia ajena, o peor aún, de la ansiosa espera morbosa de la muerte de otro, para resolver los problemas propios.

La misma intervención médica, con la donación, queda lejana de la manipulación del cadáver, y se convierte en un servicio que realiza dos profundos deseos humanos: el generosamente oblativo del donante y el humildemente captativo del receptor. Se ha dicho que: “El médico debería ser siempre consciente de la particular nobleza de este trabajo: él se convierte en mediador de algo extremadamente significativo, el don de si realizado por una persona –incluso después de la muerte– a fin de que otra pueda vivir. La dificultad de la intervención, la premura, la cuidadosa concentración, no deben hacer que el médico pierda de vista el misterio de amor encerrado en lo que está haciendo”.

Ahora bien, ¿hay una obligación moral de donar órganos? Cuando todavía nos encontrábamos en los albores de esta tecnología médica, se decía que, salvo en unas circunstancias muy especiales, no se debería presentar la donación como un deber u obligación moral, a fin de “evitar serios conflictos exteriores e interiores”.

Algunos moralistas contemporáneos, como Lino Ciccone, Franz Böckle y otros, piensan que esa respuesta, justa para su época, ya no es del todo adecuada a la situación actual, en la que los trasplantes han llegado a ser un medio terapéutico bastante frecuente, y en la que la conciencia del respeto al cadáver ha adquirido nuevos aspectos y nuevas visiones. Actualmente se considera que existiría cierta obligación moral a la donación de órganos post mortem, aunque el amor no puede ser impuesto en este caso, como un deber, ya que pueden existir causas excusantes válidas.

Queda, con todo, el problema de la “penuria de órganos”, aunque casi todas las autoridades morales han favorecido, con el trasplante, la ablación de órganos. En Francia, Verspieren señala que más del 20% de personas que necesitan trasplante de corazón mueren por falta de donantes. El drama de los enfermos renales es todavía más acuciante, se calcula que el número aproximado de los enfermos en tratamiento de hemodiálisis estar por los 20,000 casos. De esos sólo el 6.7% se beneficia con el trasplante.

Debe reconocerse, empero, como ya insinuamos, que pueden existir algunos motivos plausibles excusantes, por ejemplo, un temor, al menos subjetivamente sentido, de probables diagnosis precipitadas de muerte, comercio de órganos y otros abusos. Sin embargo, nada dispensa, en los momentos actuales, al ciudadano, de una fructuosa reflexión sobre este punto, que generalmente desembocaría en una generosa decisión.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.