El ladrón que se robó los anillos del Super Bowl
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El ladrón que se robó los anillos del Super Bowl

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El ladrón que se robó los anillos del Super Bowl

bulletSean Murphy era un empedernido fumador de mariguana, un fanático devoto de Tom Brady y los Patriotas... También era el mejor ladrón de su ciudad.

Bloomberg / Zeke Faux
29/07/2020
Actualización 29/07/2020 - 4:50
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Era febrero de 2008 y Sean Murphy veía apesadumbrado cómo los Gigantes de Nueva York derrotaban a su querido equipo, los Patriotas de Nueva Inglaterra, en el Super Bowl XLII. Murph, como lo llamaban sus amigos, se dedicaba a la mudanza de muebles en Lynn, Massachusetts, y los domingos, cuando conseguía boletos, viajaba hasta Foxborough para ver a su equipo.

Tenía además otra profesión: los sábados por la noche se vestía enteramente de negro y salía a robar. Era un ladrón, el mejor en una ciudad donde el robo todavía era considerado una forma de arte.

Unas semanas después del juego, Murphy estaba en la Biblioteca Pública de Boston, navegando en Internet y planeando su próximo robo, cuando se topó con un artículo sobre los anillos para los campeones del Super Bowl. Tiffany & Co. los había diseñado a petición de los Gigantes y eran una monstruosidad: una gruesa argolla de oro blanco con el logotipo del equipo y tres trofeos del Súper Bowl incrustados de diamantes. Cada anillo debía tener 1.72 quilates y se producirían 150, suficientes para los jugadores, los directivos y las familias de los propietarios. El dato que más llamó la atención de Murphy es que iban a ser fabricados por E.A. Dion, una joyería en Attleboro, dos ciudades al sur de Foxborough.

El 8 de junio, Murphy y un amigo atracaron el taller de E.A. Dion, ubicado en un desierto parque industrial. Llevaban sus trajes y herramientas habituales: overoles, guantes y máscaras negras, palancas, sierras eléctricas, taladros y un bloqueador de celulares. Penetraron por el techo, y ya dentro, encontraron collares, placas, cajas con cuentas y cajones llenos de barras de oro. Incapaces de romper la caja fuerte, se la llevaron entera. También hallaron varios anillos del Super Bowl, uno grabado con el nombre “Strahan” y algunos otros que decían “Manning”. Cuando terminaron de cargar el camión, tenía más de 2 millones de dólares en oro y joyas y más de dos docenas de anillos del máximo premio del futbol americano. “Al carajo, no se los merecen”, pensó.

Murphy se estrenó como ladrón en segundo año de bachillerato. Una noche, su hermano y algunos amigos llegaron a casa montando motocicletas Yamaha recién robadas. Le dijeron que si quería una, tendría que colarse en la tienda y tomarla por sí mismo. Así lo hizo. Esa misma Navidad, un primo lo ayudó a atracar su primera farmacia. En casa, su padre nunca le preguntó cómo obtenía dinero, ni siquiera cuando compró un Camaro azul y gastaba a manos llenas en fiestas y mariguana.

La primera vez que pisó la prisión tenía 17 años, después de conducir un Corvette robado en una persecución policial. La experiencia no fue tan mala como había imaginado. “Todos tienen miedo de la cárcel”, me dijo Murphy durante una de nuestras muchas conversaciones el año pasado. “Pero llegué y todo mi vecindario estaba allí”.

Murphy salió después de unos meses y pasó gran parte de los años ochenta y noventa robando tiendas. Quería ser el mejor que la ciudad había visto. No bebía alcohol y tampoco consumía los analgésicos que robaba. Pero le encantaba encender un porro, sentarse en una silla y pensar en su próximo golpe.

Con cada robo, Murphy perfeccionaba su técnica, sabía cómo desactivar alarmas, hacer rappel desde un techo, cortar acero con un soplete de plasma y romper una caja fuerte con una taladradora electromagnética, sin dejar evidencia. En una temporada en prisión, escribió un manual titulado Master Thief: How to Be a Professional Burglar (Cómo ser un ladrón profesional), que planeaba vender a los novatos. Daba las siguientes instrucciones: irrumpir al anochecer un sábado, irse al amanecer el domingo; cortar la línea telefónica; desactivar la alarma y llevarse las grabaciones de seguridad; tomar la mitad del botín y dejar que los demás se dividan el resto; no usar armas, porque la pena de prisión es más larga y el fin es entrar, hacer lo que tienes que hacer y salir sin ser visto.

Durante otra temporada en prisión, estudió leyes para poder defenderse en los arrestos y mucha electrónica, para entender los sistemas de alarma. Incluso acuñó el verbo ‘murph’ (murfear), que significa cortar las líneas de comunicación y bloquear los transmisores inalámbricos. Estaba tan orgulloso de su técnica que le escribió al presidente de Costco diciendo que su “equipo de expertos de élite” había robado sus tiendas en “atracos de alta tecnología” y ofrecía sus servicios para detener a otros delincuentes. “Puede contratar a mi empresa de consultoría de seguridad para utilizar nuestra experiencia”, escribió Murphy, firmando con su nombre completo. Costco entregó la carta al FBI como un posible intento de extorsión, pero no hicieron nada.

En 2003, en una fiesta, conoció a Rikkile Brown. Años más tarde, después de encontrarse por casualidad en un juzgado, comenzaron a salir. Brown era una joven de 19 años de cabello castaño y adicta a los analgésicos de receta. Murphy, para entonces de 42, tenía dinero y le daba lo que ella pedía. “Mi vida siempre fue dura, él me la hizo más fácil”, afirma Brown. Otras cuatro o cinco mujeres de la edad de Brown tenían arreglos similares con Murphy. Todos convivían en una extraña dinámica doméstica: cenas, salidas en grupo, vacaciones en las Bahamas y Hawái.

Las mujeres se alternaban para pasar la noche con Murphy, lo ayudaban a dirigir la empresa de mudanzas y, en cierta ocasión, cuando dio un buen golpe, les compró a todas implantes mamarios. En 2007, se mudó con ellos una chica nueva, ‘J’, de 21 años, que se convirtió en la favorita de Murphy.

En 2007, mientras los Patriotas arrasaban en el campo, la suerte dejó de sonreírle a Murphy y comenzó a quedarse sin efectivo tras varios atracos frustrados. Después de leer sobre los anillos del Super Bowl, sus esperanzas renacieron. Le dijo a ‘J’ que después de ese golpe ya no serían pobres.

Pero luego, una semana antes del robo, a principios de junio de 2008, vio a los Gigantes en la televisión recibiendo sus anillos. Murphy decidió seguir con el plan de todos modos, pensando que E.A. Dion tendría otras joyas que valía la pena robar. En la noche del robo descubriría que muchos de los anillos aún no se habían entregado. Ahora eran suyos.

Cuando Murphy llegó a casa con el botín, lo extendió sobre la cama, donde sus novias podían admirarlo. Brown recibió uno de los anillos, ‘J’ obtuvo un premio de consolación: un anillo diferente destinado a los empleados de RadioShack con el logotipo de la tienda.

El robo apareció en las noticias, la notoriedad significaba que Murphy no podía vender los anillos. Escondió su parte en una caja de seguridad y vendió, intercambió o regaló la mayor parte del botín de E.A. Dion en unos pocos meses. En octubre, en un altercado en donde hubo un reporte de violencia doméstica, Brown rompió con Murphy, harta de “compartirlo’ con ‘J’”.

El teniente Al Zani llevaba muchos años detrás de Murphy, desde que era un agente de la policía estatal. En 2008 fue asignado al equipo de robo de bancos del FBI en Boston. El atraco había sido investigado por la policía local, pero tras un par de meses con pocas pistas, el equipo de Zani intervino para ayudar. Zani asegura que supo de inmediato que Murphy era el único ladrón en el área que podía perpetrar un robo tan sofisticado. También sabía que el hombre era tan arrogante que seguramente no se desprendería de los anillos del Super Bowl.

Zani y su compañero, el agente del FBI Jason Costello, comenzaron a vigilar la casa de Murphy y el almacén de su empresa, pero no vieron mucho.

Luego hallaron el reporte de violencia doméstica, donde Rikkile Brown figuraba como víctima y ‘J’ como testigo. Costello visitó el departamento de Brown, pero no la localizó. Zani tuvo más suerte con ‘J’. Ella tenía una orden de arresto pendiente e hicieron que la detuvieran.

El 15 de enero de 2009, él y Costello se acercaron a ella en el juzgado y le dijeron que querían hablar sobre su novio, Sean Murphy. Creían que no cooperaría, pero resultó que su relación con él se había deteriorado. Cuando más tarde preguntó si Murphy sabría que había sido ella quien lo había delatado, Zani tímidamente admitió que sí. “Genial, quiero que sepa que fui yo quien lo entregó”, respondió ‘J’.

La joven les contó que Murphy había hablado de hacer algo grande ese verano. Luego se quejó de que su expareja le había dado a Brown un anillo del Super Bowl.

Al día siguiente, Zani fue a sus oficinas en el centro de Boston para planificar el arresto de Murphy. Por desgracia, ningún oficial estaba apostado afuera de la casa del delincuente esa mañana, de modo que nadie lo vio salir en un camión de mudanza rumbo a Columbus, Ohio. Y nadie lo vio llegar tampoco a un depósito de Brinks, una empresa de traslado de valores, que Murphy iba a robar.

Estos sitios guardan hoy más dinero que los bancos, Murphy había visto unos 40 vehículos blindados en el hangar, así que calculaba que la bóveda tendría al menos 20 millones de dólares.

Eligió un sábado, como siempre, para el atraco. Lo acompañaban dos cómplices: Rob Doucette, su proveedor de mariguana, y Joe Morgan, un vendedor de autos que se había convertido en su mano derecha. Murphy subió al techo, instaló el bloqueador de celulares y cortó las líneas telefónicas. Hizo un boquete en el techo y entró. Morgan acercó su camión y descargaron una lanza térmica, una herramienta usada en demoliciones que tiene la capacidad de fundir el acero. Se pusieron a trabajar para abrir la puerta de la bóveda.

Pronto, el acero fundido goteaba como lava, Murphy miró por el agujero humeante. Había cortado demasiado profundo y el dinero se estaba quemando. Mandó a Morgan por una manguera.

Murphy no lo sabía, pero Brinks tenía en la bóveda 54 millones de dólares esperando ser entregados a bancos, 12 millones de dólares para la Reserva Federal y 27 millones para cajeros automáticos, un total de 93 millones. Algunas de las bolsas estaban a solo centímetros de la puerta.

El dinero quemado olía horrible. Doucette comenzó a vomitar. Murphy instaló un ventilador para que expulsara el humo por el techo, y una vez que el agujero se enfrió, se colocó una mascarilla e ingresó a la bóveda.

El humo era tan sofocante que los tres se tomaron turnos para entrar por el agujero y sacar el dinero que pudieron. A las 8:45 a.m., dieron por terminado el trabajo. Cuando los guardias de Brinks llegaron media hora después, los billetes ardían en el aire.

Después de una parada en un hotel y un viaje de 12 horas de regreso a Lynn, sacaron el dinero y comenzaron a contar. Habían robado más de un millón de dólares en efectivo. Pero los billetes olían muy mal y muchos estaban dañados. Doucette roció aromatizante sobre ellos, pero no sirvió de mucho. Intentaron lavar algunos de los billetes en una lavadora, que solo los apelmazó en pelotas. Todavía no habían secado y planchado todo el dinero cuatro días después cuando, justo antes del amanecer, un total de 19 policías y agentes del FBI rodearon la casa de Murphy y entraron para arrestarlo.

Otro grupo siguió a Brown a una clínica de metadona, la detuvo y la interrogó. Con todo, los policías no tenían idea de que acababan de robar Brinks.

En la casa de Murphy, la policía encontró las llaves de dos cajas de seguridad y las rastreó hasta un banco en el cercano pueblo de Saugus, donde Zani encontró 27 anillos del Super Bowl. También encontraron documentos que incriminaban a David Nassor, una persona que había vendido piezas sustraídas de E.A. Dion a un comprador de oro. Tras arrestar a Nassor, este confesó que había hecho un viaje de reconocimiento a Ohio para estudiar un depósito de Brinks y que creía que Murphy lo había asaltado con Doucette y Morgan. Costello decidió visitar a Doucette y engañarlo. El agente del FBI le dijo al ladrón que sabía todo sobre el robo de Brinks, Doucette se quebró y aceptó cooperar.

El mejor trato que los fiscales le ofrecieron a Murphy fue 10 años de prisión por el robo de Brinks si se declaraba culpable, luego un juicio, y probablemente más tiempo en prisión, por el de E.A. Dion. Murphy no aceptó, decidió representarse a sí mismo y así llevar su defensa ante el jurado.

El 17 de octubre de 2011, Murphy se presentó ante un tribunal de Ohio, pasó la noche en su celda escribiendo una declaración de apertura. Era una situación complicada, según las reglas para rebajar la pena, su confesión no podría ser utilizada en su contra, a menos que se contradijera en la corte. Eso significaba que no podía negar directamente haber cometido el crimen. Doucette y Nassor se habían declarado culpables y acordaron testificar en su contra. “Nos atraparon porque él le dio a una chica de 20 años un anillo del Super Bowl, que se joda”, afirma Nassor.

Murphy decidió argumentar que él era algo así como un maestro del robo y que sus alumnos le habían tendido una trampa. “¿Han visto la película ‘The Town’?” le preguntó al jurado, refiriéndose a una cinta protagonizada por Ben Affleck. Luego les dijo que su ciudad natal, Lynn, estaba llena de ladrones profesionales, como el barrio de Charlestown, en Boston, de la película. Con tanto malhechor, el fiscal simplemente se había equivocado de hombre.

A pesar de su desempaño, el jurado encontró a Murphy culpable de todos los cargos y el juez dictó una sentencia de 20 años en una prisión federal por el atraco de Brinks, una pena que luego quedó en 13 años tras apelación. Doucette fue sentenciado a 27 meses por su papel, Nassor recibió tres años y Morgan 55 meses. Brown fue puesta en libertad condicional por recibir propiedad robada.

Le escribí a Murphy el año pasado. Había leído un poco sobre su caso y tenía curiosidad por saber si era fanático de los Patriotas como yo. Durante docenas de llamadas telefónicas, me contó su historia. El caso de E.A. Dion todavía no se resuelve, lleva una década en la corte estatal.

Desde 2009 se encuentra en prisión, y ha sido tiempo suficiente para ver a sus Patriotas ganar tres Tazones y perder otro ante los Gigantes. Asegura que se ha retirado por completo del crimen y el único plan que elucubra ahora es conseguir a alguien, de preferencia Ben Affleck, que lleve su libro Master Thief al cine. Sería como ‘The Town’, pero más emocionante, dice.

Murphy menciona que aún tiene algunos de los anillos de Super Bowl que robó en aquel entonces, incluido el que tiene el nombre de Strahan. Una vez libre, tal vez lo luzca en un dedo.

También cuenta que le gustaría abrir un dispensario de mariguana, ahora que es legal, o tal vez convertirse en un consultor de seguridad, pero en esta ocasión, de verdad.

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