La ‘dolce vita’ italiana podría estar cerca de su fin
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La ‘dolce vita’ italiana podría estar cerca de su fin

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La ‘dolce vita’ italiana podría estar cerca de su fin

bulletPese a sus malestares económicos, los italianos gozan aún de una riqueza heredada.

Bloomberg
23/03/2020
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En 2011, todos pensaron que Silvio Berlusconi había perdido sus cabales. Según los números, Italia estaba en problemas. La economía, abrumada por la deuda pública, amenazaba con derrumbar la zona euro. Los inversionistas pedían más rendimientos para comprar sus bonos soberanos, creían que en poco tiempo el país ya no podría depender del mercado para financiarse y tendría que pedir ayuda internacional. Los líderes de Alemania y Francia, así como la titular del Fondo Monetario Internacional, trataron de persuadir al primer ministro de Italia para que solicitara un rescate y aplicara reformas drásticas.

Pero Berlusconi apareció frente a las cámaras sin el menor asomo de inquietud. “Es una moda en los mercados atacar los bonos soberanos de Italia”, dijo. “Los restaurantes están llenos, es difícil encontrar lugar en aviones, los destinos vacacionales están reservados en los feriados. No creo que noten, si viven en Italia, que el país esté en crisis”. Los mercados no reaccionaron bien. Los rendimientos de los bonos italianos aumentaron y, menos de dos semanas después, el cuatro veces primer ministro había dimitido, reemplazado por el tecnócrata Mario Monti.

Sin embargo, Berlusconi pudo haber dado en el clavo. Casi una década después, Italia sigue siendo un país rico con un alto nivel de vida. Esto no es solo por el sol, el patrimonio cultural y la gastronomía que atrae turismo. La mayoría de los italianos viven en su propia casa (casi tres de cada cuatro viviendas están habitadas por sus propietarios) y las parejas rara vez tienen más de un hijo.

De hecho, Italia tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, con 1.32 hijos por mujer en 2017, lo que significa que los hogares tienen muchos más ingresos disponibles.

Dos de cada tres italianos tienen automóvil, uno de cada seis más de uno, y vacacionan al menos una vez al año. Pueden pagar gimnasios para mantenerse en forma y tutores privados para sus hijos. La propiedad de teléfonos inteligentes está entre las más altas del mundo. También gastan cantidades formidables en drogas ilegales y apuestas.

Al mismo tiempo, el país tiene un bajo desempeño económico crónico, atrapado en una parálisis política constante. El ingreso per cápita ha disminuido de forma constante en comparación con sus pares europeos. A pesar del episodio Berlusconi, no ha tenido que recurrir a un rescate financiero, a diferencia de Grecia, Irlanda, Portugal, España y Chipre.

En Italia, de alguna manera coexisten la dolce vita y la decadencia. El sociólogo Luca Ricolfi dice que Italia se está transformando en un tipo completamente nuevo de nación desarrollada que vive de la prosperidad acumulada. El país, afirma en su libro, se ha convertido en “una sociedad opulenta en la que la economía ya no crece y los ciudadanos que tienen acceso a la abundancia sin trabajar son más numerosos que los que trabajan”.

El libro de Ricolfi se llama La Societa Signorile di Massa, y no intentamos una traducción literal porque se perdería el sentido del signore medieval o renacentista: un noble, señor o miembro de la burguesía que vive de la herencia. La sociedad que Ricolfi describe es aquella en la que la mayoría de las personas viven del excedente producido por sus ascendientes y del trabajo de una clase inmigrante mal pagada y desfavorecida. No está hablando de los súper ricos y sus yates, aviones y mansiones, sino los de la casa, uno o varios autos, vacaciones y entretenimiento.

¿Cómo puede un país constantemente al borde del colapso económico y político sostener este nivel de prosperidad cotidiana? En pocas palabras: la riqueza acumulada durante la larga historia italiana y durante los años de bonanza que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Que casi todos posean su propia casa es solo un aspecto; los italianos de la tercera edad disfrutan de pensiones generosas, tanto que los ingresos de su cohorte de edad.

Los italianos, y los bancos donde depositan sus salarios y ahorros, son compradores de la deuda de Italia, que apuntala el valor de la propiedad, las pensiones y otros activos financieros del país. Esto a su vez mantiene la expansión de la riqueza privada. Y aunque los ingresos no han crecido, un hogar italiano tiene en promedio activos que valen casi seis veces su ingreso disponible, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Esto ha desembocado en un fenómeno preocupante. Un tercio de los italianos en edad de trabajar no tienen empleo, es decir, 13 millones de personas inactivas más los 16 millones de pensionados.

Con 24.8 por ciento, Italia tiene el número más alto de “ninis” en la Unión Europea. La participación femenina es la más baja del bloque también.

Si bien algunos no pueden evitar estar desempleados, para muchos es una cuestión de comodidad, según Ricolfi. La mayoría de las veces, para los jóvenes trabajar no vale la pena. De hecho, el beneficio económico que un trabajador italiano puede esperar de tener un título universitario es la mitad de lo que aguardaría en otros países desarrollados. A menudo tiene más sentido vivir de los salarios (o pensiones) de los padres y disfrutar la buena vida que luchar para encontrar un trabajo que no pague mucho y que ofrezca pocas esperanzas de avance.

Cuando Ricolfi mira la Italia de hoy, ve similitudes con la estratificada Edad Media, cuando una minoría de aristócratas vivía de su riqueza heredada, mientras que la mayoría trabajaba duro por poco dinero y la movilidad social era prácticamente inexistente. “Es importante recordar”, escribe, “que además del consumo excesivo que no está respaldado por ningún trabajo, las sociedades aristocratizadas se caracterizan por su inmovilidad”. Pero ahora esa aristocracia está compuesta por más de 30 millones de personas.

La riqueza distribuida del país se acumuló en gran medida en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, en el llamado “milagro económico”, cuando Italia pasó, de un salto, de una sociedad agrícola atrasada a un país industrializado. En las décadas de 1950 y 1960, la economía italiana creció a una tasa anual de 5 por ciento o superior, una tasa comparable a la de Alemania y Japón. Su producto interno bruto per cápita pasó de ser menos del doble del promedio mundial en 1960 a cuatro veces más en 2008.

Ese auge terminó en los años setenta, pero muchos italianos, a través de las pensiones y los empleos garantizados por el Estado, todavía están cosechando sus beneficios. “Todos aspiran a ser clase media”, afirma Rosamaria Bitetti, economista y politóloga de la Universidad LUISS de Roma.

Otra razón por la que muchos italianos pueden gozar de la dolce vita es porque la vida es un infierno para una minoría de trabajadores temporales y no registrados, así como para el servicio doméstico, las prostitutas y el crimen organizado. Ricolfi estima que un total de tres millones y medio de personas, en su mayoría inmigrantes, viven al margen de la sociedad. El sector informal de Italia, con un valor de 211 mil millones de euros en 2017, o 12.1 por ciento del PIB, ayuda a la población clasemediera al controlar los precios de los servicios, desde las renovaciones del hogar hasta el cuidado de los adultos mayores.

De modo que Berlusconi no estaba errado. No está amenazado el estilo de vida italiano, pero las matemáticas interferirán: la riqueza acumulada de Italia se agota y las presiones demográficas aumentan. Ya hay casi dos adultos mayores de 65 años por cada menor de 15 años, y la tasa de dependencia es del 36 por ciento, la segunda más alto del mundo, según el Banco Mundial.

Con este tejido demográfico, Italia no puede generar más riqueza. Tiene una economía estancada, desempleo crónico, baja productividad y una burocracia ineficiente. Su sistema de pensiones es el segundo más caro del mundo desarrollado, detrás de Grecia. Si a ello se le suma una de las poblaciones más envejecidas del planeta y una baja tasa de empleo, esto significa que una cohorte cada vez más reducida de trabajadores tendrá que mantener a más y más jubilados, que luego no podrán mantener a todos sus dependientes. “Somos lo suficientemente prósperos como para permitir que muchos se abstengan de trabajar, pero no somos lo suficientemente productivos como para permitirnos nuestra prosperidad actual a largo plazo”, escribe Ricolfi. “Durante medio siglo hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades”.

Italia ocupa el puesto 30 en el Índice de Competitividad Global 2019 del Foro Económico Mundial. Su deuda solo ha aumentado desde la crisis, y gobierno tras gobierno repiten las mismas promesas vacías, que la deuda bajará, quizás no este año, pero definitivamente el próximo. Mientras tanto, continúa la letanía de problemas, la mayoría de ellos estructurales, la mayoría de ellos bien conocidos, y la mayoría de ellos con soluciones ampliamente aceptadas, al menos entre los expertos, que ningún gobierno ha tenido el coraje de implementar.

Con todo, no está claro si Italia es un presagio para otros países ricos que bregan por crecer en medio de una fuerza laboral cada vez más reducida, un envejecimiento masivo y una floja productividad.

Grecia, aunque más pobre, enfrenta los mismos problemas. Francia, Bélgica y Finlandia presentan algunas similitudes con Italia en términos de desaceleración del crecimiento, pero sus economías y sociedades siguen siendo más dinámicas y sus poblaciones continúan creciendo.

No todos creen que Italia anticipe el destino de otras economías ricas. Para Paolo Guerrieri, profesor de economía en la Universidad de La Sapienza, Italia siempre ha sido y sigue siendo un país atrasado. “Algunas partes de Italia son una economía capitalista madura, pero la prosperidad no es generalizada y gran parte del país comenzó a rezagarse hace veinte años”, apunta. “Durante mucho tiempo hemos estado fundiéndonos nuestra riqueza adquirida”.

Alessandro Speciale