La pandemia trastoca el orden mundial y siembra desconfianza a su paso
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La pandemia trastoca el orden mundial y siembra desconfianza a su paso

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La pandemia trastoca el orden mundial y siembra desconfianza a su paso

bulletAunque el virus es una amenaza común, ya comienzan las peleas por el acceso preferente a una vacuna.

Bloomberg
18/06/2020
Actualización 18/06/2020 - 6:58
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Mientras el COVID-19 causa estragos en gran parte del mundo, los líderes políticos y los empresariales en diversos países ya han comenzado con el análisis sobre cómo será el mundo una vez que pase lo peor de la pandemia. Sin embargo, las previsiones no son buenas.

Gobiernos en crisis, hambre, economías destruidas y extremistas envalentonados son parte de los escenarios más oscuros posteriores a la pandemia. Incluso las perspectivas menos radicales tienen un tinte sombrío, anticipando el desmantelamiento de alianzas políticas y economías que no lograrán crecer lo suficiente como para mitigar el impacto de cientos de millones de empleos perdidos. Las grietas que se estaban formando antes del virus ya se están manifestando. Las disputas entre Estados Unidos y China sobre los orígenes y la respuesta al virus ahora amenazan un pacto comercial que ayudaría a la recuperación mundial. La pelea por la distribución de una vacuna que aún no existe está dividiendo a los aliados. Mientras la Organización de las Naciones Unidas (ONU) queda marginada, los gobiernos autocráticos han intensificado los ataques contra las libertades civiles. Las esperanzas de que los países puedan dejar de lado momentáneamente sus diferencias para combatir el coronavirus se han evaporado.

“Esta pandemia es lo más parecido a un asteroide que golpea la tierra en términos de una amenaza común”, dice Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Americana en Washington. “No solo no hay cooperación, se ha convertido en otro vector de rivalidad”.

El acceso a una vacuna será una de las primeras peleas. Las autoridades francesas estallaron recientemente cuando el director del gigante farmacéutico Sanofi dijo que EU sería el primero en recibir la potencial vacuna, porque ayudó a financiar la investigación. Muchos líderes mundiales, en cambio, arguyen que cualquier vacuna deberá ser un “bien público”, aunque inevitablemente algunas poblaciones tendrán un acceso más tardío al tratamiento.

Hay otras fracturas a la vista: Estados Unidos rechazó una reunión virtual encabezada por Europa el 4 de mayo para recaudar miles de millones de dólares para una vacuna, y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU no han podido acordar una resolución que inste a un alto al fuego global, en parte porque Estados Unidos se opuso a una referencia a la Organización Mundial de la Salud (OMS), que el presidente Donald Trump considera demasiado cercana a China.

En un nivel más profundo, existe una inquietud sobre las repetidas negativas de la administración Trump a relajar su campaña de sanciones económicas contra Irán y Venezuela, a pesar de las privaciones sufridas por esas poblaciones en la pandemia.

Como resultado, una clara víctima geopolítica del virus será la confianza en EU. Bajo la administración Trump, el desdén por las instituciones como la ONU, la OMS y la Organización Mundial del Comercio (OMC) solo se ha recrudecido durante el brote.

Esa postura agresiva más reciente (ejemplificada por el comentario del Secretario de Estado Michael Pompeo de que China “tiene un historial de infectar al mundo”), ha alimentado la opinión de que Estados Unidos está rompiendo totalmente con el mundo anterior al coronavirus, sin importar los resultados de la elección presidencial de noviembre.

Tras haber visto esa respuesta de “Estados Unidos primero” a la pandemia, muchas naciones se cuidarán de depender demasiado de Washington. La mayor economía del mundo, hogar de muchas de las mejores universidades e investigadores, fue incapaz de conseguir pruebas y equipos médicos para enfrentar al virus, que se ha cobrado más de 100 mil vidas en ese país.

Al mismo tiempo, los regateos de China a cambio de los muy necesarios equipos, a menudo de baja calidad, y su continua negativa a permitir una investigación completa sobre el origen del virus, hacen que sea una opción menos atractiva para las naciones atrapadas entre las superpotencias.

“El daño corrosivo es bastante profundo”, señala William Burns, exsubsecretario de Estado de Obama y ahora presidente del Carnegie Endowment for International Peace. “La crisis pandémica es un doloroso acelerador de muchas de las tendencias en el panorama internacional: fragmentación entre los estados, mayor tendencia a centrarse en el nacionalismo estrecho, recrudecimiento de la competencia de las grandes potencias y problemas regionales”.

También se ha producido otro daño potencialmente duradero. Argelia, que depende del petróleo para la mayoría de sus ingresos, anunció que redujo su presupuesto a la mitad en medio de la caída de los precios del crudo. Algunos expertos temen que una nueva ola de migrantes económicos huya de sus costas y cruce el Mediterráneo hacia Europa.

Según la ONU, la pandemia provocará una pérdida de 8 y medio billones de dólares en el PIB mundial y llevará a 130 millones de personas a la pobreza extrema. Hasta hoy, más de cien países han pedido ayuda al Fondo Monetario Internacional, pues el coronavirus los ha despojado de fuentes clave de ingresos, como el turismo.

Un ganador, incluso si Trump permanece en la Casa Blanca, es el llamado “gran gobierno” intervencionista. A nivel mundial, los gobiernos han destinado más de 8 billones de dólares para enfrentar el virus. Y más dinero viene en camino, pues Estados Unidos está considerando otro paquete de estímulo.

“Vamos a ver un mayor papel del gobierno en la economía porque esa es la única forma de reinyectarle algo”, dijo Nathalie Tocci, directora del centro de estudios internacionales Istituto Affari Internazionali en Roma. “El gobierno tendrá un peso más grande en la recuperación económica, pero también estará más atento para evitar adquisiciones hostiles, particularmente teniendo en mente a China”.

Mientras Estados Unidos todavía lidia con las repercusiones más graves del virus, China está tratando de crear una narrativa sobre la enfermedad con la vista puesta en el futuro. Desde los primeros días buscó silenciar a los críticos y a los médicos en casa que hablaron sobre el virus, y hoy desestima las peticiones de Australia y otros países con respecto a una investigación sobre los orígenes de la pandemia en Wuhan. Esas acciones han sido tan agresivas que varios países, entre ellos Nigeria, Kazajistán y Francia, se han quejado con los diplomáticos chinos.

“Ni China ni EU saldrán bien de esto”, apuntó Kathleen Hicks, vicepresidenta senior del Center for Strategic and International Studies. “La verdadera cuestión es cómo sopesan esos factores otros jugadores, ¿dudan del liderazgo de Estados Unidos?”.

Esos países se hallan cada vez más ante una elección difícil: aliarse más estrechamente con una de las dos opciones menos atractivas, o buscar cierta distancia de ambas, a pesar de la dependencia de la manufactura barata china y del capital estadounidense.

EU trata de romper su propia dependencia de China acelerando una reorientación que traería de vuelta a su territorio cadenas de suministro críticas, una idea que otras naciones también exploran.

“Muchos países están despertando la agresiva ‘diplomacia de las mascarillas’ del comunismo chino, y no les gusta. El daño a la reputación de China es irreparable”, dijo Keith Krach, subsecretario de Estado para asuntos económicos de Estados Unidos.

Eso abre la oportunidad a otros países mientras Beijing y Washington están distraídos, lo que el exprimer ministro australiano Kevin Rudd llamó “la próxima anarquía post-COVID” en un artículo de mayo en Foreign Affairs. Rusia es el primer interesado.

El presidente Vladimir Putin ha usado el caos del coronavirus para ampliar la influencia de su gobierno en Siria y Libia. “Todo esto es muy conveniente para Putin, quien no es tan fuerte como para ser el principal líder, pero puede jugar con una amplio abanico de socios”, expone Alexander Dynkin, presidente del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Internacionales en Moscú, un centro de expertos. “No habrá líderes mundiales por un tiempo”.

Con todo, en medio del pesimismo, algunos creen que la noción del fin del liderazgo estadounidense es realmente exagerada. Desde hace décadas se habla de su disminuida influencia en el mundo y, sin embargo, el país sigue siendo tan poderoso y rico como para reclamar ese papel, sin importar las ambiciones chinas.

“Hemos estado hablando sobre el fin del siglo estadounidense durante al menos veinte años”, aseveró Shadi Hamid, investigador del Brookings Institution. “Creo que ver esto como el final del momento estadounidense y decir que Estados Unidos nunca podrá recuperarse es simplemente una tontería y un exceso”.

Sea como sea, para los países pobres este es el peor momento para que las potencias del mundo peleen entre sí. En mayo, la ONU triplicó a 6 mil 700 millones de dólares la solicitud de fondos que espera recaudar para combatir el COVID-19 y sus efectos posteriores, frente a la cifra que pedía inicialmente, advirtiendo que “se avecina el espectro de múltiples hambrunas”.

En muchos países de África y América del Sur, otro temor es que ni siquiera se conozca el alcance real de la crisis. Brasil, donde el presidente Jair Bolsonaro ha minimizado la pandemia, tiene más de 206 mil casos reportados y más de 14 mil muertes, cifras que se creen subestimadas. No obstante, el gobierno sigue dispuesto a reabrir más sectores de la economía más grande de América Latina. Al mismo tiempo, Colombia está militarizando su frontera con Brasil para evitar la propagación de nuevos casos.

En África, la directora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en el continente, Ahunna Eziakonwa, alertó sobre “un colapso total de las economías y los medios de subsistencia”. Preocupa en especial Zimbabwe, donde más de la mitad de la población necesita ayuda alimentaria y la economía estaba en ruinas previo a la pandemia.

En esta evolución de los acontecimientos, lo que se vuelve claro es que el mundo después del coronavirus será muy diferente al de hace unos meses.

Con la rápida propagación de la pandemia en muchos países pobres antes del invierno del hemisferio sur, la crisis puede obligar a Estados Unidos y sus aliados a dejar de lado las prioridades de política exterior que han dado forma al primer mandato de Trump. Cuestiones que parecían importantes, como la campaña de “máxima presión” contra Irán o las diferencias con la Corte Penal Internacional, pueden palidecer frente a los efectos del virus.

Para Vali Nasr, profesor de la Universidad Johns Hopkins y asesor del Departamento de Estado en la administración de Obama, la suerte está echada: “no es Estados Unidos el que elegirá en qué quiere enfocarse, el coronavirus es el que decidirá”.

Nick Wadhams con la colaboración de David Wainer, John Follain, Stepan Kravchenko, Ilya Arkhipov, Ania Nussbaum y Sylvia Westall

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