Las broncas se le acumulan a Bolsonaro, mientras que el COVID-19 ‘arrasa’ a los brasileños
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Las broncas se le acumulan a Bolsonaro, mientras que el COVID-19 ‘arrasa’ a los brasileños

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Las broncas se le acumulan a Bolsonaro, mientras que el COVID-19 ‘arrasa’ a los brasileños

bulletUna actitud despectiva frente al virus y una crisis al interior de su gabinete han erosionado poco a poco el apoyo al mandatario.

Bloomberg / Shannon Sims
19/05/2020
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“¿Y qué? Lo siento. ¿Qué quieres que haga al respecto? No puedo hacer milagros”.

Esa fue la respuesta del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, el 28 de abril a la noticia de que su país había superado las 5 mil muertes por coronavirus y no fue exactamente alentadora.

Bolsonaro se ha esforzado por ser lo más contrario posible durante la pandemia, rechazando la orientación de salud pública, incluso cuando los hospitales de Brasil están abrumados y los sepultureros trabajan tan rápido como pueden para enterrar a los muertos.

Ahora, Brasil enfrenta una perspectiva aterradora. Semanas después del surgimiento de los casos de COVID-19 en otras partes del mundo, el número de personas con resultados positivos continúa aumentando en el país más grande de América Latina, sin un pico a la vista. Bolsonaro ha enfrentado estos tiempos extraordinarios en su forma típica: testarudo, hosco e indignante. Su negativa a abrazar el distanciamiento social, incluso para él mismo, pues regularmente camina a través de mercados públicos abarrotados, lo ha convertido en un caso atípico global.

No está solo: el presidente Donald Trump, al principio, negó la seriedad de la pandemia y quiso que se terminara el distanciamiento social en Semana Santa.

Andrés Manuel López Obrador también hizo caso omiso de la precaución; a mediados de marzo seguía abrazando y besando a sus seguidores mientras aumentaba el recuento global de cuerpos. Pero ningún líder ha rechazado la orientación médica del COVID-19 como Bolsonaro.

Antes de soltar su ahora famoso “¿Y qué?”, Bolsonaro minimizó constantemente la gravedad de la pandemia. Desde marzo lo ha llamado “exagerado”, “una no-crisis”, una “fantasía” inventada por los medios de comunicación, y solo una “pequeña gripe”, todo a pesar del hecho de que la mayoría de su séquito que fue a una visita a EU contrajo el virus y varios de ellos enfermaron. Cuando los gobernadores brasileños trataron de controlar el brote con confinamiento, los reprendió por dañar la economía.

Bolsonaro prospera con reacciones violentas, por lo que cuando la gente comenzó a criticarlo por no usar un cubrebocas cuando saludó a sus seguidores, volvió a arremeter. “No se sorprenda si me ve en un vagón de metro lleno en São Paulo o en un ferry en Río”, dijo. “Es una demostración de que estoy con la gente”. Y cuando su ministro de Salud lo contradijo al respaldar las medidas de distanciamiento social, Bolsonaro lo despidió.

Mientras tanto, Brasil está viendo crecer su número de casos de COVID-19 a un ritmo más rápido que Estados Unidos o Reino Unido. A partir del 6 de mayo, el Ministerio de Salud reportó casi 116 mil casos y 7 mil 958 muertes. Al mismo tiempo que los centros comerciales comenzaron a reabrir en respuesta a las reprimendas del presidente, el secretario de Salud del estado de Río de Janeiro calificó la curva de contagios como “fuera de control”.

Una crisis de salud pública como la que enfrenta Brasil sería un gran obstáculo para cualquier presidente. Pero el coronavirus es solo uno de los problemas de Bolsonaro. También está enredado en una grave crisis política.

En 2018, Bolsonaro fue elegido ampliamente con una plataforma anticorrupción, antisistema y pro-familia nuclear en una ola de populismo. Desde entonces, ha cargado con una base de seguidores formada por los militares, la élite rica y la derecha religiosa. Los acontecimientos recientes dentro del gobierno han dividido esa base, han desorganizado el gabinete de Bolsonaro, estancado su agenda política, exacerbado su mala relación con el Congreso y lo han dejado en una batalla con la Suprema Corte y bajo una investigación criminal federal.

Las cosas se resolvieron en dos cortas semanas: el 16 de abril, Bolsonaro despidió a su ministro de Salud. El 24 de abril, su ministro de Justicia, Sergio Moro, el político más popular de Brasil, renunció y acusó a Bolsonaro de tratar de reemplazar al jefe de la policía federal con alguien más cercano a él. Bolsonaro ha negado la acusación (la policía federal ha llevado a cabo investigaciones que podrían implicar a los hijos del presidente). Tres días después de eso, la Suprema Corte permitió que los fiscales federales abrieran una investigación sobre los reclamos de Moro. Y el 29 de abril, el tribunal bloqueó a Bolsonaro de nominar a un aliado cercano como el nuevo jefe de la policía federal.

El drama tiene muchos observadores que se preguntan cómo va a soportar esto el país. En una videoconferencia para una revista legal el 4 de mayo, tres expresidentes brasileños: Michel Temer, Fernando Henrique Cardoso y Fernando Collor de Mello, coincidieron en que una crisis institucional podría estar en camino. Las palabras de Bolsonaro han “creado inquietud y exasperación” en un momento en que el país necesita “paz”, dijo Collor.

Luego está la economía, que había estado fallando cuando Bolsonaro asumió el cargo con su promesa de inculcar reformas liberales. Ahora, esos esfuerzos han sido eliminados o puestos a un lado. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional prevén que la economía brasileña se contraerá un 5 por ciento en 2020. El real ha perdido casi el 30 por ciento de su valor este año, el peor desempeño entre las principales monedas del mundo. Boeing canceló un acuerdo muy esperado de 4.2 mil millones de dólares con Embraer, un conglomerado aeroespacial cuyas acciones forman parte del índice bursátil de referencia de Brasil. Y también existe una preocupación generalizada de que el ministro de Economía, Paulo Guedes, el timón neoliberal del barco de Brasil, pueda renunciar próximamante.

“No necesitamos agregar una crisis política a la gran crisis económica y de salud que ya estamos enfrentando”, dijo el 5 de mayo Candido Bracher, presidente de Itaú Unibanco Holding SA, durante una conferencia de prensa.

Como era de esperar, la popularidad de Bolsonaro se ha visto afectada, especialmente después de la partida de Moro. Una reciente encuesta de opinión de XP mostró su desaprobación en un máximo histórico de 42 por ciento. La mayoría de los encuestados, el 67 por ciento, vio que la salida de Moro tenía un impacto negativo en el país, y el 49 por ciento dijo que espera que el resto de la administración de Bolsonaro sea “mala” o “terrible”.

Sin embargo, cada fin de semana, muchos de sus partidarios se envuelven en banderas brasileñas en la capital, Brasilia, con carteles que exigen el “cierre” del Congreso, calificando a la Suprema Corte de “vergüenza nacional” y, a veces, incluso piden el regreso al gobierno militar. Por ahora, Bolsonaro “todavía tiene su base de apoyo”, afirma Mauricio Santoro, profesor de política en la Universidad Estatal de Río de Janeiro, “pero absolutamente perderá algunos de ellos debido a esto”. Las próximas elecciones presidenciales son hasta 2022, pero las municipales de octubre podrían ofrecer una visión del futuro.

Es improbable que Bolsonaro sea destituido en el corto plazo, a pesar de que más de 30 solicitudes para su juicio político han llegado al escritorio del presidente de la cámara baja, Rodrigo Maia. Maia ha pisado los frenos, diciendo el 27 de abril que el Congreso debe tener “paciencia y equilibrio para lidiar con lo que es más importante: la vida, el empleo y los ingresos de los brasileños”. Parece que hay un límite para la cantidad de crisis que Brasil puede soportar a la vez.