Las ciudades ricas de EU dejan a miles sin un hogar
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Las ciudades ricas de EU dejan a miles sin un hogar

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Las ciudades ricas de EU dejan a miles sin un hogar

Una combinación tóxica de lento crecimiento en los salarios y alquileres cada vez más altos ha puesto la vivienda fuera del alcance de un mayor número de personas.

Bloomberg Por Noah Buhayar y Esmé E. Deprez
28/01/2019
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Era una noche nublada de septiembre en Los Ángeles, L. estaba cansada de un largo día de trabajo, de impartir clases y calificar trabajos. Así que la profesora de antropología de 57 años le dio de cenar a su chihuahua cruza con dachshund, se puso unos pantalones cómodos y comenzó a hacer la cama con un juego de sábanas y una manta de algodón.

Pero primero tuvo que reclinar hasta el máximo el asiento del copiloto de su Nissan Leaf 2015, esa era su cama en el estacionamiento que desde hace tres meses fungía de hogar. Escuchaba The Late Show con Stephen Colbert en su iPad mientras conciliaba el sueño. “Es como dormir en un avión, aunque no en primera clase”, dijo. “No quiero estar más cómoda, quiero salir de aquí”.

L., quien pidió el anonimato por temor a perder su empleo, no pudo pagar su departamento al no conseguir suficientes clases en dos centros comunitarios de educación superior. Para julio, había agotado sus ahorros y acudió a una organización sin fines de lucro llamada Safe Parking L.A., que tiene varios lotes en la ciudad equipados con guardias de seguridad, baños, wifi y cargadores eléctricos que funcionan con energía solar.

Dormir en su automóvil le permitiría ahorrar dinero para dar el depósito de un departamento. Esa noche, a fines de septiembre, en la cancha de basquetbol propiedad de una iglesia episcopal en Koreatown, ella era una de 16 personas que vivían en 12 vehículos. Diez eran mujeres, dos eran niños y solo la mitad tenía empleo.

El encabezado del comunicado de prensa que anuncia los resultados del último censo del condado de las personas sin casa tiene un tono optimista: “La población sin hogar en 2018 registra la primera disminución en cuatro años”.

En cierto modo, es cierto. La cifra de los sintecho disminuyó en un 4 por ciento, un número récord se ubicó en viviendas y el sinhogarismo crónico disminuyó en dos dígitos. Pero el problema no se ha ido.

La población sintecho sigue siendo alta, hoy son 52 mil 765 personas, 47 por ciento más que en 2012. Los que se quedaron sin hogar por primera vez aumentaron 16 por ciento respecto al año pasado, a 9 mil 322 personas, y el condado brindó refugio a 5 mil personas menos que en 2011.

Todo eso ocurre en un año en que la economía angelina, como la del resto de California y Estados Unidos, va viento en popa. Y eso es parte del problema. Las estadísticas federales muestran que el fenómeno del sinhogarismo ha disminuido en general en la última década, mientras el país se recuperaba de la Gran Recesión, el mercado de valores alcanzaba máximos históricos y el desempleo caía a un mínimo generacional. Sin embargo, en muchas ciudades, el problema se ha disparado.

Es más marcado y visible en el oeste estadounidense, donde la escasez de albergues obliga a las personas a dormir en sus vehículos o en la calle. En Seattle, la cantidad de personas sintecho “en situación de calle” en una sola noche en enero aumentó 15 por ciento este año en relación con 2017, en ese mismo lapso el valor de Amazon.com Inc., uno de los principales empleadores de la ciudad, aumentó 68 por ciento, a 675 mil millones de dólares.

En California, la cuna de Apple, Facebook y Google, cerca de 134 mil personas fueron calificadas sintecho durante el censo anual del Departamento de Vivienda en enero de 2017, un aumento del 14 por ciento con respecto al año 2016. Y alrededor de dos tercios de ellas estaban en situación de calle, la tasa más alta de la nación (la situación de calle o condición de ‘unsheltered’ abarca tanto a los que viven a la intemperie como los que viven en vehículos, áreas degradadas u otros espacios que no fueron diseñados para vivienda).

Al menos diez ciudades en la costa oeste han declarado estados de emergencia en los últimos años. San Diego, California, y Tacoma, Washington, respondieron instalando carpas, como las usadas en las zonas de desastre, para brindar refugio a sus sintecho. Seattle y Sacramento pueden ser las siguientes.

La razón por la que la situación ha empeorado es fácil de entender, incluso si no hay una solución fácil: la combinación tóxica de lento crecimiento de los salarios y los alquileres cada vez más altos ha puesto la vivienda fuera del alcance de un mayor número de personas. Según el gigante del crédito hipotecario Freddie Mac, la proporción de unidades de alquiler asequibles para personas de bajos ingresos cayó 62 por ciento desde 2010 a 2016.

El aumento de los costos de la vivienda no predestina a las personas a carecer de techo. Pero sin las intervenciones adecuadas, la conexión puede volverse maligna.

El estudio realizado por Zillow Group Inc. el año pasado reveló que un aumento del 5 por ciento en las rentas en Los Ángeles se traduce en unas dos mil personas más sin hogar, una de las correlaciones más altas en Estados Unidos.

La renta media para un departamento de un dormitorio en la ciudad angelina era de 2 mil 371 dólares en septiembre, 43 por ciento más con respecto a 2010. De manera similar, la consultora McKinsey & Co. concluyó hace poco que el aumento de los precios de la vivienda se encontraba 96 por ciento correlacionado con la creciente población sintecho en Seattle.

Incluso los escépticos han tenido que aceptar la relación. “Durante mucho tiempo argumenté que el problema de las personas sintecho no se debía a los alquileres. Ya no puedo argumentarlo más”, reconoce Joel Singer, director de la Asociación de Agentes Inmobiliarios de California.

El sinhogarismo atrajo inicialmente la atención nacional en la década de 1980, cuando los menguados ingresos, los recortes a los programas de ayuda social y la falta de viviendas asequibles sumieron a las personas en la crisis. El presidente Ronald Reagan ofreció el dudoso argumento de que el sinhogarismo era una opción de estilo de vida. Sin embargo, para mediados de la década de 2000, el gobierno federal estaba adoptando un enfoque más productivo. La administración de George W. Bush abogó por un modelo que priorizaba la vivienda, consistente en conseguir un refugio permanente para las personas antes de ayudarlas con una farmacodependencia o enfermedad mental. Barack Obama amplió ese esfuerzo en su primer mandato y, en 2010, prometió poner fin al sinhogarismo crónico y de veteranos en cinco años y al sinhogarismo de menores y familias en diez años.

El aumento de los costos de la vivienda es en parte responsable de que esos plazos no se cumplieran. La propuesta del gobierno de Trump de subir los alquileres de las personas que reciben vales federales de vivienda, y exigir que tengan trabajo, solo haría más inalcanzables esas metas. Hace tiempo que la demanda de asistencia para alquiler es mayor que la oferta, las personas que desean ayuda deben esperar años para obtenerla. Pero incluso los afortunados que reciben esos vales tienen problemas para usarlos en mercados inmobiliarios al alza. Una encuesta hecha por el Urban Institute este año descubrió que más de tres cuartas partes de los arrendadores en Los Ángeles rechazaron a inquilinos que reciben asistencia para alquiler.

La situación no es tan mala en todo el país. Houston, la cuarta ciudad más poblada, ha reducido su población sintecho a la mitad desde 2011, en parte construyendo más viviendas para ellos. Eso ha amortiguado el efecto del aumento de las rentas, según Zillow. Mientras tanto, la organización sin fines de lucro Community Solutions ha trabajado con Chicago, Phoenix y otras ciudades para recabar datos en tiempo real sobre sus poblaciones sintecho para que puedan coordinar mejor sus intervenciones y priorizar el gasto. El enfoque ha puesto fin al sinhogarismo de veteranos del ejército en ocho comunidades, incluido el condado de Riverside en California.

Se necesitan más recursos en los lugares donde el problema es más acuciante. McKinsey calculó que para dar a las personas un techo adecuado, Seattle tendría que aumentar su gasto a 410 millones de dólares al año, el doble de lo que ahora gasta. No obstante, esa cifra es menor a los mil cien millones de dólares que la consultora estima que cuesta el sinhogarismo “como resultado de la vigilancia adicional, la pérdida de turismo y negocios, y la frecuente hospitalización de quienes viven en las calles”. Estudios tras estudios, desde California a Nueva York, han llegado a conclusiones similares. “No hacer nada cuesta más dinero”, afirma Sara Rankin, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Seattle y directora del Proyecto Homeless Rights Advocacy.

Luego está el argumento moral. “Es indignante para mí que en un país con tanta riqueza haya personas que carezcan incluso de lo básico para sobrevivir”, dice Maria Foscarinis, fundadora y directora del National Law Center on Homelessness & Poverty. Esa llamada humanitaria fue parte de la estrategia en los años ochenta, cuando ella y otros activistas ayudaron a impulsar la primera legislación federal importante para combatir el sinhogarismo. Su organización ha liderado el combate contra las leyes que criminalizan a quienes duermen en lugares públicos, una de las formas más arteras en que los políticos han abordado la crisis.

En julio, el Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos del Noveno Circuito afirmó la inconstitucionalidad de tales prohibiciones en un caso que el grupo de Foscarinis (junto con Idaho Legal Aid Services y Latham & Watkins) presentó contra dos ordenanzas de ese tipo en Boise. “Mientras no tengan la opción de dormir a cubierto, el gobierno no puede criminalizar a las personas indigentes y sintecho por dormir a la intemperie, en propiedad pública, con la falsa premisa de que tenían una opción”, escribió el tribunal. El fallo ha suscitado que ciudades como Portland, Oregon y Berkeley cambien sus políticas.

En Los Ángeles, el alcalde Eric Garcetti ha luchado para agregar más albergues y viviendas de asistencia, y los residentes han aceptado pagar más impuestos para elevar esa financiación en más de mil millones de dólares. Pero los esfuerzos de construcción a menudo se ven retrasados o bloqueados por vecinos que no quieren cerca a personas sintecho o de bajos ingresos. Ese filón de nimbyismo o “vecinocracia”, motivada por el temor a la caída del valor de la propiedad, la ignorancia, el racismo o la preocupación por la delincuencia, puede ser ruin.

Los opositores a los albergues para los sintecho han llevado su protesta a las calles, como ocurrió en los barrios angelinos de Koreatown y Venice. En febrero, Los Angeles Times imploró a Garcetti que “se fajara” y señaló que su legado y su futuro político “dependerán de la forma en que maneje esta colosal crisis urbana” (Garcetti, quien asumió la alcaldía en 2013, está considerando la candidatura presidencial en 2020).

El portavoz de Garcetti, Alex Comisar, dice que la ciudad espera tener 15 nuevos refugios de emergencia abiertos para mediados de 2019 y va muy avanzada en la meta de construir cien mil nuevas unidades de vivienda para 2021. “El sinhogarismo es el gran desafío de nuestro tiempo”, dice, “y ponerle fin es la principal prioridad del alcalde Garcetti”.

Para apaciguar a los votantes enojados, las autoridades a menudo se conforman con soluciones que únicamente son temporales, como desmantelar campamentos de carpas y limpiar las calles. La alcaldesa de San Francisco, London Breed, recientemente apareció en el New York Times con una escoba en la mano barriendo la cuadra “más sucia” de la ciudad. En otros lugares, simplemente hay un vacío de liderazgo en la coordinación del mosaico de agencias, organizaciones sin fines de lucro y entidades religiosas que intentan ayudar.

Tras un año de reportajes sobre el sinhogarismo en la región de Puget Sound, el Seattle Times lo expresó sin rodeos: “Nadie está a cargo”.

Mientras tanto, las empresas responsables de gran parte de la fortuna económica de la zona, así como del aumento del costo de la vivienda, reaccionan lento. El CEO de Amazon, Jeff Bezos, destinó en septiembre una fracción de su aporte filantrópico de 2 mil millones de dólares a los servicios para personas sin hogar, pero unos meses antes su compañía combatió agresivamente un impuesto sobre los grandes empleadores en Seattle que hubiera recaudado menos de 50 millones de dólares anuales para el mismo propósito.

Culpar a las personas que están tratando de rehacer su vida es quizás la forma menos productiva de resolver la crisis. Allí tenemos el ejemplo de Mindy Woods, una madre soltera y veterana del ejército que vive en un suburbio de Seattle. En 2010 desarrolló enfermedades autoinmunes que le causaron tanta fatiga crónica y dolor que tenía dificultades para trabajar en la compañía de seguros donde vendía pólizas de discapacidad. “Yo era un desastre. Tuve que renunciar a mi trabajo”. Para pagar el alquiler del apartamento donde vivía con su hijo, hacía de niñera, cuidaba a las mascotas de los vecinos y dirigía un grupo de jóvenes en el programa Camp Fire. Aun así, ella y su hijo tuvieron que abandonar el apartamento debido a una grave plaga de moho, y pasaron ocho meses durmiendo en sofás de amigos, moteles y albergues. Tan solo mantener refrigerada la insulina para la diabetes de su hijo era un desafío.

Finalmente fueron aceptados en una vivienda de transición, donde permanecieron por tres años y medio. Pero en 2015 su arrendador dejó de aceptar vales de ayuda. Woods se movió rápido para hallar a otro casero que aceptara su vale antes de que venciera. Pero sus solicitudes fueron rechazadas. “La discriminación estaba viva y coleando”, dice. Otros ocho meses pasaron. Cuando por fin encontró un apartamento, no había espacio para su hijo. No tenían más remedio que separarse, y ahora él vive cerca. Woods se eriza cuando la gente culpa a las personas sintecho de su situación. “No tiene nada que ver con drogas, con enfermedades mentales, con personas flojas”, dice. “Hicimos todo lo que pudimos para tener casa”.

El día de las elecciones en noviembre, los votantes de la costa oeste dejaron claro que querían ayudar. En Portland, una medida para recaudar más de 650 millones de dólares para viviendas asequibles ganó con holgura. En California, se aprobaron 6 mil millones de dólares en bonos para construir más viviendas para personas sintecho y de escasos recursos. Y en San Francisco, los votantes apoyaron una medida, respaldada por el presidente de Salesforce.com Inc. Marc Benioff, para aumentar los impuestos a los empleadores para pagar los servicios para personas sin hogar. Estos son pasos positivos, pero el difícil trabajo de asegurar que el dinero sirva para dar techo a las personas apenas comienza.