¿Quién mató la inflación?
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¿Quién mató la inflación?

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¿Quién mató la inflación?

El silencio de este fantasma desconcierta a bancos centrales y economistas. Algunos la dan por muerta, otros creen que regresará.

Bloomberg / Peter Coy
20/05/2019
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Si la economía fuera literatura, la historia de lo que le sucedió a la inflación estadounidense sería una fascinante novela policiaca. ¿La inflación murió por causas naturales, a consecuencia de una débil economía, por ejemplo? ¿Fue asesinada por el banco central, que usó las altas tasas de interés como arma homicida? ¿O no está muerta en absoluto, sino solo acechante, y regresará con más fuerza?

Como cualquier novela de misterio, esta tiene un giro. ¿Qué pasaría si la derrota de la inflación resultara contraproducente para el propio banco central, haciéndolo parecer prescindible? Lejos de reconocerle un buen trabajo, está bajo un ataque populista. “Si la Fed hubiera hecho su trabajo correctamente, cosa que no ha hecho, el mercado de valores habría subido entre 5 mil y 10 mil puntos adicionales, y el PIB estaría muy por encima del 4 por ciento en lugar del 3 por ciento con inflación casi nula”, tuiteó el 14 de abril el presidente Donald Trump. El 5 de abril, citando a Freddie Mercury, dijo que la economía despegaría como “un cohete” si la Fed relaja sus políticas.

Lo irónico de la crítica de Trump es que, según los históricos, el banco ha tenido una política “dovish” o laxa, es decir, inclinada a mantener las tasas bajas para estimular la economía. Tras décadas de esfuerzo para reducir la inflación, incluso a costa de ocasionar recesiones y, finalmente, lograrlo, los bancos centrales de las economías desarrolladas han pasado los últimos diez años dando marcha atrás para combatir la inflación, con poco éxito. En una conferencia de prensa en marzo, el presidente de la Reserva Federal Jerome Powell admitió que la baja inflación es “uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo”.

Como reconoce Powell, una inflación persistentemente baja es difícil de explicar usando la teoría macroeconómica estándar. Las presiones sobre los precios fueron débiles tras la crisis financiera mundial porque hubo una desaceleración económica, con la consiguiente infrautilización de fábricas y trabajadores.

Lo que sorprende ahora es que incluso después de una de las expansiones económicas más largas en la historia de EU, la inflación sigue siendo baja. La Fed ha incumplido repetidamente el objetivo inflacionario que fijó en enero de 2012 de una variación anual de 2 por ciento en el índice de precios al consumidor. Una vez excluidos los volátiles precios de los alimentos y la energía, la inflación ha alcanzado la meta solo un mes en los últimos siete años.

En enero, Powell señaló que la economía parecía tan fuerte como para soportar dos aumentos de un cuarto de punto en las tasas de interés en 2019, adicionales a los cuatro aumentos en 2018. Pero la inflación se ha ubicado nuevamente por debajo de las expectativas de la Fed, y las dos alzas de tasas previstas para 2019 ya no aparecen en sus proyecciones.

Si bien una inflación de cinco dígitos es destructiva, un poco de inflación engrasa el motor del comercio. Un poco de inflación permite que las empresas bajen los sueldos de los trabajadores, pues mantener los salarios sin cambio equivale a una reducción del salario real. Un poco de inflación es útil para los bancos centrales porque les ayuda a combatir las recesiones. Para estimular los préstamos, les gusta recortar sus tasas de referencia muy por debajo de la tasa de inflación. Pero no tienen espacio para hacerlo si la tasa está por encima de cero.

Entonces, ¿quién, o qué, mató a la inflación? Cada vez hay más pruebas de que el asesino no fue la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Japón, a pesar de que los banqueros centrales suelen creer el dicho de Milton Friedman de que “la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”.

Investigadores descubrieron que la baja inflación es consecuencia de la globalización, la automatización o la desindicalización que merman el poder de los trabajadores para negociar salarios más altos.

En otras palabras, el capitalismo mató a la inflación. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el economista polaco Michal Kalecki describió la inflación como el resultado de la lucha entre los salarios de los trabajadores y los beneficios corporativos. Si los trabajadores logran grandes aumentos salariales, sus empleadores recuperan los costos aumentando los precios, obligando a los trabajadores a pedir más aumentos, y así sucesivamente en una espiral de salarios y precios. Por el contrario, si los trabajadores tienen poca o ninguna capacidad de influencia, como ocurre ahora en muchas industrias, la espiral de salarios y precios nunca se detona. El análisis marxista de Kalecki sobrevive en la Teoría Monetaria Moderna, un sabor al cual le han tomado el gusto políticos demócratas liberales como el senador Bernie Sanders de Vermont y la representante Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York.

Sorprendentemente, incluso la Reserva Federal ha considerado que la inflación pudiera estar relacionada con una especie de lucha de clases. Richard Clarida, economista de la Universidad de Columbia que comenzó en septiembre su mandato de cuatro años como vicepresidente de la Reserva Federal, suele subrayar la disminución de la participación de los trabajadores en el ingreso nacional, que se ubicaba en un rango del 68 al 71 por ciento entre 1970 y 2010 y se redujo al 66.4 por ciento al término de 2018. Su argumento es que las empresas podrían otorgar a los trabajadores un aumento salarial sin elevar los precios de los bienes y servicios, siempre que estuvieran dispuestas a devolver parte de ese aumento en la participación en el ingreso nacional.

Con una inflación muerta o dormida, los bancos centrales reciben ataques de la izquierda y de la derecha por no hacer más para estimular el crecimiento. Stephen Moore, propuesto por Trump para cubrir una vacante en la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal, ha dicho que “cientos” de economistas de la Reserva Federal deberían ser despedidos. “Lo diré de nuevo: el crecimiento no causa inflación”, dijo a Bloomberg Television en abril. “Lo sabemos. Cuando hay una mayor producción de bienes y servicios, los precios bajan”, dijo. El discurso de Moore es un argumento del lado de la oferta, a saber, que el crecimiento sube la capacidad productiva de la economía tanto como el lado de la demanda, por lo que no existe una presión al alza sobre los precios.

En opinión del economista de Harvard Lawrence Summers, una inflación persistentemente baja es un síntoma de un estancamiento secular. Dado que las tasas de interés ya son bajas, una terapia para esa situación es una política fiscal agresiva, asegura Summers, ex secretario del Tesoro del presidente Bill Clinton y director del Consejo Económico Nacional del presidente Barack Obama.

No es un partidario de recortes impositivos de Trump, pero dice que el gobierno federal debería subir la inversión pública. Alemania y países del norte de Europa que tienen poca deuda están bien posicionados para gastar más y ayudar a impulsar el crecimiento mundial, sostiene Mohamed El-Erian, principal asesor de Allianz SE. Lo que significa que la baja inflación continuará por unos años. En una presentación en el Peterson Institute for International Economics, Summers dijo que las principales economías lidiarán con una baja inflación y tasas de interés bajas “al menos por otros diez a quince años”.

Una de las razones de la baja inflación es que está relacionada con el envejecimiento de las sociedades, dice Adam Posen, líder del Peterson Institute. Otra razón que explica por qué la inflación se ha mantenido baja a pesar de que el desempleo ha disminuido es que las empresas tienen nuevas formas de contener salarios. Juan Salgado, rector de la red de escuelas comunitarias City Colleges of Chicago, dice que empleadores como Accenture Plc y Aon Plc reclutan a personas con carreras técnicas para trabajos que antes reservaban a aquellos con un título universitario, y posteriormente refuerzan con capacitaciones.

La teoría macroeconómica estándar sostiene que no importa cuánto ingenio le echen los empleadores, los mercados laborales ajustados con el tiempo dan lugar a salarios más altos y a una inflación general. Un artículo de abril escrito por Joseph Gagnon y Christopher Collins, del Peterson Institute, afirma que el desempleo en EU ha llegado a un nivel lo suficientemente bajo como para que pueda haber “aumentos moderados de la inflación en los próximos años”. Pero los autores añaden que también podría haber pocos cambios. Mientras tanto, un artículo de enero escrito por Olivier Coibion, de la Universidad de Texas en Austin, y Yuriy Gorodnichenko y Mauricio Ulate, de la Universidad de California en Berkeley, concluye que no encuentra “ninguna evidencia de que la inflación esté a punto de aumentar”.

Ante este escenario, una nueva idea que gana fuerza es que los bancos centrales sacrifiquen un poco su autonomía y coordinen sus esfuerzos con las autoridades fiscales. En opinión de Posen, si el gobierno toma grandes proyectos en áreas como la energía limpia o la atención sanitaria, podría incitar al sector privado a seguir su ejemplo. Eso pondría a la economía en una senda de mayor crecimiento, dice.

La Reserva Federal sabe que su credibilidad peligra, por ello lanzó la serie de eventos públicos “Fed Listens”, que culminará con una conferencia en el Banco de la Reserva Federal de Chicago el 4 y 5 de junio. Los temas incluirán la estrategia de política monetaria, las herramientas para gestionar la economía y las prácticas de comunicación. Los funcionarios del banco central ya han dejado claro que, a pesar de las nuevas ideas, aún no están listos para escribir el obituario de la meta de inflación del 2 por ciento.

Con la colaboración de Matthew Boesler, Rich Miller y Craig Torres