La industria cultural, un sector agraviado en México
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La industria cultural, un sector agraviado en México

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La industria cultural, un sector agraviado en México

Para un país como el nuestro, con índices de pobreza alarmantes y una gran dependencia en el turismo, invertir en la cultura debería ser una prioridad.

Por | Veka Duncan
11/02/2019
Actualización 11/02/2019 - 15:57
Algunas de las exposiciones han rebasado las expectativas de afluencia en los años recientes.
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La cancelación del NAIM sigue siendo un tema central del debate público, una discusión que culminó con una marcha de luto por la derrama económica que el país perderá si no se concluye su construcción. En 2017, la industria aérea civil aportó el 2.9 por ciento del PIB. Existe otra industria que aportó más y ha padecido una sistemática precarización a lo largo de los últimos años, pero por la que nadie marcha en luto: la industria cultural, que en 2017 aportó el 3.2 por ciento del PIB.

México ha apostado durante años en las industrias pesadas como eje de su estrategia económica, pero basta darse una vuelta por las ciudades industriales del país para comprobar que el empleo en estas industrias no necesariamente genera prosperidad. En un momento en el que la maquila mexicana se ha visto continuamente amenazada –particularmente la automotriz durante la negociación del TLC– sorprende que nadie sugiriera apostar por las industrias culturales, o creativas, como una posible estrategia de desarrollo. Sorprende porque, a la luz de los números, las industrias creativas parecieran ser un motor económico bastante atractivo. Haciendo un breve comparativo con la industria automotriz, por ejemplo, generó 839 mil 571 empleos en 2017, mientras que la cultura empleó a 1 millón 384 mil 161 personas. A esto habría que agregar que tan sólo hay una diferencia de 0.5 por ciento del PIB entre ambas, con la automotriz contribuyendo un 3.7 por ciento el mismo año.

A primera vista, pareciera que a las industrias culturales mexicanas no les va nada mal; es común ver filas de visitantes afuera de los museos de arte de la Ciudad de México (el Museo del Palacio de Bellas Artes, por ejemplo, reportó más de 100 mil visitantes a su reciente exposición de Kandinsky) y las películas mexicanas (léase Roma) son galardonadas alrededor del mundo. Sin embargo, en la práctica, el sector cultural es continuamente castigado presupuestalmente y, curiosamente, las dos actividades que parecen ser las más visibles, las artes plásticas y el cine, son algunas de las más ignoradas.

Al ver los números, las felicitaciones por las nominaciones que ha recibido Roma o el orgullo por Diego Rivera y Frida Kahlo no parecen ser más que discurso. De acuerdo a un estudio del Inegi, del total del gasto en bienes y servicios del sector en 2017, sólo el 1.2 por ciento se ejerció en las artes visuales y plásticas; este gasto fue realizado en su mayoría por los hogares, es decir, que el público aportó un 80.1 por ciento, mientras que el Estado sólo un 9.7 por ciento.

En el actual presupuesto de Cultura, el cine fue de los sectores más afectados, con una disminución total de 50 millones en comparación con el último año, considerando las diversas instituciones que conforman este sector.

En México existe una larga tradición de pensar que la cultura debe ser deficitaria. En este sentido, quizás habría que reflexionar cómo nuestras propias actitudes –y de las propias autoridades culturales– afectan cómo y cuánto se invierte en el sector. Pareciera que a veces nosotros mismos nos ponemos el pie, pues es común escuchar que, por la nobleza atribuida a las producciones culturales, estas deberían ser ajenas a las banalidades del lucro. En otras palabras, se asume que quienes formamos parte de las industrias creativas trabajamos por un honorable amor al arte. Sin duda el trabajo en el sector cultural es apasionante y enriquecedor, pero esta romantización no abona a su fortalecimiento como una industria generadora de empleo. Se convierte así en un círculo vicioso en el que la cultura no se presenta como una opción viable de vida y, por lo tanto, tampoco como una inversión atractiva. Siendo un país con tanta riqueza cultural, sorprende mucho que así sea.

Apostar por las industrias creativas como motor de desarrollo no es nuevo; en 1997, Tony Blair, entonces Primer Ministro del Reino Unido, puso a la cultura al centro de su proyecto de gobierno. El modelo británico que creó es ahora producto de exportación en sí mismo, pues no sólo fortaleció a la propia industria, sino que impulsó la imagen de su país a nivel internacional, impactando también en otros sectores, como el turismo. Si bien hay aspectos de su política cultural que han generado críticas, hay mucho que podríamos aprender de los británicos. En principio, se trata de un modelo basado en una economía mixta, que une el subsidio y presupuesto público con el apoyo del sector privado y las ganancias en taquilla. Suena familiar, sin embargo en México parece que no hemos explotado el acercamiento al sector privado, pues según al mismo estudio del Inegi, sólo el 5.4 por ciento del gasto en actividades culturales provino de las sociedades no financieras.

Si el Gobierno actual quiere fortalecer el poder de la cultura y hacer de esta industria una que impulse el desarrollo de las comunidades más vulnerables, es fundamental contar con el apoyo de las empresas. Consideremos uno de los ejemplos que el propio Blair refirió en un discurso del 6 de marzo de 2007: la creación del museo Tate Modern en una antigua planta de energía en Southwark, una zona desfavorecida de Londres. Inaugurado en el 2000, en su primer año generó 3 mil empleos y una derrama de 100 millones de libras, según los números de Blair. El museo es patrocinado por la petrolera BP y, al ser subsidiado, el acceso es completamente gratuito. A 10 años de la implementación de su modelo cultural (2007), las industrias creativas aportaban el 7 por ciento de la economía del Reino Unido y crecían al 5% por año, es decir, más rápido que la economía de Gran Bretaña en total. Sobra decir que esto, en consecuencia, fortaleció la diplomacia cultural y el poder suave del país, lo cual se ve reflejado, aún hoy, en el número de visitantes a la isla británica.

Para un país como el nuestro, con índices de pobreza alarmantes y una gran dependencia en el turismo, invertir en la cultura debería ser una prioridad. Se puede vivir de la cultura, y vivir bien, sólo falta voluntad.

Veka Duncan es historiadora del Arte especializada en desarrollo de proyectos de divulgación cultural. Traductora y Co-conductora de El foco en adn 40

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