¿Y si se aprueba la vacuna contra COVID-19 y un gran número de personas no quiere recibirla?
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¿Y si se aprueba la vacuna contra COVID-19 y un gran número de personas no quiere recibirla?

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¿Y si se aprueba la vacuna contra COVID-19 y un gran número de personas no quiere recibirla?

bulletSiempre ha habido un pequeño, pero acérrimo contingente de movimientos antivacunas, que desafortunadamente ha aumentado durante la contingencia actual.

Bloomberg / Therese Raphael
31/07/2020
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Con un poco de suerte, una de las pocas vacunas prometedoras contra el COVID-19 que actualmente se encuentran en ensayos en humanos recibirá la aprobación regulatoria, tal vez incluso a tiempo para el invierno del hemisferio norte. Sin embargo, una cosa que preocupa a los funcionarios de salud pública es lo que sucederá si un gran número de personas no quiere vacunarse.

Las vacunas salvan millones de vidas cada año, y sin embargo, siempre ha habido un pequeño, pero acérrimo contingente de movimientos antivacunas que rechaza la ciencia o cree en teorías de conspiración sobre las vacunas.

Desafortunadamente, su número está aumentando durante la crisis actual. Las autoridades nacionales de salud estadounidenses, junto con la Organización Mundial de la Salud, luchan en un inútil tire y afloje mientras intentan acabar con las teorías de conspiración y la desinformación.

Ir en contra de los movimientos antivacunas es un trabajo importante, pero es solo una parte de la situación. El mayor peligro es una indecisión más generalizada: ¿qué ocurriría si personas racionales que se vacunan contra la influenza y vacunan a sus hijos, y desean ser parte de la solución a esta pandemia, tienen preocupaciones que las autoridades de salud pública y los Gobiernos no abordan?

La Organización Mundial de la Salud ubica la indecisión sobre las vacunas como una de las 10 principales amenazas a la salud mundial. Una de cada seis personas que respondieron en junio a una encuesta de YouGov en el Reino Unido dijo que definitivamente o probablemente no se vacunarían. Una encuesta de CNN realizada en mayo mostró que un tercio de los estadounidenses no recurriría a una vacuna, si existiese una. Al igual que todo en Estados Unidos, las opiniones sobre las vacunas varían según los partidos: 81 por ciento de los demócratas y solo 51 por ciento de los republicanos dijeron estar dispuestos a vacunarse.

Parte del escepticismo refleja desconfianza hacia los grandes laboratorios farmacéuticos, otra parte refleja desconfianza hacia el Gobierno y otra parte se debe, simplemente, a que ha pasado mucho tiempo desde cuando vivíamos con temor a la gran cantidad de enfermedades contra las cuales ahora protegen las vacunas.

El Dr. Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas de Estados Unidos, ha dicho que una vacuna que sea efectiva en 70 a 75 por ciento, pero a la que solo dos tercios de la población pueda acceder, no crearía la inmunidad colectiva necesaria para que las economías vuelvan a funcionar. Por lo tanto, los Gobiernos dependen mucho no solo de asegurar un programa de inmunización, sino también de garantizar que la población forme parte de él.

Sin embargo, si una vacuna promete demasiado, si los riesgos no se explican claramente o si hay problemas con la entrega, la confianza en las autoridades, las instituciones e incluso los expertos podría verse aún más perjudicada, con consecuencias de gran alcance para la salud pública y la economía. Es difícil imaginar otro momento en el que haya tanto en juego no solo en la ciencia, sino en cómo esta se comunica.

Un obstáculo para las autoridades de la salud es convencer a las personas de que una vacuna producida a la velocidad del rayo no es menos segura que una que normalmente llevaría más de una década desarrollar. Tendrán que ser claros sobre dónde radica la incertidumbre. Por ejemplo, es imposible saber, incluso a partir de ensayos clínicos grandes, cómo afectarán las vacunas a personas con una serie de distintas condiciones; si las vacunas tendrán efectos adversos a largo plazo; o cuál podría ser el impacto de dosis repetidas si, como muchos esperan, se requieren vacunas de refuerzo.

La mayoría de los países avanzados han desarrollado sistemas para reportar las consecuencias adversas de vacunas y medicamentos precisamente porque hay incertidumbre sobre sus efectos en diferentes poblaciones y a largo plazo. Estados Unidos cuenta con el Sistema para Reportar Eventos Adversos a las Vacunas (VAERS, por sus siglas en inglés); el Reino Unido tiene el esquema de la Tarjeta Amarilla. Si bien las vacunas establecidas se han relacionado con algunos casos raros de enfermedades graves, los investigadores no han encontrado un vínculo entre las vacunas establecidas y los efectos adversos en la mayoría de los casos. Esto no ha impedido la difusión de información incorrecta. Mensajes confusos e irresponsables tampoco han sido de utilidad.

“El hecho de que se esté desarrollando en un periodo tan corto ha sido motivo de preocupación”, dice Oksana Pyzik, profesora principal de la Facultad de Farmacia del University College de Londres. “Efectivamente, no podemos darnos el lujo de recortar presupuesto en este proceso, específicamente porque hay mucho impulso detrás de un movimiento contra la ciencia”.

Hay otras preocupaciones, además de la eficacia y la seguridad, que los Gobiernos tendrán que monitorear, señala Pyzik. Uno es el riesgo de falsificaciones. La OMS dice que uno de cada 10 productos médicos que circulan en países de ingresos bajos y medios es falsificado o no cumple con los estándares. Los medicamentos falsificados provocan intoxicaciones, enfermedades sin tratar y otros peligros. Y están en auge los fraudes relacionados con el COVID, desde mascarillas hasta medicamentos, según las Naciones Unidas. Las vacunas también serán un objetivo. Las autoridades ya descubrieron una vacuna israelí falsa contra el coronavirus que se está comercializando en Sudamérica.

Cualquier duda sobre la calidad de una vacuna, que también puede verse afectada por un almacenamiento o transporte inadecuado, afectará la confianza. Y esa confianza se estaba poniendo a prueba incluso antes de la pandemia. En EU, un abuso excesivo de prescripciones, especialmente de opiáceos, ha aumentado el escepticismo tanto de médicos como de compañías farmacéuticas. Las comunidades negras y minoritarias más afectadas por el COVID-19 deberían tener más razones para esperar una vacuna, pero las tasas de vacunación son más bajas entre los grupos minoritarios debido a los menores niveles de confianza derivados de históricos abusos.

Nada de esto sugiere que la vacunación no sea la elección correcta para la sociedad y las personas. Investigadores y laboratorios farmacéuticos se están moviendo a un ritmo vertiginoso en este brote por razones muy comprensibles. El reciente aumento de casos en Europa y en otros lugares subraya el imperativo de encontrar una salida a esta pandemia.

“Es comprensible que las personas estén más preocupadas por nuevas vacunas, pero todas las posibles vacunas contra el COVID-19 son sometidas a exhaustivas pruebas para garantizar que sean eficaces y seguras”, escribe, en un correo, la Dra. Mary Ramsay, directora de inmunización de Public Health England.

Que las personas confíen en las declaraciones de los reguladores de que una vacuna es “segura y eficaz”, dependerá mucho de que los Gobiernos conozcan sus preocupaciones y sean transparentes sobre los beneficios y las interrogantes. Pretender que la ciencia no contiene incertidumbre no sirve ni a los científicos ni a la salud pública.

La opinión escrita en esta columna no necesariamente refleja la opinión de la Junta Editorial de Bloomberg ni de El Financiero*

Therese Raphael es columnista de Bloomberg Opinion. Fue editora de páginas del Wall Street Journal Europe*