Mis clases en la UNAM
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Mis clases en la UNAM

29/11/2019

Decir Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es tocar las fibras sensibles de nuestra nacionalidad ¡Ha representado tanto, durante tanto tiempo! De sus filas han salido los hombres más ilustres de nuestro país.

Su autonomía es sagrada y quienes la han intentado violar, como es el caso de los dos desprestigiados ex presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, han pagado las consecuencias: su memoria es ingrata, la de la UNAM es creciente.

Yo empecé a dar clases en la en aquel entonces Escuela y ahora Facultad de Comercio y Administración a muy temprana edad, alrededor de los 24 años, como maestro adjunto de Don Rogerio Casas Alatriste -ícono de la Auditoría en nuestro país.

Al año siguiente, una vez titulado, impartí como titular la cátedra de Costos Industriales y posteriormente aquella que tanto me gustaba, la de Análisis Financiero.

Joven, muy joven al iniciar esta actividad, los muchachos me confundían con uno de ellos. hasta que descubrían que yo sería el titular de su cátedra. Pero ya habíamos entablado un diálogo abierto y sincero del que disfrutaba profundamente, sin embargo, el tiempo y los compromisos laborales, vencieron ésta hermosa etapa.

Gocé profundamente mi actividad como catedrático de la UNAM. No sólo por compartir mis conocimientos con mis jóvenes alumnos, sino por entender sus inquietudes en momentos de gran convulsión en el país.

Seguía la práctica de plantear el problema y pedir a mis alumnos que encontraran la solución sin que yo siquiera la apuntara. El resultado era formidable. Tardaba en levantarse la primera mano (y yo aguantaba y aguantaba) hasta que surgía de alguno de los líderes que siempre hay entre las muchachas y los muchachos y eso destapaba la participación.

Una participación entusiasta en donde se arrebataban la palabra unos y otros. Las soluciones que encontraban eran mejores que las que yo podía haberles proporcionado. Pero el hecho de que ellos las descubrieran y que todos participaran con entusiasmo en su búsqueda, era la mejor enseñanza.

Lamenté profundamente el no poder continuar con mi cátedra debido a que mi nuevo trabajo como alto ejecutivo del Grupo Desc, cuyas oficinas estaban en Bosques de las Lomas, me impedían atender esa doble responsabilidad. Y primero es comer y luego ser cristiano, por lo que, me vi obligado a renunciar a mi cátedra y entregarme en cuerpo y alma a mi nueva responsabilidad al mando de un gran empresario y líder, como lo fue Don Manuel Senderos.

Pero ahora añoro lo perdido. Lo recuerdo con enorme entusiasmo y a veces sueño con recuperarlo. Lo más cercano a ello son las conferencias que imparto en las universidades cuando así me lo solicitan ¡Es tan bella la convivencia con los muchachos! ¡Aprende uno tanto de ellos!

Espero de todo corazón, que hoy los maestros de las universidades tengan la misma pasión y compromiso con el que en aquel tiempo impartíamos clase en nuestra máxima casa de estudios, hoy, que nuestro México tanto necesita grandes profesionistas para sacar al país adelante… Ojala y nuestra UNAM nunca pierda su grandeza y sea el semillero de grandes hombres como lo ha sido hasta ahora.

Mañana será otro día.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.